La noche medieval devoró la silueta de Lucian en cuanto la pesada puerta trasera de la propiedad noble se cerró. El frío de las calles de la capital le golpeó el rostro, pero el pan grueso en su estómago y el lienzo de lino limpio en su pierna le daban una energía que no había sentido en meses.
En lugar de regresar directo al miserable suburbio donde dormía, la curiosidad pudo más que la prudencia. Arriesgándolo todo, Lucian se desvió hacia la gran ciudadela, arrastrando los pies con sigilo hasta salir a la inmensa plaza principal de la capital.
Allí, erigida en todo el centro bajo la luz de la luna, se alzaba una estructura colosal. Era la estatua de Aelivorn, el Primer Gran Rey, el gobernante legítimo y primer descendiente directo de la deidad de la Gema Roja. Justo al frente, se erigían las estatuas de sus dos hijos, los gemelos del Alba —el príncipe Aeliorus y la princesa Valyriath—, inmortalizados allí juntos y conectados para la eternidad. Aunque los monumentos eran antiguos, habían sido restaurados y modificados a través de los tiempos por los distintos gobiernos; sin embargo, debido a las gloriosas contribuciones de su mandato milenario, ellos eran los únicos en toda la historia del reino que habían merecido el honor de tener sus efigies grabadas en ese lugar sagrado.
Lucian se detuvo a los pies de las figuras de piedra y bronce, pasmado. La estatua de Aelivorn miraba fijamente hacia el horizonte, justo hacia el gran mar por donde siglos atrás se habían marchado los barcos de los elfos ancestrales; el monarca había exigido que su imagen fuera inmortalizada viendo eternamente hacia aquel rumbo, donde se encontraba el reino de su amada. Al alzar la vista, Lucian sintió una familiaridad mística muy particular en esos rostros de bronce, algo que resonaba con sus propios sueños borrosos.
—¡Eh, tú! ¡El de los harapos! —el grito áspero de un guardia del reino rompió el encanto.
Dos oficiales con armaduras de hierro y antorchas en mano se percataron de su presencia. En la capital, un niño de la calle merodeando los monumentos reales a altas horas de la noche era sinónimo de azote.
—¡Alto ahí, escoria de callejón! —bramó el otro guardia, desenvainando su porra de madera.
Lucian no esperó. Por puro instinto de supervivencia, dio media vuelta y salió corriendo con agilidad, ignorando el pinchazo de dolor en su pierna herida. Se escabulló entre los portales de piedra, torció por un callejón estrecho y llegó al cobertizo abandonado que llamaba hogar. Allí, jadeando, se dejó caer sobre un jergón de paja, se arropó con una manta raída y se durmió con la mente fija en la estatua y la insignia roja.
Al amanecer, en el otro extremo de la ciudad, la suntuosa residencia noble despertaba.
Los padres de Valdrick eran personas de alta alcurnia y gran influencia en el reino. El padre, el duque Corin, era un miembro activo y respetado de la capital de Valdorán, y la madre, Felicia, era la hija directa de otro gran duque. Además de terratenientes, eran propietarios de poderosas tiendas comerciales que proveían espadas y armaduras de hierro tanto en la capital como en las otras siete provincias del mapa.
Mientras desayunaban en el gran comedor, Felicia arrugó el entrecejo al revisar los pergaminos del inventario de la servidumbre.
—Es extraño... Falta uno de los lienzos finos de lino blanco que guardábamos en el arcón de los salones —comentó la mujer con sospecha—. Ninguno de los criados tiene autorización para tocarlo.
Al escuchar esto, el duque Corin se encendió en ira. Golpeó la mesa de roble y, con tono furioso y molesto, mandó a llamar de inmediato a la jefa de las sirvientas del hogar. Cuando la mujer se plantó temblando ante él, el noble la interrogó con severidad:
—¿Quién se ha tomado la atribución de agarrar los lienzos del arcón sin pedir permiso? No me molesta el valor de la tela, sino que lo hayan hecho a mis espaldas. Si me lo hubieran pedido, yo mismo se lo habría entregado, ¿por qué tomar las cosas sin autorización?
La sirvienta bajó la cabeza, pálida, sin saber qué responder. Valdrick, que mantenía una postura impecable en su silla, sintió que el corazón le daba un vuelco. Sin embargo, recordando su promesa y el pacto de secreto que tenía con su gran amigo de la calle, intervino con total madurez para salvar la situación:
—Fui yo, padre. Fui yo, madre —dijo el muchacho con voz firme, deteniendo la furia de su progenitor—. Anoche, mientras Barin terminaba de contarnos sus crónicas de viaje, me acerqué demasiado a la chimenea para avivar las brasas y, por torpeza mía, dejé caer el lienzo sobre el fuego. Se hizo humo en un instante. Les pido disculpas, la servidumbre no tiene la culpa.
El duque Corin respiró hondo, calmando su temperamento ante la confesión de su heredero. La explicación bastó para cerrar el asunto, quedando el secreto a salvo.
Mientras tanto, en la habitación de invitados, Barin no había pegado el ojo en toda la madrugada. Contemplaba la medalla circular de hierro oscuro y rubí rojo que reposaba en la palma de su mano.
No le gustaba lo que estaba pensando. Algo en su memoria no encajaba; crónicas viejas y dispersas que su familia le había enseñado a mirar con recelo. ¿A qué se debían esas palabras extrañas de un niño sin importancia aparente? En los rincones más oscuros de su mente resonó apenas un rumor lejano, algo que recordaba vagamente de viejas rutas y de lo que los hombres cuerdos preferían no hablar junto a la hoguera.
Barin apretó los dientes, guardando la insignia entre sus pertenencias. No había respuestas. Solo una inquietud persistente. El misterio seguía completamente abierto, indescifrable y silencioso.
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Editado: 11.07.2026