La Ruta del Atardecer

11. Detenidas

A medida que pasaron los minutos y la adrenalina en su torrente sanguíneo disminuyó, Sharon fue preocupándose más por lo que acababa de hacer. Le dijo a Regina que quería poner la mayor cantidad de millas entre ellas y los motociclistas, pues temía que quisieran seguirlas para vengarse, y por eso tomó su lugar tras el volante, donde condujo toda la noche. La lluvia fue disipándose a medida que iban más hacia el oeste, y al amanecer el sol se levantó en un cielo despejado, disolviendo cualquier frescor restante del día anterior. Lo cierto es que el paisaje se había vuelto árido y no faltaba mucho para que ambas se encontraran cruzando las polvorientas planicies del desierto.

—Maldita sea —dijo Regina, señalando el espejo retrovisor. Un patrullero les pisaba los talones y les hizo señas para que pararan.

—Esconde el revólver —pidió Sharon—. No quiero que lo vean en mi bolso.

—No olvides que tengo los papeles del arma. No te harán problema por eso —repuso Regina.

—Tú solo hazlo.

Sharon llevó al monovolumen hasta el arcén, y Regina se inclinó hacia la parte trasera para buscar el bolso de su hermana y sacar el revólver, que guardó en la caja bajo el asiento del copiloto. El patrullero también se detuvo, y el oficial les pidió por un altavoz que permanecieran quietas, con las manos a la vista sobre el volante y el salpicadero. Ambas hermanas tragaron saliva al ver acercarse al hombre.

—Buenos días —las saludó, cuando estuvo parado junto a la ventanilla, al lado de Sharon—. ¿Puedo saber quiénes son y a dónde conducen?

—Yo soy Sharon Ferrars, y ella es mi hermana, Regina Goswell. Estamos de vacaciones y vinimos de la costa este, cruzando el país. Ahora vamos camino al oeste con la intención de cruzar el desierto.

—Es un viaje bastante largo para hacerlo en un vehículo como este —señaló el oficial—. ¿Puedo ver su identificación y su permiso?

—Claro que sí —dijo Sharon. Tomó su bolso, todavía apoyado en la falda de su hermana, y rebuscó en el interior para dar con el monedero.

—¿Hay algún problema? —quiso saber Regina, y el oficial le dijo que no: solo era una inspección de rutina. Luego hicieron un par de comentarios sobre el calor, que Sharon no escuchó, más nerviosa a medida que rebuscaba en el bolso. Desesperada, volcó el contenido sobre el salpicadero y encontró de todo: desde su polvera y el paquete de compresas, hasta el celular y una agenda.

—¿Tú sacaste el monedero de aquí? —preguntó a Regina, y ella negó con la cabeza—. Quizás se haya caído en la parte de atrás. Si me permite, oficial, tal vez pueda…

Pero el oficial estaba perdiendo la paciencia.

—Por favor, debo pedirles que salgan del vehículo —dijo, interrumpiéndola. Las hermanas intercambiaron una mirada e hicieron lo que el policía les pidió. Caminaron hasta el patrullero y pusieron las manos sobre el capó. El hombre habló por radio, pidiendo una asistencia que no tardó en llegar, y mientras el otro policía se quedó revisando el auto, le preguntó a Sharon su número de seguro social, para que comprobaran sus datos desde la estación. El otro policía dio con el arma de Regina.

—¿Qué hacen con un revólver? —quiso saber el oficial que las detuvo, cuando el otro se lo avisó por radio. Regina dijo que le pertenecía y que tenía los papeles de la compra—. Muy bien, tendrán que acompañarme a la estación para que comprobemos sus huellas dactilares. Si les digo la verdad, no me parecen peligrosas, pero no puedo dejar pasar tantas irregularidades.

—¿Cómo que irregularidades? —preguntó Regina—. ¿Acaso no ves que mi hermana perdió sus documentos? Y yo podría comprobar mi identidad, así como la compra del revólver, si nos dejáramos de tonterías y pudiera ir a buscar mi bolso.

—No levante la voz, señorita. Solo deben acompañarme un momento en el patrullero. Si es verdad lo que me dice, en una hora podrían estar de vuelta en la carretera.

—Sí, Regina —susurró Sharon—. Hagamos lo que pide el oficial.

—Lo haré si nos deja ir por nuestros propios medios: de ningún modo toleraré que nos trate como criminales —insistió Regina, levantando las manos del capó y cruzándose de brazos. El oficial suspiró.

—No lo quería hacer, pero veo que no tengo otro remedio —dijo. Se acercó a Regina y, esposas en mano, le pidió que mostrara las muñecas. Ella se negó, así que le desenredó los brazos de un tirón y le hizo una llave para dejarla de cara contra el capó del patrullero. Regina gritó como una loca, pataleando mientras el hombre le esposaba las manos a la espalda.

—¡Suéltame, maldito cerdo! Debería darte vergüenza ponerle las manos encima a una mujer. Te voy a denunciar por maltrato. ¿Me oíste, hijo de puta? ¡De esta no vas a salir indemne!

Por su parte, Sharon no paró de decirle al oficial que aquello no era necesario, que cooperarían con él, pero que por favor soltara a su hermana. Tal era su desesperación, que solo notó la presencia del otro policía cuando la empujó también contra el capó y le esposó las manos a la espalda. Ahí hubo algo que hizo click en su interior, y poco faltó para que perdiera el decoro igual que su hermana. Se dejó llevar hasta la parte trasera del patrullero, en donde la depositaron junto a Regina, y se mantuvo con las mandíbulas apretadas todo el viaje, con la cara roja por la furia contenida. Una vez en la estación de policía, les tomaron las huellas y las metieron a las dos en una celda compartida, a esperar que se completaran las pesquisas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.