La camisa azul marino
El taller huele a aceite de linaza y a café recién hecho, una combinación que hace tres meses me habría parecido imposible de imaginar como parte de mi rutina diaria, y sin embargo aquí estoy, cada mañana, con las manos manchadas de pigmento antes incluso de que el sol termine de subir por completo sobre los tejados del Vomero.
—Este barniz es del siglo diecinueve, no del dieciocho, le digo a la joven que Renata contrató hace un mes para ayudarme con los encargos que han empezado a llegar desde que corrió la voz, en los círculos correctos, de que la "restauradora del Palazzo Moretti" acepta trabajo externo—. Fíjate en la textura del craquelado. Demasiado regular para ser tan antiguo.
Giulia asiente, tomando notas con la misma concentración con la que yo tomaba notas de mi padre hace años, en un taller mucho más pequeño y mucho menos protegido que este. La ironía no se me escapa: he construido, en el corazón de la casa que una vez me tuvo prisionera, la vida profesional que siempre quise tener.
Es una vida extraña, llena de contradicciones que ya no intento resolver del todo. Dante y yo compartimos la habitación azul, la que perteneció a su madre, aunque ahora ya no hace falta ninguna cerradura porque la puerta se queda abierta por elección, no por vigilancia. Matteo, con dieciocho años recién cumplidos, ha empezado a estudiar administración de empresas en la universidad, aunque pasa más tiempo del que me gustaría rondando el ala de las oficinas, fascinado por un mundo que todavía no termina de entender del todo.
Y yo, Valentina Rosales, hija de un hombre que vendió la vida de un niño por dinero, me he convertido en algo que nunca imaginé: parte reconocida de una de las familias más poderosas de Nápoles, con voz propia en decisiones que antes jamás habría soñado tener derecho a opinar.
—Señorita Rosales. —Renata aparece en la puerta del taller, con esa formalidad que después de tres meses ya reconozco como una costumbre imposible de romper del todo, aunque la relación entre nosotras se ha suavizado considerablemente desde aquella mañana en la cocina—. Llegó correo para usted. Correo urgente, entregado a mano.
El estómago se me contrae antes de que pueda evitarlo. No hemos vuelto a hablar directamente de la carta de "E.M." desde aquella mañana hace tres meses, aunque sé que Dante contrató investigadores adicionales, que Ferretti ha estado trabajando discretamente en el tema, que la sombra de esa firma sigue presente en cada conversación que evitamos tener sobre el futuro.
—Gracias, Renata.
Tomo el sobre, idéntico en su sencillez al primero: blanco, sin remitente, con mi nombre escrito en esa misma caligrafía cuidadosa que no he conseguido dejar de reconocer en sueños ocasionales. Giulia, notando el cambio en mi expresión, se disculpa discretamente y sale del taller, dejándome sola con el sobre y una sensación de vértigo que creía haber dejado atrás.
Lo abro con manos que no consigo mantener del todo firmes.
Señorita Rosales:
“Espero que la vida en el Palazzo Moretti sea todo lo que esperaba. Dante debe estar feliz, teniéndola cerca. Casi tan feliz como estaba aquella noche, hace quince años, cuando encontró a su hermano en el almacén del puerto viejo, con la camisa azul que su madre le había regalado esa misma mañana, empapada de algo que ya no era solo sudor.
Nadie más sabe ese detalle. Ni siquiera Dante lo ha compartido con nadie fuera de un círculo extremadamente cerrado. Así que cuando decida mostrarle esta carta —y creo que debería hacerlo, esta vez—, pregúntele si recuerda el color exacto de esa camisa.
Nos veremos pronto.
E.M.”
Leo la carta tres veces, sintiendo cómo el aire se vuelve más difícil de respirar con cada lectura, y algo en la precisión del detalle, en esa mención tan específica de una camisa azul que ni yo ni probablemente nadie más en esta casa conoce, me convence de que esto ya no puede seguir siendo solo un juego psicológico elaborado por algún enemigo con acceso a información general sobre la familia.
Quien escribió esto estuvo ahí. Esa noche. En el almacén del puerto viejo, hace quince años, cuando Enzo Moretti murió, o cuando algo pasó que llevó a que todos creyeran que había muerto.
Salgo del taller con la carta apretada en la mano, cruzando los pasillos del Palazzo con una urgencia que hace que dos de los hombres de seguridad se giren a mirarme, sorprendidos por la prisa poco característica en mí. Encuentro a Dante en su despacho, revisando informes con Sasha, y ambos levantan la vista al mismo tiempo cuando entro sin llamar.
—Valentina, ¿qué pasa?
No respondo de inmediato. Le tiendo la carta, observando su rostro mientras la lee, mientras sus ojos recorren cada línea con una velocidad que sugiere que está absorbiendo el contenido antes de que su mente consiga procesarlo del todo.
Y entonces, algo cambia en su expresión. No es la palidez controlada que vi la primera vez que recibió una carta así. Es algo mucho más crudo, más inmediato: sus manos empiezan a temblar, apenas perceptible pero suficiente para que Sasa se ponga de pie de inmediato, alarmado.
—Dante, ¿qué dice?
Dante no responde. Se queda mirando la carta, con los labios entreabiertos como si estuviera a punto de decir algo que no consigue formular, y cuando finalmente levanta la vista hacia mí, hay algo en sus ojos que no había visto nunca antes, ni siquiera en los momentos más oscuros que hemos compartido: un terror puro, sin ninguna máscara de control detrás de la cual esconderse.