El Paso de los Muertos no era un camino; era una cicatriz de piedra caliza que ascendía entre las cumbres, un embudo donde el viento del norte soplaba con la fuerza de un ariete continuo.
Lucian caminaba junto a la cabeza del caballo tordo, sosteniendo la brida corta para evitar que el animal doblara las rodillas. La sangre del muslo de la bestia se había congelado en costras oscuras, pero su andar era un balanceo pesado que amenazaba con arrastrar el carromato al abismo. Detrás, el muñón del eje trasero lijaba la madera viva de la caja con un chirrido rítmico, un compás agónico que contaba en su cabeza. Al tordo le quedaban, como máximo, dos leguas de viaje antes de desplomarse.
Mirek iba en la parte trasera, agachado entre la lona para no ser visto desde las alturas. Kerra, sentada junto a un Barin semiinconsciente, mantenía las manos ocultas bajo los pliegues de su túnica verde. Sus dedos no dejaban de frotar la costra de tinta seca que le había quedado bajo la uña tras falsificar la orden de desvío. Llevaba ese pergamino adulterado en el bolsillo como una maldición física.
—Hay humo adelante —siseó el huérfano desde el fondo, golpeando el lateral de madera con los nudillos—. Madera de pino verde. Es el puesto de la guardia.
El muchacho detuvo a los caballos y se quitó las agujas de hielo de las pestañas. A unas cien yardas, incrustada en la parte más estrecha del desfiladero, se alzaba la Aduana Alta: una cabaña de piedra podrida y techos de turba, flanqueada por una barrera de troncos herrados que bloqueaba el paso de lado a lado. Tres soldados de leva se apiñaban alrededor de un brasero de hierro. Un cuarto hombre, un sargento de rostro cetrino y dedos deformados por los sabañones, permanecía de pie junto a la palanca de la barrera.
—El tordo no aguantará un giro —advirtió Lucian, volviéndose hacia el interior del carro con voz áspera—. Si intentamos dar la vuelta en esta pendiente, el eje se romperá y nos cazarán a pie en diez minutos.
Miró a Kerra. La muchacha estaba pálida, con los labios apretados.
—Es el momento del papel. Pero no puedes dudar. Si ven que te tiemblan las manos, enviarán un mensajero para verificar el cuño.
Ella tragó saliva y asintió levemente, aunque el temblor de sus hombros la delataba.
Un tirón a las riendas obligó al carromato a avanzar. El chirrido del eje roto resonó contra las paredes de roca. Los soldados se enderezaron, tomando las picas. El sargento dio tres pasos al frente, plantándose ante los caballos con una mano apoyada en el pomo de un bracamarte corto.
—¡Alto en la línea del Consejo! —bramó, escupiendo un chorro de saliva oscura—. El paso alto está restringido. Solo transporte militar o suministros de la ceca. Identifíquense y muestren el pliego de tránsito.
Barin emitió un gemido sordo desde el fondo, sumido en su delirio. El sargento entrecerró los ojos y dio un paso hacia el costado del vehículo. Mirek se tensó bajo la lona; se oyó el levísimo roce del cuchillo al salir de su funda. El ladrón estaba listo para matar.
Para evitarlo, Lucian intervino poniéndose deliberadamente entre el sargento y la lona trasera, atrayendo la atención del oficial hacia el frente.
—Venimos del depósito secundario de Turba, mi señor —dijo, manteniendo la voz baja, regulada—. El carromato sufrió una rotura en el puente inferior y fuimos desviados por orden de la escribanía fiscal. No llevamos grano, sino material defectuoso de desecho.
El sargento lo miró de arriba abajo, deteniéndose en sus ropas remendadas.
—¿Un mocoso a cargo de un flete de intendencia? No me jodas, muchacho. Los registros de Turba pasan por la llanura. Abajo las lonas. Vamos a revisar las cajas.
El oficial no esperó. Avanzó con brusquedad hacia el lateral del carro y, de un tirón violento, desgarró parte de la lona trasera con un chasquido seco del cáñamo congelado. Mirek logró agacharse entre los sacos, pero la punta del venablo de uno de los guardias golpeó con fuerza una de las cajas medianas de Barin, la que contenía las herramientas de precisión y los tinteros de peltre que el viejo había rescatado de la capital. La caja cayó al suelo de piedra, abriéndose por la mitad.
El sonido del cristal al estallar fue nítido, seguido de inmediato por un olor químico, penetrante y agrio: el vitriolo y el aceite de linaza desparramados. El fluido espeso y oscuro tiñó el hielo de la aduana, siseando levemente al contacto con el frío y destruyendo el único material de gran valor que les quedaba para comerciar en el norte.
El sargento se inclinó sobre la lona rota, metiendo medio cuerpo en el interior del carromato. Su bota rozó la pantorrilla de Mirek. El oficial estiró la mano de sabañones, tanteando a ciegas entre las pieles, a escasos centímetros del cuello del huérfano. Mirek contuvo la respiración, con la hoja del cuchillo rozando ya la garganta del hombre. Un segundo más y la aduana se teñiría de sangre.
Antes de que los dedos del sargento cerraran el puño sobre la ropa de Mirek, Kerra se puso en pie de un salto, bajando del carro con una rigidez fría que interrumpió la inspección. Desenrolló el pergamino húmedo con un golpe seco de la muñeca, interponiéndolo físicamente entre la cara del sargento y el interior del carromato.
—La orden de desvío fue firmada por el tasador principal hace tres amaneceres —declaró, forzando un tono gélido—. Inspección de material inservible, código de baja cuatro-doce. Si interrumpe el tránsito, el descuadre se cargará directamente al presupuesto de este puesto de guardia. ¿Quiere firmar usted el acta de responsabilidad, sargento? ¿O prefiere que anote su nombre en el informe de demoras para la tesorería de los Linderos?
El sargento se retiró de la lona, desorientado por la interrupción, pero uno de los guardias jóvenes, que se soplaba los dedos junto al brasero, dio un paso al frente entornando los ojos.
—Sargento, mire el borde de la hoja. La marca está demasiado fresca para llevar tres días en los caminos —dijo el recluta, señalando con la punta de la pica—. Andan diciendo que en la capital los muchachos de las notarías no viajan en cajas rotas con heridos que huelen a fiebre. Déjeme rajar la tela del todo.
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Editado: 26.08.2026