La Saga De Lucian: El despertar del Sello

PRÓLOGO: EL PRECIO DEL ALBA

El Valle de las Lágrimas temblaba bajo el peso de cien mil almas en combate. No era una guerra de monstruos contra dioses; era la batalla final entre los descendientes de las deidades primordiales por el destino de las gemas creadoras en la gran era medieval antigua.

En el centro del caos destacaba él: Ignurk. No era un ser maldito ni una criatura de pesadilla; era un caballero formidable, un estratega superior en intelecto y fuerza física a cualquier hombre, elfo o enano viviente. Su única falta había sido la ambición: negarse a compartir el equilibrio del mundo y rebelarse contra las demás naciones para reclamar el dominio absoluto de todas las gemas.

El frente de batalla estaba fragmentado. En un sector del valle, las tropas de los enanos resistían con la Gema Amarilla bajo el mando de Thurumk; en las alturas, las huestes de los elfos ancestrales con la Gema Azul, lideradas por Vaelianne, y los no ancestrales con la Gema Verde, bajo el mando de Sylvarion, luchaban hombro con hombro. En el centro del fango, Aelivorn, el líder de los humanos, batallaba ferozmente en un duelo directo contra Ignurk. La danza de espadas fue letal, pero la superioridad del soberano de las sombras se impuso: con un golpe devastador y seco, derribó al guerrero humano, dejándolo casi inconsciente en el suelo, desarmado y a su merced.

Ignurk alzó su arma para dar el golpe de gracia y extinguir el linaje de los hombres. Pero antes de que el acero tocara al guerrero caído, una silueta se interpuso en la trayectoria. Fue Vaelianne, su único y verdadero amor en un vínculo que las leyes de la sangre noble consideraban prohibido. El filo de Ignurk atravesó el pecho de la elfa sin piedad.

El tejido de la realidad pareció detenerse. Desde el suelo, Aelivorn recuperó la consciencia solo para ver el cuerpo de su amada desplomarse. Al ver aquella escena desde las alturas, Sylvarion, el hermano de la elfa caída, abrió los ojos con horror y vio el cuerpo de su querida hermana caer lentamente, recordando la vieja profecía que los ancianos susurraban: la unión prohibida: el despertar del alba.

Fue entonces cuando ocurrió. Una columna de luz blanca, violenta, pura y cegadora, descendió directamente del firmamento. El destello fue tan inmenso que dejó a cientos de combatientes de ambos bandos completamente cegados. Al abrir los ojos, la espada común de Aelivorn se había transmutado, brillando con un poder místico que nadie había visto ni presenciado antes.

Aelivorn se puso en pie y arremetió contra Ignurk. Fue una batalla colosal, un choque de titanes donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder un solo palmo de terreno. Ignurk atacaba con la precisión de su intelecto, pero Aelivorn se movía impulsado por el dolor puro. Finalmente, demostrando una astucia y una audacia formidables, el humano esquivó la defensa del soberano y, con una estocada limpia y certera, le atravesó el corazón.

Al instante, las tropas enemigas, al ver que su único líder y la mente que les dictaba las órdenes había caído, se detuvieron. Sus números ya estaban mermados de gran manera debido a que las huestes de Sylvarion y Thurumk habían eliminado a gran parte de su ejército durante el trayecto de la batalla. Al verse diezmados y sin su guía, decidieron no continuar el combate y se replegaron en una retirada hacia las colosales murallas de su continente fortificado.

Aelivorn volteó lentamente hacia donde yacía el cuerpo inerte de Vaelianne sobre un charco de sangre. El brillo blanco de la espada comenzó a disiparse; el hombre soltó el arma y esta fue cayendo de forma pausada, perdiendo su fulgor por completo justo antes de tocar el suelo. El guerrero se acercó al cuerpo paso a paso, se cayó de rodillas y la tomó entre sus brazos. Fue en ese momento cuando soltó un grito desgarrador, un lamento lleno de una furia y un dolor jamás antes escuchados en la gran era medieval antigua. Los miles de soldados presentes guardaron un silencio sepulcral, completamente abrumados por el profundo sentimiento de agonía que transmitía el guerrero. Habían ganado la batalla, pero él lo había perdido todo en aquel fango.

Las repercusiones políticas no tardaron en quebrar la alianza. Desde la distancia, Sylvarion contemplaba la escena con los puños apretados. En sus ojos no había alivio, sino un odio profundo y un resentimiento eterno hacia la raza humana, culpando a la imprudencia de ese amor prohibido por la pérdida de su sangre. Tras la batalla, estos elfos decidieron marcharse del valle, romper los lazos diplomáticos y aislarse en sus tierras, dictando una ley estricta: ningún humano tendría permitido cruzar las fronteras de su hermoso reino sin un permiso explícito de la alta nobleza.

Por su parte, los elfos quienes servían a Vaelianne, profundamente heridos por la pérdida de su descendiente directa, tomaron una decisión radical: decidieron no formar parte más de este continente. Con toda su región, sus conocimientos y sus linajes, se marcharon en un éxodo masivo hacia rumbos lejanos, cruzando el océano en busca de un nuevo continente donde empezar de cero y olvidar para siempre la tragedia ocurrida en estas tierras.

Thurumk prefirió mantenerse al margen de las disputas de sangre. Se acercó en silencio al guerrero humano y, en señal de respeto por su dolor, le puso una mano firme en el hombro. Acto seguido, retiró a sus tropas de regreso a sus montañas. A partir de ese día, los enanos adoptaron una neutralidad absoluta; se dedicaron a avanzar su civilización con normalidad y abrieron sus puertas a la libre comercialización y el intercambio de recursos tanto para los humanos como para los elfos del continente, convirtiéndose en el puente comercial del mundo conocido.

Los humanos regresaron a su capital. Al llegar, las campanas repicaron y el pueblo los recibió con grandes celebraciones, banquetes y vítores por haber derrotado a Ignurk. Sin embargo, en el palacio real solo hubo un silencio sepulcral. El héroe no participó en los festejos; se encerró en la torre más alta del castillo, con la mirada perdida en el horizonte del océano, observando el vacío por donde se habían marchado para siempre los elfos ancestrales.




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