El crujido no fue un estallido, sino un lamento seco de la madera que vibró directamente en las tablas del pescante. Lucian soltó las riendas instintivamente. Dos varas más adelante, la rueda trasera derecha se hundió en una zanja oculta por el lodo congelado y la nieve fresca. El carromato se inclinó hacia un lado con una pesadez agónica. El hierro de los herrajes crujió, y el lomo de los dos caballos se tensó hasta que las cinchas de cuero amenazaron con reventar.
Barin ni siquiera levantó la cabeza. Seguía ovillado bajo las mantas grises, con la respiración reducida a un silbido corto y húmedo que le salía entre los labios agrietados. La fiebre le había teñido los pómulos de un rojo insano, y cuando Lucian le tocó el hombro, el viejo apenas emitió un gruñido incomprensible. Estaba perdiendo la consciencia por tramos.
Lucian bajó del carro. El viento de la tarde arrastraba agujas de hielo que le castigaban los ojos. Se arrodilló en la nieve para examinar el daño: el eje trasero de haya, desgastado por las leguas y la humedad de los linderos, se había astillado longitudinalmente. No se había partido del todo, pero tres hilos de madera rota sostenían el peso de las cajas. Si avanzaban otra media legua, la rueda saldría despedida y el carromato volcaría en mitad del desfiladero.
Miró a su alrededor. La luz del día se estaba extinguiendo, tornándose de un gris plomizo. No había huellas en el camino principal, solo el rastro de la ventisca borrándolo todo. Recordó el mapa incompleto que había memorizado en la capital. Unas dos millas al norte, apartada de la ruta de las fundiciones, debía quedar la estructura de un antiguo monasterio de la orden del buey, reconvertido hacía años en un depósito fiscal secundario para el grano del Gobernador.
Obligando a los caballos a avanzar a paso de procesión, aguantando el carromato con su propio hombro cada vez que la rueda rota amenazaba con ceder, Lucian guio el vehículo por un desvío angosto. Los doce cobres tintineaban en su jubón, un golpeteo sordo que competía con el chasquido de la madera rota.
El monasterio apareció entre la bruma como una mole de piedra oscura y techos de turba podrida. La mitad de la capilla central se había derrumbado, pero los establos de la entrada y el almacén de grano conservaban los portalones de roble. No había guardias en la empalizada, ni humo en las chimeneas principales. Parecía un lugar muerto.
Lucian empujó el portalón de los establos, que cedió con un gemido de bisagras oxidadas. Metió el carro a resguardo del viento y, tras desenganchar a las bestias tiritando, entró en la nave lateral del antiguo refectorio, buscando un rincón donde echar a Barin.
Allí no había monjes, sino burocracia abandonada. El lugar estaba lleno de hileras de sacos de avena cubiertos de moho y estanterías de pino repletas de rollos de pergamino carcomidos por los ratones. En el fondo, junto a una pequeña chimenea donde apenas ardían un par de raíces de brezo, una silueta delgada escribía concentrada sobre un tablón apoyado en dos barriles.
Era una muchacha. No levantó la vista cuando Lucian entró arrastrando una manta para Barin. Vestía una túnica de paño burdo de color verde oliva, desvaída por los codos, y unas mangas de cuero atadas hasta las muñecas para protegerse de la tinta. Tenía los dedos manchados de negro hasta los nudillos y una vela de sebo gastada flotando en un platillo de barro para alumbrar sus trazos.
—No hay raciones de paso para arrieros —dijo ella, sin detener el rascado de su pluma de ganso sobre el papel áspero—. El tasador se llevó el sello de la ceca y las llaves del granero hace tres amaneceres. Si vienen a buscar el grano del diezmo, les sugiero que cabalguen hacia el río; aquí solo quedan deudas y humedad.
Su voz era monótona, desprovista de la hostilidad del mercado pero rígida como un edicto real.
—Mi compañero está enfermo —dijo Lucian, dejando a Barin sobre un montón de paja limpia cerca del calor de la chimenea—. Y tenemos el eje trasero astillado. Solo necesitamos pasar la noche y encontrar madera de fresno o roble para calzar la rueda.
La muchacha detuvo la pluma. Levantó la cabeza con lentitud. Tenía el rostro pálido, unos ojos oscuros y hundidos por la falta de sueño y el cabello negro recogido en una trenza tensa que le caía por la espalda. No parecía mucho mayor que Lucian, pero sus movimientos tenían una formalidad mecánica.
—La madera del almacén está bajo inventario del común —dijo ella, señalando con el extremo de la pluma una hilera de tablones apilados al fondo—. Cada listón está numerado en el libro de bajas fiscales. Si tomo uno sin el sello del tasador, el registro quedará descuadrado al final del invierno.
—Tu tasador huyó —replicó Lucian, dando un paso hacia el fuego—. Has dicho que se llevó el sello. Esas maderas ya no pertenecen a ningún registro válido.
La muchacha frunció levemente el ceño, una pequeña imperfección en su máscara de frialdad.
—El libro sigue aquí —dijo, dando un golpe con el dedo sobre las páginas abiertas—. Kerra. Llevo los registros desde que el tasador huyó. Las leyes de la capital no desaparecen porque un hombre sea un cobarde. Si el registro se rompe, el sistema se vuelve ciego.
Lucian se acercó a la mesa improvisada. Su mirada fotográfica barrió el papel en un segundo. Vio columnas perfectas de números, registros de fanegas de trigo, fechas de entrega y nombres de aldeas locales escritos con una caligrafía impecable. Pero también notó algo más: Kerra estaba sumando mal las columnas del margen izquierdo. Había un desfase de tres cuartas partes en el impuesto del lúpulo porque utilizaba el estándar de conversión de la capital, ignorando que el Gobernador del norte aplicaba un recargo diferente. Su sistema era perfecto en los papeles, pero inútil en la realidad de la provincia.
—Estás calculando con la conversión del sur —dijo Lucian, señalando la cifra con el dedo—. El mercado de las Canteras devaluó esa moneda el mes pasado. Tus sumas no coinciden con lo que los arrieros traen en los carros. Por eso tu tasador huyó; sabía que el libro no resistiría una inspección real.
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Editado: 26.08.2026