La Saga De Lucian: El despertar del Sello

CAPÍTULO 11: EL ARRASTRE DEL LIMBO

El viento en la bajada del Paso de los Muertos no rugía; silbaba con un eco agudo, metiéndose por las rendijas de la madera astillada y lamiendo la roca caliza del desfiladero. Cincuenta yardas atrás, la silueta borrosa del fortín de la Aduana Alta comenzaba a ser devorada por la cellisca; la barrera de troncos herrados, vista desde abajo, parecía una hilera de dientes negros cerrándose definitivamente sobre el único camino de regreso. Estaban solos. En tierra de nadie. En un limbo helado que ningún mapa de la capital se atrevía a reclamar.

Lucian mantenía los dedos engarrotados alrededor de las riendas de cuero grueso. Sus ojos, fijos en la pendiente de piedra y placas de hielo negro que se abría ante ellos, intentaban buscar un camino, una línea de caída que no destrozara lo que quedaba del flete. Pero el tablero se había roto. La madera crujió con saña cuando el enorme cajón, despojado de sus ruedas traseras por el hachazo de los postes, se asentó a ras de suelo dejando dos surcos gemelos y sucios en la nieve.

El trineo improvisado avanzó a tirones espasmódicos. Barin, que iba pegado al bocado del caballo sano para evitar que resbalara, tuvo que clavar las botas en la roca viva cuando el peso muerto de la caja empujó las cinchas hacia adelante, amenazando con quebrar los cuartos traseros del animal. El viejo mercader no gritó por dar órdenes, sino por el puro pánico de sentir que las maderas del doble fondo rasparon el suelo con un lamento metálico.

—¡Está tocando abajo, Lucian! —consiguió exclamar Barin, con la cara congestionada por el esfuerzo y el vaho congelándosele en las pestañas—. Si la madera se raja con las piedras de la bajada, el suelo va a limar los fardos interiores.

—Tiene que aguantar —respondió Lucian. Su voz sonó más ronca de lo habitual, desprovista de la limpia cadencia que solía usar en las oficinas de la Ceca. Intentó tragar saliva, pero la garganta le dolió por el aire gélido—. Si nos detenemos aquí, el sargento se dará cuenta de que el sello de Kerra aún no ha secado. Moveros. No hay más opciones en el registro.

A su lado, Kerra permanecía de pie, pegada al costado del trineo improvisado. Tenía la mano izquierda alzada, apretada contra el pecho; el trapo sucio de grasa con el que se había tapado el corte de la sierra ya se había endurecido por el frío, tiñéndose de un marrón costroso. Sin embargo, no era el dolor físico lo que la hacía temblar. Miraba fijamente el pulgar de su mano derecha, donde los residuos de la tinta falsa que había empleado en el puente gris se habían congelado bajo la uña como una mancha de sangre seca. Su mente, antes poblada por ordenanzas fiscales y artículos del Consejo, se encontraba en un vacío absoluto. Las leyes que la habían protegido durante años no cruzaban la Aduana Alta. En este suelo desolado, su lenguaje técnico carecía de dientes.

—¿A qué esperas, Lucian? —Mirek apareció por el flanco del armatoste, con el cuello de la chaqueta de pieles subido hasta las orejas. Sus ojos se movían con una rapidez paranoica, saltando de la cumbre del desfiladero a las sombras del fondo del cajón—. El sargento no es estúpido. En cuanto limpie el vitriolo que le tiramos y note el olor a tinta fresca, mandará a dos jinetes a revisar la bajada. Si no nos movemos ya, dejaré los animales y bajaré la montaña solo.

Barin levantó la vista de las bridas, desafiando al ladrón con la mirada mientras intentaba sostener el equilibrio del caballo sano.

—El tordo apenas se sostiene —masculló el viejo, apretando los dientes—. Si lo presionas, se le abrirá el tapón de grasa de la pierna y se desangrará en diez yardas. No vas a dejarlo aquí.

—¡Basta! —ordenó Lucian.

Lucian dio un tirón violento a las guías. Su mente fotográfica, aquella que solía ordenar miles de maravedíes en un pestañeo, flaqueó por un instante. Intentó estimar el peso de la carga y el esfuerzo de Barin —que continuaba haciendo fuerza a pesar de la respiración silbante por la neumonía— pero las variables cambiaban con cada ráfaga de viento y cada piedra del camino. No había una ecuación limpia para el miedo.

—Barin, colócate detrás de la caja —mandó Lucian, asumiendo el mando con una frialdad forzada que le quemaba las entrañas—. Usa el madero roto del eje como palanca para evitar que el trineo derrape hacia el abismo en las curvas de herradura. Mirek, tira del tordo del lado derecho. Si el animal cae, la caja volcará y perderemos las últimas mantas. Kerra... camina detrás de mí. No te apartes de la estela de los cascos.

La escribana asintió mecánicamente, sin emitir un sonido. La "violencia legal" con la que había doblegado al sargento en la aduana se había evaporado, dejando paso a la cruda certeza de que ahora era una prófuga común en un continente sin dueño.

El trineo comenzó a descender de verdad. El sonido fue espantoso: un quejido agudo de madera astillándose contra los bordes de la caliza helada, dejando una estela de astillas oscuras sobre la nieve limpia. El caballo sano relinchó, tensando los músculos del lomo hasta el límite, mientras el tordo arrastraba las patas traseras, dejando un hilo imperceptible de vaho y sangre que el viento congelaba al instante.

Lucian dio el primer paso cuesta abajo, sintiendo cómo sus botas de cuero resbalaban en la piedra lisa. Miró hacia el horizonte del norte, donde el desfiladero se abría hacia un vacío gris y desconocido. Los números lo habían traído hasta allí, pero ya no le decían qué había al final de la pendiente. Por primera vez en su vida, el cálculo había terminado mucho antes que el camino.

---




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.