En mitad de aquel camino que parecía recorrer la espalda de Cuasimodo, lleno de pozos y curvas traicioneras, Lindsey mantenía una pericia religiosa al volante. A esa hora —faltaban dos para la medianoche—, los campos cultivados que las hermanas Goswell habían divisado desde las ventanas del monovolumen, quedaban ocultos tras una impenetrable cortina de oscuridad que Regina se empeñó en escrutar de todos modos, dando tumbos en el asiento del acompañante; tenía un cigarro apretado entre los dedos y exhalaba las bocanadas de humo con lentitud: era placentero poder hacerlo sin que su hermana le echara la bronca de que impregnaría los tapizados con olor a nicotina.
—Estás muy pensativa —señaló Lindsey, y apartó un momento la mirada del camino—. ¿Se puede saber qué te preocupa? —Y al notar que Regina no contestaba, agregó—: ¿No me digas que ahora te arrepientes de dejar a tu hermana sola con Adam? Está mal que yo lo diga, porque tenemos la misma sangre y eso, pero la verdad es que mi hermano está para chuparse los dedos; así que no te culpo si ahora piensas que es mejor quedártelo tú.
—No me quiero quedar con tu hermano —se defendió Regina—. Es verdad que está para chuparse los dedos, como tú dices, pero no vine aquí a buscar novio. Y mi hermana tampoco, dicho sea de paso: está casada, ¿te acuerdas? No va a traicionar su matrimonio de forma tan sencilla. Aunque su marido se merece que le metan los cuernos, la verdad.
—¿Por qué lo dices?
—Olvídalo. —Por algún motivo, no le parecía correcto contarle a Lindsey los problemas íntimos de Sharon.
—De eso nada —insistió la rubia—: ahora que hablaste, no puedes dejarme con la curiosidad. ¿Acaso no somos amigas, después de lo hospitalaria que he sido con ustedes?
—Eso es cierto, pero hablar de mi hermana está lejos de mis planes: yo vine aquí para divertirme. Y ya estoy dudando que pueda conseguirlo contigo si te vas a poner a interrogarme como si fueras mi mamá.
Regina se sorprendió de haber utilizado palabras tan ácidas con Lindsey, teniendo en cuenta que apenas unos minutos atrás se estaban riendo como un par de colegialas; pero lo cierto es que estaba de mal humor. En sí, se podía decir que este se mantenía de continuo en su pecho desde la noche anterior, por más que haya intentado ocultarlo de mil formas a lo largo del día para no seguir hundiéndose más en problemas, como hizo aquella vez en que Sharon y ella perdieron el avión. Del mismo modo, Lindsey no iba del todo desencaminada en sus conjeturas: la leña que alimentaba la ira de Regina era pensar en Sharon, y la carcomían los celos porque la pequeña Clementine se hubiera interesado más en su hermana que en ella. ¿Por qué Sharon siempre conseguía lo que Regina más necesitaba? Es cierto que acababa de admitir ante Lindsey que no sentía especial interés por Adam, aunque sabía de labios de la rubia que estaba soltero, y por lo poco que lo había escuchado hablar se notaba que era inteligente además de bien parecido; pero ¿no soñó Regina alguna vez con estar a los brazos de un hombre así, con el cual compartir una hija tan bonita y simpática como daba la sensación de ser Clementine? Claro que sí, y en cuanto se dio cuenta de que todo esto se le servía en bandeja a Sharon en vez de a ella, decidió mortificarla como había hecho hacía unos minutos.
—¿No quieres salir de fiesta porque mis amigas y yo somos tan poco para ti? —pensó—, pues que así sea: veamos cómo se las arregla Doña Perfecta hablando con un hombre guapo a espaldas de su esposo.
No obstante, lejos de provocarle satisfacción el apuro de su hermana, la convicción de que estaba siendo injusta, a la par que infantil, no hizo sino agregar más enojo del que acababan de sumarle aquellos pensamientos negativos. Después de todo, ni Sharon ni ella conocían a Adam, y si tanto interés tenía en quedarse para hablar con Clementine, porque se le figuraba como una niña muy simpática, Regina podría haber elegido no ir de fiesta con Lindsey, tal como Sharon había hecho de antemano. Así que, si creía que aquello cuanto a su hermana le era colocado en frente era mejor que lo colocado ante ella, ¿por qué Regina no lo elegía también?
Lindsey se rio.
—No tienes que ponerte así —dijo—. Yo también detesto hablar de mi hermano, y a pesar de eso todas las chicas que lo conocen me preguntan por él. Solo quería cerciorarme de que tú no eras una de esas, porque sé que mi prima Claire tuvo que hablarte de Adam cuando te sugirió venir a visitarme. Me alegra que estés aquí por mí: te aseguro que no te defraudaré.
—¿Y qué tienes en mente? Es difícil imaginarse que exista mucha diversión en un lugar tan desolado.
—En realidad, no es un lugar desolado: ya te dije que hay un pueblo a un par de millas de aquí. No obstante, es cierto que no hay mucho que hacer ahí. Cuando Bonnie y las chicas salimos de fiesta, solemos ir a la gran ciudad, que está a más de veinte millas hacia el sur. Pero no te quiero adelantar mucho lo que haremos, más allá de que nos encontraremos a Bonnie en una discoteca. Mira esto.
Lindsey se estiró para alcanzar la guantera, y se enderezó sosteniendo un frasquito entre los dedos, que depositó en las manos de Regina. Ella desenroscó la tapa y se volcó parte del contenido sobre la palma, en donde cayeron un par de pastillas azules.
—¿Es lo mismo que tomamos la última vez que fuiste a visitar a Claire?
—No, aquellas pastillas eran caramelos en comparación. Tardan un poco en hacer efecto, así que te recomiendo que te metas una en la boca ahora.