El comedor se encontraba en el ala derecha de la casa, cerca de la cocina, y fue ahí donde tomaron el almuerzo junto al señor y la señora Brooks. Al principio, Sharon no pudo ocultar su renovada decepción al enterarse de que Regina y Lindsey no habían regresado aún de sus aventuras nocturnas, y se mantuvo callada una buena parte de la comida, escuchando medio ausente la charla que mantenían Adam y sus padres. Pero las amables preguntas que le dirigió el señor Brooks, quien resultó ser tan agradable como su esposa, lograron traerla de vuelta a la realidad; ahí fue el turno de Adam de permanecer callado, escuchando sobre las aventuras que las hermanas habían vivido en la carretera. Por su parte, a Clementine no parecía que se le acabara la cuerda, y aprovechó cualquier pausa en la conversación para introducir sus propios comentarios, tratando de demostrar que estaba a la altura de cualquier tema que decidieran discutir los adultos. Largo hizo algún que otro comentario suelto, y la única que no pronunció palabra en toda la comida fue la abuela Elinor.
—Saben, si esta tarde nadie tiene qué hacer, podríamos ir de paseo al pueblo —propuso el señor Brooks, durante la sobremesa. Acababa de echar la silla para atrás y fumaba un puro con ambas manos entrelazadas sobre su enorme panza.
—Es verdad —se entusiasmó Kathleen—. Por lo que escuché, habrá una feria, con las típicas atracciones y un concurso de perros habilidosos.
Clementine, sentada ahora a las piernas de su padre, dio un pequeño saltito de alegría.
—¡Sí! —exclamó—. ¿Podemos ir, papi?
—Claro que irás, tus abuelos te llevarán —dijo Adam—. Yo no puedo acompañarte porque tengo trabajo pendiente en el invernadero.
Hubo protestas tanto de sus padres como de Clementine, pero Adam se mantuvo firme.
—¿Y usted, señora Ferrars? —preguntó el señor Brooks—. Imagino que querrá conocer los alrededores.
—Nada me encantaría más —respondió Sharon—, pero me temo que también voy a rechazar la invitación. Estoy un poco impaciente por hablar con mi hermana, porque tenemos que decidir unos detalles acerca de cómo continuaremos el viaje a partir de aquí, y quiero estar presente cuando ella regrese, para resolverlo cuanto antes.
No le hacía mucha gracia quedarse sabiendo que estaría sola con Adam: no porque desconfiara de él, pues le quedaba claro que se trataba de una buena persona, sino porque no quería alimentar más la ilusión de Clementine; pero tenía que hacerlo. Y aunque los Brooks lamentaron escuchar su respuesta, no insistieron en la invitación; así que, en cuanto se separaron, Sharon se encerró en su dormitorio. Había olvidado cubrir la ventana y el implacable sol de la tarde entraba a raudales, así que tuvo que bajar la persiana y encender el ventilador para no sofocarse. Mientras lo hacía, escuchó partir la camioneta de los Brooks, y se dijo que debía dejar abierta una rendija para espiar cuando regresara su hermana. Conocía a Regina lo suficiente como para saber que la espera podía llevarle todo el resto de la tarde, y aún con eso, se molestó con ella. Teniendo en cuenta que todo lo conducido el día anterior lo hicieron por fuera del itinerario, significaba que acababan de desperdiciar dos días; no tanto por el viaje, porque el propio itinerario anticipaba la existencia de algún contratiempo, sino porque se suponía que la idea era estar juntas para acercarse más la una a la otra. Lo peor era que, al encontrarse sola, sin poder hacer nada más que esperar, Sharon no podía seguir escapándose de sus problemas con Jack.
Con el sudor empapándole la frente y la respiración agitada, mitad por el calor y mitad por los nervios, se sentó en la cama y encendió el celular, que la había esperado paciente sobre la mesa de luz. A diferencia de su hermana, Sharon no era muy adicta a las redes sociales, ni a las aplicaciones de mensajes, por lo que, al mirar la pantalla, no se encontró una gran cantidad de notificaciones. Tan solo vio un par de llamadas perdidas de su madre y una de un número desconocido, que supuso era de Jack desde el hotel. Así que lo marcó, esperando que estuviera demasiado ocupado para responder.
—Hola, Jack —lo saludó, pero le respondió una voz femenina.
—¡Así que estás viva! —dijo, y Sharon notó como cubría el auricular para comentarle algo a otra persona—. Entiendo que estas llamadas son costosas —agregó—, pero pensé que al menos mandarías algún email a tu esposo preguntando por tus hijos.
No esperaba hablar con la hermana de Jack, así que Sharon no supo qué decir. Jessica se le adelantó:
—Están bien, por cierto —puntualizó—. Se los dejé a la abuela para que termine de cambiarlos: hace un rato que volvimos de la playa y vamos a cenar en el restaurante del hotel.
—¿Dónde está Jack?
—Si te soy sincera, no lo sé. Hace días que está pendiente del teléfono, esperando que te dignes a hablarle; tanto así, que apenas ha salido del hotel o disfrutado de sus hijos. Hoy en la tarde me dejó a los niños a cargo, tal como venía haciendo desde que llegamos aquí, y me dijo que iría a dar un paseo por la ciudad para despejarse la mente.
Sharon puso la espalda en tensión.
—Entonces, ha estado solo todo el tiempo, ¿verdad?
Ahí le tocó a Jessica titubear.
—Mira, Sharon —dijo, después de dar un suspiro—, puede ser que Jack lograra ocultárselo a nuestros padres, pero yo soy su hermana y tengo un sexto sentido para estas cosas: sé que Jack y tú se pelearon hace años, que estuvieron a punto de divorciarse porque él te engañó, y que ahora apenas sí confías en él. Y entiendo que fue difícil para ti, porque también lo sería para mí si mi marido me hiciera lo mismo; pero debes entender que, si pasó eso entre ustedes, es porque Jack te ama y sufre cada vez que lo abandonas de la forma en que lo haces.