La Ruta del Atardecer

12. La caja

Llevaban toda la mañana moviéndose por la carretera que serpenteaba entre las colinas boscosas cuando Sharon torció la dirección y llevó al monovolumen por ese camino transversal, cuya presencia estaba señalada por un cartel de madera casi cubierto de helechos. El camino era como un túnel que se metía recto en la floresta y Regina tuvo la sensación de que caían por una madriguera. Tanto así, que se agarró a los bordes del asiento, esperando el inminente choque contra el piso.

—Baja la velocidad o nos mataremos —se quejó, y Sharon levantó el pie del acelerador.

—Disculpa, es la emoción del momento —dijo—. Esta vez sí encontramos la entrada correcta.

—Eso dijiste las dos veces anteriores.

—Sí, lo sé. Todo es tan parecido bajo este dosel de ramas, que tengo la sensación de recorrer una casa de espejos. Pero ahora no hay duda: ¿no viste la señal?

Regina negó con la cabeza. Una incomodidad sin nombre venía acomodándose en los rincones de su mente y su corazón desde hacía una semana, mientras recorrían los desolados paisajes del desierto y trepaban a aquel bosque entre las montañas del noroeste del país, acercándose más y más al océano. Y a la vez que en Sharon crecía el apremio de dar con su destino cuanto antes, Regina estaba menos segura de querer encontrarlo, hasta el punto de que ahora estaba de mal humor. “Si tuviera el volante en mis manos”, se dijo, “regresaría por donde vinimos y terminaría con esta farsa”.

—¿Qué es eso? —preguntó, saliendo de su ensimismamiento.

El camino, que en un principio iba recto hacia el oeste, había ido curvándose ligeramente a la derecha, de manera que no pudieron ver a dónde las llevaba hasta que se toparon con un muro verde ante ellas. Al principio, Regina pensó que era otro camino sin salida; al acercarse más, en cambio, vio que se trataba de un portón enrejado tapado casi al completo por enredaderas.

—No recuerdo que eso estuviera ahí antes —dijo Sharon, deteniendo la marcha. Se apeó del monovolumen y Regina fue tras ella, con la grava del camino crujiendo bajo sus pies.

—Pues parece llevar muchos años aquí. Quizás antes lo mantenían abierto —puntualizó, señalando la cadena y el candado asegurados a las rejas oxidadas—. ¿Cómo estás tan segura de que hay gente viviendo todavía en el hotel?

—Te dije lo que me contó mamá hace años: al morir el anciano, su nieta heredó la casa. Tú y yo sabemos que no tiene sentido que abandonara un lugar así.

Sharon miró a un lado y a otro, buscando algún timbre o algo con lo que poder avisar de su llegada, pero en la penumbra a los pies del muro no había nada. Frustrada, se recargó sobre la reja y estiró la cadena, como si tuviera la fuerza para abrirla con las manos.

—Hicimos todo este viaje para admirar una ruina —dijo Regina, de brazos cruzados. Sharon se volvió.

—¿Qué demonios te pasa? —preguntó—. Actúas como si venir aquí fuera mi idea.

—Según recuerdo, así fue. Yo había aceptado volver a casa cuando decidiste que teníamos que seguir con el viaje.

Sharon no pudo responder.

—Deténganse ahí —dijo una voz. Más allá de la reja, un hombre encapuchado había salido de entre los troncos de los árboles que bordeaban el camino, y se acercaba a ellas empuñando una escopeta—. Apártense de la reja si no quieren recibir un disparo.

Sharon obedeció de inmediato. Sin bajar las manos, caminó de espaldas hasta quedar junto a Regina, quien estaba petrificada del susto. En realidad, el hombre no les apuntaba, pero tenía un rostro tan severo asomando bajo la capucha negra, con ese entrecejo recto y esa barba de varios días, que recibir un balazo de su parte parecía una posibilidad muy real.

Sharon carraspeó.

—Disculpe, señor —dijo, haciendo un claro esfuerzo por controlar su voz—. Nuestra intención no era molestar. Mi hermana y yo estamos buscando un hotel que hay por estos alrededores.

—Aquí no hay ningún hotel —dijo el hombre.

—Pero señor, estoy prácticamente segura de que es aquí. Mi hermana y yo estuvimos hace años, y fuimos bien recibidas por el señor Clarkson.

—El señor Clarkson está muerto.

—Sí, y el hotel pasó a manos de su nieta, la señorita Janis King. Si pudiéramos hablar con ella…

—Aquí no recibimos visitas.

—Por favor, tenga piedad: mi hermana y yo viajamos desde muy lejos. Sé perfectamente que este es el sitio, porque recuerdo al amable señor Clarkson, así como a su nieta Janis, que por entonces era una muchacha muy guapa… y también lo recuerdo a usted —Sharon bajó los brazos y caminó lento hasta la reja, para quedar frente al hombre—. Es el guardabosque. Mi padre y usted hablaron mucho de caza cuando estuvimos aquí.

—Yo a ustedes no las reconozco.

—Es porque entonces éramos niñas. Me presento: soy Sharon Ferrars y ella es mi hermana, Regina Goswell.

—¿Son de apellido Goswell, las dos?

—Sí, es mi apellido de soltera —corroboró Sharon. El guardabosque miró a las hermanas con un interés renovado, pero no dijo palabra. Sus manos parecían inquietas sobre la escopeta, como si le pesara—. ¿Nos dejará pasar?

Pero el hombre ya se había dado la vuelta y se alejaba por el camino hacia los árboles, donde las hermanas vieron una caseta de vigilancia en la que no se habían fijado antes. Volvió al cabo de unos minutos, abrió el candado y desenredó las cadenas. El portón se quejó como una arpía cuando lo abrió de par en par.




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