El frío del amanecer en la capital de Valdorán no perdonaba a los que dormían en el suelo. Lucian abrió los ojos de golpe, tiritando en su jergón de paja dentro del cobertizo abandonado. Sus pensamientos se sentían nublados y pesados, una consecuencia habitual del hambre crónica que a veces le hacía experimentar breves destellos de mareo y distorsiones en la realidad. Lo primero que golpeó sus sentidos no fue el pinchazo doloroso de su pierna recién vendada, sino un aroma que creía haber soñado: leche fresca y pan horneado.
Se incorporó rápidamente. Allí, sobre una caja de madera limpia, reposaba un cuenco de barro con leche, un trozo de pan grueso y un puñado de monedas de cobre que brillaban bajo un rayo de luz matutina.
—Otra vez... —murmuró Lucian, pasando una mano por su rostro sucio—. ¿Quién demonios será la persona que siempre me está ayudando? Todavía no he podido verla ni una sola vez para agradecerle todo lo que hace por mí.
Por más que el muchacho había intentado quedarse despierto en las noches para cazar a su benefactor, el cansancio acumulado y la debilidad física de su cuerpo siempre terminaban venciéndolo, sumiéndolo en un letargo profundo. El misterioso protector parecía conocer sus horarios a la perfección. Lucian suspiró, pero una sonrisa amarga se dibujó en sus labios; gracias a ese milagro diario, había logrado sobrevivir en la miseria de la capital.
—Bueno, mientras me siga ayudando y no sea una mala persona, no me voy a quejar —dijo para sí mismo.
Se sentó en el suelo, cruzando las piernas sobre la paja. Agarró el trozo de pan grueso con una mano y el tazón de leche con la otra, comenzando a comer despacio para hacer durar el alimento. Mientras masticaba, su mirada se desvió de forma automática a través de las maderas rotas del cobertizo, fijándose directamente en un punto fijo del paisaje exterior. Cada vez que conseguía algo que comer, Lucian hacía lo mismo: sentarse en silencio y clavar los ojos firmemente en un objetivo lejano, como si su mente buscara escapar de la realidad y encontrar una respuesta en el vacío.
Tras terminar, recogió las monedas. Al sopesarlas en su mano, sintió que le alcanzarían para aguantar unos días más.
—Es hora de ponerme a trabajar —se dijo, aunque la palabra "trabajo" sonara a chiste en su situación.
Lucian tenía catorce años, pero la desnutrición crónica y la baja estatura lo hadn aparentar un niño indefenso de apenas nueve años. Si la gente del reino supiera su verdadera edad, las cosas serían distintas, pero su cuerpo debilitado era el precio de la calle. A cambio, la naturaleza lo había bendecido con dotes extraordinarios: una velocidad prodigiosa y una mente brillante capaz de memorizar una página entera con solo mirarla una vez y sacar cuentas en fracciones de segundo con un simple parpadeo.
—Hoy no me voy a meter en problemas —se prometió a sí mismo mientras guardaba los cobres en su ropa raída—. Buscaré algo decente que hacer en el mercado, tal vez algún comerciante necesite un ayudante veloz para llevar registros de sacos.
---
El mercado central de la capital era un hervidero de carretas, mercaderes y pregoneros. Lucian caminaba con sigilo, buscando una oportunidad para ganarse el pan. Iba tan distraído analizando los puestos que no vio venir el bulto de hierro.
***¡PUM!***
Lucian chocó de frente contra una armadura reluciente y cayó de espaldas al suelo helado.
—¡Mira, niño mocoso! ¡Fíjate por dónde caminas! —bramó una voz ronca y autoritaria.
Al alzar la vista, el corazón de Lucian se detuvo. Era el mismísimo Capitán de la Guardia, el encargado del patrullaje del reino. El oficial era un hombre obsesionado con la disciplina y el cumplimiento estricto de las leyes coloniales; para él, cualquier desorden en sus calles era una mancha personal en su reputación. Al limpiar el polvo de su coraza, clavó sus ojos en el muchacho. Hubo un segundo de silencio sepulcral donde ambos rostros se reconocieron.
—Pero si es... la rata de alcantarilla —una sonrisa fría se dibujó en la cara del Capitán—. Por fin alteras el orden en mi cuadrante. Esta vez no te vas a escapar.
—¡Oiga, Capitán, esta vez yo no quería hacer nada malo! —exclamó Lucian, retrocediendo a gatas.
—¡Atrápenlo! —rugió el oficial, desenvainando su porra de madera—. ¡Ningún delincuente se burla de mi patrulla!
La plaza del mercado se convirtió en un caos en un instante. Lucian se impulsó con las piernas y saltó por encima de una pila de sacos de grano. La persecución fue un torbellino de agilidad: el muchacho se escabulló entre las piernas de un carnicero, derribó una cesta de manzanas para frenar el paso de los guardias pesados y se deslizó por debajo de una carreta en movimiento como si fuera una sombra. Los oficiales, entorpecidos por sus armaduras ruidosas, chocaban entre sí mientras Lucian les ganaba el paso por los callejones más estrechos, perdiéndose finalmente de vista en un recoveco bajo una vieja escalera de piedra.
El Capitán llegó al callejón jadeando, con el rostro rojo de la furia por ver su impecable récord de capturas desafiado por un niño. Golpeó la pared con el puño.
—¡Maldita sea! ¡Informen de inmediato al Consejo Mayor que la rata de alcantarilla ha vuelto a evadir el cordón de seguridad! —ordered a uno de sus subalternos.
---
En el palacio real, el Consejo Mayor se encontraba en una reunión de alta importancia. Los hombres más poderosos del reino discutían sobre los tributos y los negocios de las provincias cuando las pesadas puertas de la sala se abrieron de golpe. Un guardia entró corriendo, pálido y temblando por el miedo de interrumpir a los nobles.
—¡Permiso, mis señores! ¡Permiso al Consejo Mayor! —gritó el soldado, cayendo de rodillas con la voz entrecortada—. Tengo noticias urgentes sobre la rata de alcantarilla. ¡Lo volvimos a ver en el mercado!
El primer concejal, uno de los más jóvenes y arrogantes del recinto, se puso de pie de inmediato golpeando la mesa con un pergamino.
#1398 en Fantasía
#257 en Magia
magia amor aventuras guerras muertes, leyendas y profecias, aventuras combates y secretos
Editado: 11.07.2026