La noche en el refectorio no trajo descanso, sino el sonido de la fiebre. Barin deliraba en su rincón de paja, llamando a nombres de mercaderes muertos en la capital y agitando las manos amoratadas en el aire como si intentara cerrar un trato invisible. Lucian le humedecía los labios con agua de nieve derretida, pero el cuerpo del viejo quemaba bajo las mantas.
A mitad de la noche, Lucian arrastró uno de los tablones de pino del almacén fiscal hasta el establo. Con una escofina mellada y el hacha de monte de Barin, intentó tallar una cuña para reforzar el eje astillado. El frío congelaba el metal de las herramientas, pegándoselo a la piel de los dedos.
Kerra se acercó pastoreando la vela de sebo. Intentó sostener el tablón para que Lucian pudiera aserrar la madera en ángulo oblicuo, pero carecía de la fuerza necesaria. En el segundo empuje de la hoja de hierro, sus manos resbalaron, la madera se desalineó y el diente de la sierra le abrió un corte limpio en la palma de la mano izquierda. Kerra soltó un quejido seco y se presionó la herida contra la túnica verde, mirando la sangre con la misma incomprensión con la que miraba el eje roto. Su precisión con la pluma de ganso no servía contra la resistencia física de la materia.
—Déjalo —dijo Lucian, clavando el hacha en el tocón—. El ángulo está mal de todos modos. Si no calculo el soporte del buje, la rueda cederá al primer bache.
Al amanecer, la ventisca amainó lo suficiente como para dejar al descubierto un paisaje de hielo sucio. Con un remiendo provisional —tres vueltas de cuerda de cáñamo engrasada y el tablón mal desbastado haciendo de férula—, el carromato pudo ponerse en marcha.
Kerra esperaba junto al portalón del monasterio. Lenvaba un fardo pequeño de lona donde guardaba tres rollos de pergamino —sus copias de los libros de tasas— y un tintero de cuerno. No tenía abrigos gruesos, ni comida, ni un lugar adonde huir; si los acreedores del tasador o los inspectores del Gobernador llegaban al depósito abandonado, ella sería la única responsable del descuadre de las cuentas.
Barin, que había recuperado una lucidez pálida y temblorosa, miró a la muchacha desde el pescante. Su ojo sano evaluó el fardo y la túnica delgada.
—Sube —gruñó el viejo, con una voz rota por la neumonía—. Pero si el carro vuelca, tú empujas. Y tus papeles se quedan abajo si los caballos no pueden con el peso.
El carromato avanzó a paso de buey durante dos leguas, desviándose por la ruta de las herrerías secundarias para evitar el camino real. Sin embargo, el barro congelado del norte no perdonaba las soluciones provisionales. Al mediodía, cuando cruzaban un puente de piedra bajo el cual el río bajaba convertido en un bloque de hielo gris, la cuerda de cáñamo se desgastó contra el hierro del buje.
Un crujido sordo recorrió el armazón. La rueda trasera se combó hacia fuera, trabándose contra el costado de la caja del carro. Los caballos se detuvieron en seco, piafando de frustración sobre la piedra resbaladiza.
Al mismo tiempo, un silbido agudo cortó el aire helado.
Desde el matorral de sauces que bordeaba la orilla del río, tres jinetes de la guardia local de la provincia aparecieron al trote. No eran la caballería del rey, sino soldados de leva con chaquetones de cuero hervido y ballestas cortas de caza. Uno de ellos llevaba al hombro un venablo con la banderola descolorida del Gobernador del norte.
—¡Alto en el puente! —ordenó el que iba al frente, un hombre gordo de rostro enrojecido por la ginebra—. Ese carruaje coincide con la descripción del mercado de pieles. Inspección de carga y libros de ruta.
Lucian sintió el roce de los doce cobres en su bolsillo. Kerra, al lado de Barin, apretó el fardo de pergaminos contra su pecho, sabiendo que el desfase de las sesenta libras saltaría a la vista si revisaban los papeles de la alcabala del sur. El atrapamiento era total: el eje roto los dejaba inmóviles en mitad del puente y la patrulla cerraba la única salida.
Entonces, un carromato de basura y estiércol seco que venía en sentido contrario por la ladera del puente aceleró el paso de forma temeraria. El conductor, cubierto con un abrigo de piel de lobo mugriento y una capucha que le tapaba la mitad del rostro, azotó a su mula con un látigo de cuero.
—¡Quítense del medio, ineptos! —gritó el conductor con una voz áspera y juvenil.
El carro de la basura no frenó. Golpeó de lado el flanco de la patrulla de caballos, obligando a los animales de los guardias a encabritarse en el espacio estrecho del puente de piedra. Una de las monturas resbaló en el hielo, arrastrando al jinete gordo en una caída limpia contra el pretil. El caos duró apenas unos segundos, pero el humo de la turba y el olor a estiércol llenaron el aire.
La capucha del conductor se cayó hacia atrás. Era Mirek. Tenía los ojos fijos en la caja del carromato de Barin, específicamente en los herrajes de repuesto y las cadenas de tiro que colgaban del lateral. No venía a salvarlos; venía huyendo de su propio robo en el mercado y necesitaba un transporte más rápido que su mula vieja para cruzar la frontera antes de que los guardias de a pie bloquearan el valle.
Mirek saltó de su pescante antes de que su propio carro terminara de estrellarse contra la barandilla. De un solo movimiento, metió el saco de lona con las pieles robadas bajo la lona trasera del carro de Barin y se subió de un salto al espacio estrecho que quedaba entre las cajas de herramientas.
—¡Arrea a las bestias, viejo estúpido! —siseó Mirek, sacando un cuchillo de carnicero del cinto y cortando de un tirón las correas que sujetaban el remiendo del eje roto—. ¡El tablón está trabando la rueda, muévelo ahora o nos quedamos todos!
Lucian, reaccionando antes de que su mente pudiera procesar la moralidad de la alianza, saltó hacia atrás, apoyó el hombro contra la caja del carro y empujó con el peso de su cuerpo para destrabar el buje mientras Barin fustigaba a los caballos. Los animales, asustados por los gritos de los guardias que intentaban domar a sus monturas, dieron un tirón violento.
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Editado: 26.08.2026