La Ruta del Atardecer

10. El rescate

—Parece que en cualquier momento empezará a llover —comentó Sharon, cuando Regina dejó de reírse del último mensaje que le llegó al celular. Así era: las nubes habían ido congregándose en mayor densidad contra el cielo del oeste y podía verse algún que otro rayo quebrando el horizonte—. Deberíamos detenernos a almorzar y hablar un poco del itinerario. Yo ya tenía previsto que podíamos perder dos días, pero si tenemos en cuenta el rodeo que hicimos para llegar a la casa de tu amiga, calculo que esta aventura nos costará cuatro días. Tenemos que ver cómo compensarlos.

—Qué se pudra tu itinerario —dijo Regina por lo bajo, sin dirigirle la mirada. Luego sonrió y se acercó el celular a los labios para grabar una respuesta a Lindsey.

Sharon quedó mirándola de boca abierta, sin poder creerse lo que acababa de oír. Se inclinó hacia su hermana, le arrancó el celular de las manos y lo tiró por la ventana. Regina gritó como una histérica.

—¿Qué hiciste? —exclamó.

—Tú y tu amiga me tienen cansada. ¿Es demasiado pedir que estés presente aquí, conmigo? ¡Venir a este viaje fue idea tuya, por Dios!

—Regresa.

—No lo haré.

—¡Que regreses, te digo!

Regina se lanzó encima de Sharon para agarrar el volante, pero su hermana la apartó de un empujón. Los neumáticos del monovolumen se quejaron al morder la grava a la orilla del camino antes de que Sharon pudiera encauzarlo otra vez.

—¿Estás loca? ¡Podríamos haber muerto! —se quejó.

—¡Regresa por mi celular!

Sharon suspiró. Disminuyó la velocidad lo suficiente para dar una vuelta en U, y desanduvieron unos cientos de metros. Regina saltó fuera del monovolumen antes de que parara por completo y Sharon la siguió apenas puso el freno de mano. Instintivamente miró de un lado a otro, para notar si había alguien a la vista: estaban a mitad de una carretera que cruzaba una planicie interminable cubierta de ondulantes cultivos de soja, solo cortados por el encuentro de algún árbol esporádico. Bajo la luz gris, todo se veía irreal, como en el minuto que sigue a una puesta de sol. Se acercó a su hermana rodeándose el torso con el brazo izquierdo, al tiempo que se sostenía la capelina sobre la cabeza para que el viento no se la arrancara.

—¡Mira lo que hiciste! —la increpó Regina. Acababa de agacharse y se levantó sosteniendo las partes de su celular desarmado: la pantalla se había partido en tres—. ¡Quedó totalmente inservible!

—Lo siento —se disculpó Sharon; y lo decía de verdad. Regina siguió hablando como si no la hubiera oído.

—¿Tanto te molesta que hable con mi amiga Lindsey? —preguntó—. Claro, seguro piensas que debería mantener esa actitud de funeral que tienes todo el tiempo. ¿Cuándo te enterarás de que estamos de vacaciones, maldita sea?

Sharon se apoyó la mano izquierda contra la cadera

—Si dejaras de comportarte como una niña malcriada y te fijaras por una vez en los demás, podrías darte cuenta por qué me molesta tanto tu forma de actuar —dijo.

—¿Me llamaste niña malcriada?

—Así es. ¿Acaso no te da remordimiento la manera en que le rompimos el corazón a la sobrinita de Lindsey porque a ti se te metió en la cabeza la idea de conseguirme un amante? A mí todavía se me cae la cara de vergüenza al recordar como lloró anoche, y tú ya estás riéndote, pensando en las típicas depravaciones con las que siempre evitas plantarles cara a los problemas. ¿Alguna vez madurarás y te comportarás como la mujer que eres, en vez de como una adolescente con las hormonas alborotadas?

Regina apretó los labios e hizo una mueca de disgusto, como si hubiera chupado un limón.

—¿Sabes qué? —preguntó—. ¡A la mierda!

Y al decir esto, arrojó los trozos del celular hacia la cuneta que había a su izquierda.

—¿Qué vas a hacer? —quiso saber Sharon, al ver que Regina caminaba hacia ella; siguió de largo hacia el monovolumen.

—Ya que tanto te disgusto, lo mejor será que cada una siga por su lado —dijo, yendo a la parte del copiloto. Sharon caminó tras ella y la vio sacar su bolso—. No podré cargar mis maletas, así que te las encargo. Imagino que querrás volver con tu esposo y tus hijos.

—No digas tonterías —dijo Sharon, tratando de atajarla cuando volvía a pasar a su lado—. ¿A dónde irás en medio de la nada? Por lo menos deja que te acerque a la ciudad.

Pero Regina la esquivó sin prestarle atención. Mientras discutían, empezó a oírse un bramido lejano que confundieron con el estampido de algún trueno. Ahora, sin embargo, era tan fuerte y sostenido que estaba claro que no provenía del cielo. En cuanto Sharon se volvió para seguir a su hermana, vio que provenía de un grupo de motociclistas que llegaban por la carretera, desde el este. Regina se interpuso en el camino y empezó a hacerles señas. Eran una veintena, subidos a motocicletas de alta cilindrada cuyos motores emitían un rugido sedoso que les hizo temblar los huesos: un curioso despliegue de barbas largas, ropas negras de cuero y brazos quemados por el sol, cubiertos por tatuajes. Algunos iban acompañados por chicas con una vestimenta igual de vistosa.

Al principio, parecía que no se iban a detener, y Regina tuvo que apartarse para dejarle paso a un par, que siguieron como si nada su viaje hacia el oeste. Pero primero uno y después otro, fueron disminuyendo la velocidad hasta que uno de ellos apoyó el pie en el suelo, junto a Regina.




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