Cuando las grandes puertas de madera de la capital desaparecieron detrás de las colinas, Lucian comprendió que no sabía cómo regresar.
Durante las primeras leguas, el muchacho permaneció hecho un ovillo en la parte trasera del carromato, oculto entre pacas de lana cruda y cajas que olían a grasa de carnero y hierro viejo. No se movió. Apenas respiraba, con las rodillas pegadas al pecho y los dedos entrelazados en los flecos de su túnica gris. En los callejones de la ciudadela, el peligro siempre venía desde arriba o desde las esquinas oscuras; allí el espacio era estrecho y predecible, una madriguera que sabía cómo medir. Pero a medida que el traqueteo de los caballos los alejaba de las murallas, el silencio del exterior comenzó a filtrarse por las grietas de la lona. Un silencio plano que no rebotaba contra ningún muro.
Cuando la tarde comenzó a claudicar y el aire se volvió frío, el carromato se detuvo.
—Baja, muchacho —la voz de Barin llegó desde el pescante, seca—. Hay que asegurar los animales antes de que la luz muera.
Lucian asomó la cabeza con recelo entre las lonas. Al bajarse del travesaño de madera, sus botas de cuero gastado pisaron algo blando que cedió bajo su peso: hierba viva, humedecida por el rocío. El niño tambaleó, desconcertado por la falta de firmeza del suelo, y entonces levantó la vista.
Frente a él no había tejados, ni chimeneas humeantes, ni fachadas de piedra que recortaran el cielo. Solo una extensión verde y parda que se extendía hasta donde la vista flaqueaba, coronada por la silueta azulada de las primeras estribaciones de la Provincia de las Canteras. Lucian hincó una rodilla en el fango y se aferró a la rueda del carromato.
Nunca había visto algo tan grande.
Barin, que ya estaba desenganchando las correas del primer caballo, lo miró de reojo.
—Se llama horizonte, Lucian —dijo el viejo, palmeando el lomo del animal—. Al principio asusta porque no hay dónde esconderse. Pero la tierra no muerde. Camina, trae el cubo de madera que está bajo el pescante. Hay un arroyo a veinte pasos.
Lucian tardó en reaccionar. Se puso en pie despacio, equilibrando el cuerpo. Tomó el cubo y avanzó hacia la maleza siguiendo el rumor del agua.
Cada paso lo ponía en guardia. El crujido de las ramas secas bajo sus pies, el olor penetrante a pino y resina, y la visión de una corriente limpia que corría sobre guijarros grises. En la capital, el agua era un lujo turbio que se extraía de pozos comunales. Aquí brotaba de la tierra.
Se arrodilló junto al arroyo. Metió las manos en la corriente y el frío de la montaña le recorrió los brazos. Llenó el cubo, pero antes de levantarse, divisó un arbusto cargado de pequeñas esferas oscuras a la orilla del agua. Alargó la mano, arrancó una de las frutas y se la llevó a la boca.
El sabor estalló en su lengua: una acidez dulce, silvestre. Se quedó inmóvil, saboreando el jugo oscuro que le manchaba los dedos.
—No comas nada que no te autorice, muchacho —la voz de Barin sonó detrás de él, haciéndolo saltar—. Algunas de esas bayas te cierran la garganta en un suspiro y te dejan los ojos blancos antes del amanecer. Esas son seguras, son moras de río. Pero la ignorancia en la ruta se paga con la vida. Trae el agua.
Lucian asintió en silencio, tragando el bocado con dificultad, y cargó el pesado cubo de vuelta al campamento improvisado.
Mientras Barin abrevaba a los caballos, Lucian se sentó sobre una piedra cerca de donde el viejo empezaba a amontonar leña seca. Observó las manos agrietadas del mercader, curtidas por décadas de manejar riendas y contar monedas.
—¿A dónde vamos? —preguntó el niño.
Barin se detuvo, con un trozo de corteza de pino en la mano. Lo miró fijamente a los ojos.
—A las Canteras —respondió el viejo, dejando caer la leña—. A comprar herramientas de descarte antes de que el invierno congele los caminos del norte. Si queremos que este viaje pague tu comida, vas a tener que aprender a distinguir el hierro templado de la chatarra podrida. Mañana empezaremos con eso.
Lucian miró el fuego que empezaba a brotar entre las piedras. El horizonte seguía pareciéndole un abismo peligroso, pero se quedó quieto junto a la fogata, vigilando las sombras del bosque.
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Al mediodía del día siguiente, el camino se estrechó al entrar en un desfiladero de piedra caliza. Una gruesa viga de roble encadenada a dos postes bloqueaba el paso. Sobre un cobertizo de tablas carcomidas flotaba el estandarte descolorido del Consejo Real.
Tres hombres permanecían sentados en banquetas de mimbre, jugando a los dados sobre un barril de salazón. Vestían jubones de cuero endurecido gastados en los hombros y llevaban picas apoyadas contra la pared del cobertizo. Uno de ellos, un tipo rechoncho con una cicatriz de viruela que le partía la ceja, se levantó escupiendo una cáscara de nuez al suelo.
Barin tiró de las riendas. El carromato se detuvo con un quejido de los ejes. Lucian, sentado a su lado en el pescante, encogió los hombros y metió las manos dentro de las mangas, adoptando la postura invisible que usaba ante los guardias de la ciudad.
—Identificación y registro —dijo el de la ceja partida, apoyando una mano en el pomo de una daga corta que le colgaba del cinto—. Aranceles de tránsito para la Provincia de las Canteras.
Barin no bajó del pescante. Rebuscó en su chaleco de cuero y extrajo un trozo de pergamino arrugado, sellado con cera verde. Se lo tendió al guardia.
—Barin de la casa mercante de los linderos —dijo el viejo, suavizando la voz hasta darle un tono sumiso que Lucian no le conocía—. Cuatro fardos de lana basta, dos cajas de manteca para las guarniciones mineras y herramientas menores de labranza. Todo registrado en la aduana sur de la capital.
El guardia tomó el pergamino sin mirarlo. Sus ojos amarillentos pasaron de Barin a Lucian, deteniéndose en el rostro flaco del muchacho y en sus ropas remendadas.
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Editado: 04.08.2026