La Saga De Lucian: El despertar del Sello

CAPÍTULO 7: EL MERCADO DE PIELES

El frío de la Provincia de las Canteras dejó de ser una advertencia para convertirse en un obstáculo físico. La ventisca cortaba la visibilidad a menos de diez varas, obligando a Lucian a mantener los ojos entrecerrados mientras guiaba el carromato por el borde del desfiladero. A su lado, Barin permanecía encorvado, envuelto en tres mantas de lana cruda que no lograban detener los temblores de su cuerpo. El viejo ya no hablaba; cada media legua lo sacudía un ataque de tos seca que le dejaba los labios manchados de una saliva grisácea. Sus manos, hinchadas y amoratadas por los sabañones, ni siquiera podían aferrar el bastón de fresno.

En el bolsillo derecho del jubón de Lucian, los doce cobres de la posta de arrieros tintineaban con cada bache del camino. El niño cambiaba de posición el cuerpo en el pescante para evitar el roce del metal contra su muslo, pero el peso seguía allí, frío, sólido y constante, como un recordatorio físico de la mujer y el crío expulsados a la nieve. No había lógica que borrara ese sonido.

Al mediodía, el camino desembocó en un claro de la montaña donde se alzaba el mercado de paso de los tramperos. Era un campamento caótico de tiendas de lona alquitranada y postes de pino tosco, levantado apresuradamente sobre el lodo congelado. El aire apestaba a grasa de castor, sangre coagulada de marta y humo de turba. Decenas de hombres de rostros curtidos y manos callosas descargaban fardos de pieles de los trineos, esperando el turno para pasar ante las mesas de los escribanos feudales que tasaban el impuesto de la provincia.

Barin abrió el ojo sano con esfuerzo y señaló una esquina apartada, cerca de los corrales de mulas.

—Detén el carro ahí… —siseó el viejo, con una voz que parecía arena arrastrada por el viento—. No hables con nadie. Voy a intentar cambiar el aceite de enebro que nos queda por mantas secas en la tienda del peletero principal. Si te ven solo, te quitarán hasta los herrajes.

El viejo descendió del pescante con una lentitud penosa, arrastrando los pies en el barro antes de perderse tras las lonas grises.

Lucian se quedó en el asiento, con las riendas fijas en los dedos. Para mantener la mente apartada del tintineo de los doce cobres, comenzó a escanear el mercado con su precisión habitual. Midió las distancias entre los puestos, el número de guardias locales que portaban venablos oxidados y la regularidad con la que los fardos eran trasladados hacia las balanzas de los tasadores.

Fue entonces cuando lo vio.

A pocas varas del carromato, un trampero viejo, de barba enmarañada y dedos deformados por la artrosis, esperaba ante el tablón de un escribano de la provincia. El trampero había colocado sobre la madera tres fardos pesados de piel de zorro ártico, el trabajo de todo un invierno de caza. El escribano, un hombre flaco con un abrigo de paño que le venía grande, deslizó el pilón de bronce por el brazo de la balanza romana con un movimiento demasiado rápido.

Lucian fijó la mirada en la varilla de hierro. Su memoria fotográfica recreó al instante las proporciones exactas de las balanzas de la aduana de la capital. Notó la anomalía de inmediato: el gancho trasero del instrumento tenía un contrapeso de plomo oculto bajo una tira de cuero engrasado. No era un error de calibración; era un truco físico. Cada fardo de sesenta libras registraba apenas cuarenta en el cálculo del escribano. El viejo trampero estaba perdiendo un tercio de su sustento sin entender por qué.

El estómago de Lucian se contrajo. Vio en el rostro del cazador la misma resignación opaca de la mujer de la posta. La necesidad de corregir la balanza, de demostrar que su mente podía imponer orden sobre la mezquindad del barro, lo empujó fuera del pescante antes de que pudiera calcular las consecuencias.

Caminó con paso firme hasta el tablón. El escribano ya mojaba la pluma para asentar el valor devaluado en el rollo de pergamino.

—El peso es falso —dijo Lucian. Su voz, limpia y carente de dialecto, sonó extraña en el murmullo rudo del mercado.

El escribano se detuvo con la pluma en el aire. El trampero parpadeó, mirando al niño con desconfianza.

—¿Qué dices, mocoso? —gruñó el oficial, frunciendo el ceño.

—La varilla está alterada —continuó Lucian, dando un paso adelante y señalando con el dedo índice el cuero engrasado del gancho—. Tienes una lámina de plomo de tres hilos oculta bajo el amarre trasero. El pilón necesita recorrer dos marcas más hacia el extremo para equilibrar el brazo. Le estás quitando veinte libras de plata por cada fardo.

Un silencio tenso se extendió por las tres mesas más cercanas. Los tramperos que esperaban en la fila estiraron el cuello. Uno de ellos, un hombre alto con un hacha de monte en el cinto, se acercó al tablón y tomó la balanza por el brazo de hierro, arrancando la tira de cuero de un tirón. La pequeña placa de plomo cayó sobre la madera con un golpe seco.

—¡Es verdad! —rugió el trampero del hacha—. ¡Nos están robando el peso!

El caos estalló en un latido. El viejo cazador reclamó sus fardos a gritos, mientras el escribano, empalideciendo, golpeó la mesa con las manos y se levantó de la silla.

—¡Auditoría de fraude! —gritó el oficial hacia los corrales—. ¡Cierren el portón! ¡Estos salvajes intentan alterar los registros del gobernador!

Tres guardias de la provincia, armados con porras de roble y venablos, corrieron hacia la mesa. El escribano, temblando de rabia y miedo a perder su puesto, señaló los fardos del viejo cazador y luego a Lucian.

—¡Confisquen la mercancía por sospecha de contrabando y complicidad! —ordenó el escribano—. ¡Nadie vende una sola piel hoy hasta que el recaudador principal certifique los libros!

La multitud de arrieros y cazadores, que dependía de las ventas del día para comprar el grano de sus bestias antes de que la tormenta cerrara el paso, vio cómo las mesas se daban la vuelta y los guardias bloqueaban los carros. Las miradas de reproche y furia se desviaron de inmediato hacia el niño que había provocado el altercado. El viejo trampero miró sus fardos confiscados, se sentó en el lodo y se cubrió el rostro con las manos heridas. La precisión de Lucian había destruido el frágil equilibrio de supervivencia del lugar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.