El sol de la tarde caía plomizo sobre la plaza principal de la capital. Barin caminaba entre la multitud con el rostro cansado y el ceño fruncido. Llevaba varios días recorriendo los suburbios y los rincones más oscuros de la ciudadela sin hallar rastro del muchacho.
Agotado, el viejo mercader se sentó en un banco de piedra en el centro de la plaza para recuperar el aliento.
De repente, un estallido de gritos, maldiciones y el chocar de armaduras rompió la rutina del mercado. La multitud comenzó a agitarse. Barin se puso de pie de inmediato y avanzó hacia el tumulto.
Entre los puestos de verduras y telas, una pequeña silueta se escabullía a una velocidad pasmosa. Era Lucian. El niño corría desesperado, esquivando los manotazos de varios comerciantes furiosos que lo inculpaban de un robo a gritos, llamándolo alimaña por sus harapos. Desde la distancia, Barin se quedó estupefacto. Los movimientos del pequeño no eran normales; su agilidad era demasiado precisa para su edad, una destreza innata para calcular los espacios en pleno caos. Sin embargo, al cruzar la esquina principal, dos guardias de la ciudad le cerraron el paso con sus escudos. Lucian chocó contra el metal, cayó al suelo y fue inmovilizado con brutalidad.
—¡Ya te tenemos, rata de alcantarilla! —bramó el capitán de la patrulla.
Levantaron al niño en vilo y se lo llevaron directo a las mazmorras del calabozo real. Barin sintió un vuelco en el pecho. Miró la bolsa de su cinturón y luego el rastro de la patrulla. Un comerciante común habría dado la vuelta, pero Barin sabía reconocer una pieza única cuando la tenía enfrente; dejar ir ese talento era una pérdida que su instinto no se iba a permitir. Se acomodó la túnica y siguió el rastro de los oficiales.
Al llegar a las frías dependencias de la guardia, Barin se abrió paso hasta el despacho del oficial a cargo, un hombre de armadura descuidada y mirada turbia. Al fondo, en la penumbra de una celda mugrienta, Lucian estaba encadenado a un poste de madera. El niño tiritaba sobre las piedras húmedas, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el suelo, conteniendo el pánico. El viejo mercader saludó al oficial con una reverencia tensa:
—Saludos, señor oficial. He presenciado el arresto. Vengo porque tengo interés en ese muchacho; necesito un aprendiz para cargar mercancías en mi carromato por las provincias.
El oficial soltó una carcajada burlona.
—¿Un mercader buscando una rata de alcantarilla? No pierda el tiempo. Ese ladrón va al patíbulo por orden del Consejo mañana mismo.
Barin dio un paso al frente. Sin decir una palabra, metió la mano en su morral de cuero, sacó una pesada bolsa de tela y la dejó caer sobre la mesa, entreabriéndola lo suficiente para mostrar el contenido.
—Nadie va a saberlo —susurró Barin—. Solo tú y yo.
El guardia miró de reojo la bolsa. Al ver el brillo frío y pesado del oro puro, se le cortó la respiración. Sus ojos viajaron nerviosos hacia el pasillo exterior, donde el eco sordo de unas botas lejanas rebotaba contra los muros. El hombre tragó saliva, con los dedos rozando la tela.
—Es una locura... Si se enteran... —murmuró.
—El peligro se paga en oro —sentenció Barin, empujando el saco un centímetro más—. A la medianoche. En la puerta trasera.
El oficial barrió la bolsa hacia abajo, ocultándola bajo su capa con un movimiento rápido mientras sudaba frío.
—Está bien —asintió con voz ahogada—. Pero lárgate ya. Que no te vean merodeando.
Barin se retiró en silencio, midiendo cada paso. La suerte estaba echada.
En cuanto el mercader se fue, el oficial llamó de inmediato a su subordinado, hablando en susurros secos y apresurados:
—¡Tú! Saca al niño de ahí, dale un baño y consíguele ropas limpias. ¡Muévete!
El guardia menor arrugó el entrecejo.
—¿Pero señor? Si lo acabamos de atrapar...
—¡Cumple y calla! —le espetó el oficial, dándole un empujón—. Si el Consejo pregunta mañana, diremos que se escapó entre los barrotes a mitad de la noche por lo flaco que estaba. ¿Entendido? Y recuerda: si esta conversación sale de aquí, tu cabeza rodará primero.
A la medianoche, la penumbra devoraba el callejón trasero. Barin esperaba junto al carromato, con las riendas firmes en las manos. La puerta de madera se abrió con un crujido sutil y el oficial empujó a Lucian hacia el frío de la calle. El niño estaba limpio y vestía una túnica nueva de paño gris, pero mantenía los hombros rígidos.
—Puedes marcharte —le dijo el oficial a Lucian—. Agradece al mercader, que pagó una fortuna por ti.
La pesada puerta se cerró de golpe, asegurando el pestillo desde dentro.
Lucian se miró las manos limpias y luego observó al viejo. Dio un paso atrás, pegándose al muro, buscando con la mirada una ruta de escape en las sombras.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó el pequeño con voz temblorosa, con los puños cerrados.
—No te haré daño, muchacho —respondió Barin con tono pausado, bajando las manos—. A partir de hoy, subirás a este carromato conmigo. Cruzaremos las puertas de la capital. Aprenderás a comerciar, a leer mapas y a tasar metales. Es hora de dejar el fango atrás.
Los ojos de Lucian se entornaron, fijos en el rostro del anciano. La desconfianza seguía ahí, pero la promesa de las rutas y el peso del carromato rompieron su resistencia. Con los músculos tensos, subió al asiento de madera, vigilando de reojo cada movimiento del mercader.
—Antes de irnos —continuó Barin, girando los caballos—, tenemos una última parada.
El carromato avanzó en secreto a través de las calles oscuras hasta los linderos de la suntuosa residencia de los marqueses.
Allí, bajo la sombra densa de los árboles del jardín, se produjo el reencuentro. Valdrick ya los esperaba, habiéndose escabullido de sus aposentos. Al verse frente a frente, un silencio incómodo enfrió el aire. Valdrick miró de reojo la túnica barata del niño de la calle, luchando un instante con el orgullo aristocrático que le habían inculpado desde la cuna. Lucian, por su parte, apretó los dientes, reconociendo en la postura del noble esa misma condescendencia que lo había humillado en el mercado. Hubo una tensión silenciosa entre ambos, nacida de vidas demasiado diferentes. Sin embargo, Valdrick dio un paso al frente, tragándose la arrogancia de su casta, y extendió la mano con firmeza.
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Editado: 11.07.2026