La Saga De Lucian: El despertar del Sello

CAPÍTULO 1: LA CHISPA EN EL VIDRIO

El eco de las últimas palabras murió dentro de la cálida habitación. El viejo pergamino fue enrollado con extrema delicadeza por las manos firmes de Barin, el mercader errante, mientras el fuego de la chimenea crepitaba, tiñendo las paredes de piedra con destellos dorados.

—Esa es la historia, muchacho —dijo Barin, acomodándose su túnica de viaje, gastada por los vientos de tantos reinos recorridos—. El linaje de los Gemelos del Alba gobernó y trajo mil años de abundancia a estas tierras, pero hoy en día ese esplendor quedó enterrado en el pasado. Han transcurrido ya mil años más desde que su corona se perdió, un milenio entero donde otros reyes y dinastías menores han ocupado el trono sin gloria. El equilibrio es un hilo delgado, Valdrick... Nunca hay que olvidar de dónde venimos.

Sentado en una alfombra fina, el joven Valdrick mantenía los ojos abiertos de par en par, completamente absorto por el relato.

—Es mi historia favorita, Barin —respondió Valdrick con entusiasmo, acomodándose sus ropas de buena posición—. Nunca me canso de escucharla. Los Gemelos del Alba debieron ser los reyes más grandes de estas tierras.

Pero el relato no solo se había escuchado en la calidez de aquel hogar noble.

Afuera, donde el viento de la noche soplaba con un frío implacable, la realidad era otra. Pegado al ventanal de la casa, un niño de la calle temblaba de frío. Se llamaba Lucian. Su ropa estaba raída, cubierta de remiendos hechos con retazos viejos, y sus manos estaban ennegrecidas por el hollín de los callejones. Para alcanzar a ver el interior, Lucian se había trepado con cuidado sobre una vieja caja de madera volteada. Tenía la oreja pegada al vidrio empañado, devorando cada palabra que el mercader Barin pronunciaba adentro. Vivía fascinado por esas leyendas, y en su mirada cansada brillaba una chispa que la pobreza no había podido apagar.

Lamentablemente, la emoción del final de la historia hizo que Lucian se moviera bruscamente. Sus pies descalzos resbalaron y la madera vieja cedió bajo su peso.

***¡CRACK!***

El crujido de la madera rompió el silencio de la noche, seguido por el golpe seco del cuerpo del niño contra el suelo de piedra del callejón.

Adentro, Barin reaccionó al instante. Su instinto de mercader veterano, curtido en rutas peligrosas y emboscadas en los caminos de muchos reinos, lo puso alerta. Se puso de pie con cautela, llevando una mano al pomo de la daga que cargaba en el cinturón.

—¿Qué fue eso? —susurró Barin, precavido, mirando hacia la ventana—. Podría ser un malhechor intentando asaltar la casa, o un peligro oculto en la noche. Quédate atrás, Valdrick.

Barin caminó con pasos lentos y seguros hacia la pesada puerta de madera, abriéndola de golpe dispuesto a enfrentar cualquier amenaza. Pero al salir al frío callejón, la escena lo frenó en seco. No había ningún bandido. Solo un niño pequeño, asustado y dolorido, tratando de levantarse del suelo helado. Lucian se sujetaba la pierna derecha, de la cual brotaba un hilo de sangre debido a un corte profundo provocado por una astilla de la madera rota.

—¿Qué estabas haciendo aquí afuera, muchacho? —preguntó Barin, frunciendo el ceño pero aflojando la mano de su arma al ver la vulnerabilidad del pequeño.

Antes de que Lucian pudiera inventar una excusa para escapar, el joven Valdrick asomó la cabeza por detrás del cuerpo del mercader. Al ver al niño herido, Valdrick habló sin dudar, mirando a Barin con firmeza:

—Él siempre está ahí, Barin. Cada vez que vienes a este reino a vender tus mercancías y mientras me cuentas tus viajes, yo veo su sombra pegada a la ventana. Siempre escucha en secreto, pero nunca quise decir nada para que no lo corrieran. ¡Por favor, ayúdalo! Esto será un secreto entre nosotros; pase lo que pase, yo no le diré nada a mi madre ni a mi padre, pero no lo dejes ahí afuera. Vamos a ayudarlo.

Barin miró a Valdrick, sorprendido por el coraje del noble muchacho, y luego bajó la vista hacia el pequeño que sangraba en el suelo. La justicia y el sentido de igualdad que definían al viejo mercader no le permitían dejar a un niño sufriendo en la calle.

—¿Es verdad eso? —preguntó Barin con un tono de voz mucho más suave—. Vamos, no tengas miedo. Pasa para adentro, vamos a atender esa pierna y a cuidarte de este frío. ¿Cómo te llamas, hijo?

El niño de la calle miró el interior cálido de la casa, luego al joven noble que acababa de prometer guardar el secreto, y finalmente al viejo mercader. Tragó saliva y, con un hilo de voz, respondió:

—Me llamo... Lucian, señor.

Barin asintió lentamente y, tomándolo con cuidado del hombro, guio a Lucian hacia el interior.

Al cruzar el umbral, el choque de mundos golpeó al niño de la calle como una bofetada. Sus pies descalzos y agrietados por el frío se hundieron en una alfombra tan suave que sintió temor de mancharla con el lodo de los callejones. El calor de la chimenea le abrazó el rostro helado, y un aroma a pan horneado y carne sazonada le revolvió el estómago vacío. Lucian miraba las paredes de piedra pulida, los candelabros de bronce y los muebles de madera fina como si hubiera entrado a un palacio místico de las leyendas.

—Siéntate aquí, muchacho —ordenó Barin con voz baja, indicándole un taburete de madera cerca del fuego.

El mercader se arrodilló frente a él. Con la destreza de quien ha tenido que sanar heridas de flechas y cortes de espada en los peligrosos caminos de los reinos, Barin sacó de su morral un frasco de cuero con vino fuerte y cogió un lienzo limpio que está en la casa del señorito Valdrick.

—Esto va a arder, Lucian. Aguanta como un hombre —advirtió el viejo.

Cuando el líquido tocó la carne abierta, Lucian apretó los dientes y contuvo el aliento. Sus pequeñas manos se aferraron al borde del taburete con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, pero no emitió ni un solo quejido. Barin lo observó de reojo, impresionado en silencio por la resistencia del pequeño de la calle. Con manos firmes, retiró la astilla y vendó la pierna con el lienzo.




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