Quince años de certeza
No duermo esa noche. Me quedo en el despacho, con Sasa y Ferretti conectado por videollamada desde su oficina, repasando cada detalle de la carta con una minuciosidad que roza la obsesión, aunque ninguno de los tres lo dice en voz alta.
—El papel es el mismo que las dos cartas anteriores —dice Ferretti, con su voz cansada de siempre, ajustando algo en su pantalla que no puedo ver—. Fibra de algodón, sin marcas de agua, disponible en cualquier papelería de gama alta en media Europa. No hay forma de rastrearlo por ahí.
—¿Y la entrega?
—Aquí sí tenemos algo. La mujer que entregó la carta en mano esta mañana fue contratada a través de un servicio de mensajería de Palermo, pagado en efectivo, con instrucciones enviadas por correo electrónico desde una dirección que se autodestruyó veinte minutos después del envío.
—Palermo —repito, sintiendo cómo esa palabra se instala en mi pecho con un peso específico. Los Fabrizi, la familia siciliana que ha estado expandiéndose agresivamente en los últimos meses, aunque hasta ahora se han mantenido fuera de nuestro radar directo, concentrados en consolidar su propio territorio en Sicilia.
—Podría ser coincidencia —dice Sasa, aunque su tono sugiere que ni él mismo se cree del todo esa posibilidad—. Palermo es una ciudad grande.
—No creo en coincidencias, Sasa. No cuando se trata de alguien que sabe detalles que solo yo debería conocer.
Ferretti se aclara la garganta, con la cautela de alguien que está a punto de decir algo que sabe que no va a ser bien recibido.
—Hay algo más, Dante. Revisé de nuevo el expediente original de la muerte de Enzo, el que se archivó hace quince años. Y noté algo que se me había pasado por alto en la investigación inicial.
—¿Qué?
—El informe forense fue firmado por un médico que trabajaba, en ese entonces, tanto para tu familia como, de forma no oficial, para los Caruso. Un médico que servía a ambos bandos, algo común en esa época cuando las líneas entre familias todavía eran más flexibles.
Siento que el aire se me atasca en el pecho.
—¿Estás diciendo que el informe podría haber sido falsificado?
—Estoy diciendo que no puedo descartarlo. Y estoy diciendo que sería útil que alguien revisara los registros forenses originales, no la copia que se archivó en los documentos de la familia, sino el original que debería seguir en los archivos del Instituto de Medicina Legal de Nápoles.
La sugerencia se queda flotando entre nosotros, cargada de una posibilidad que llevo quince años sin permitirme considerar siquiera: que la muerte de Enzo, el evento que definió cada decisión que he tomado desde entonces, cada muro que construí, cada distancia que impuse entre mí y cualquier persona que pudiera importarme, pudiera no haber sido exactamente lo que siempre creí.
—Consíguelo —digo, con una voz que apenas reconozco como mía—. El informe original. Lo antes posible.
Ferretti asiente y cuelga, dejándome solo con Sasa en el despacho, con el peso de esta nueva incertidumbre instalándose entre nosotros con una densidad que no habíamos sentido desde los días más oscuros del conflicto con Isabela.
—¿Cómo estás? —pregunta Sasa, con esa franqueza que solo él se permite.
—No lo sé. —Es la respuesta más honesta que puedo dar—. Durante quince años, la muerte de Enzo fue la certeza más sólida de mi vida. El punto de partida de todo lo que construí después. Y ahora, de pronto, ni siquiera eso es seguro.
—¿Y si es verdad? ¿Y si Enzo está vivo?
La pregunta me golpea con una fuerza que no esperaba, y por un momento no consigo formular ninguna respuesta coherente, porque la verdad es que no sé qué sentiría exactamente frente a esa posibilidad: ¿alivio? ¿Furia por quince años perdidos de luto innecesario? ¿O algo mucho más complicado, la sospecha inevitable de que, si Enzo realmente sobrevivió, y decidió no volver, no contactar a su familia durante quince años enteros, entonces la razón detrás de ese silencio no puede ser buena?
—Si está vivo —digo finalmente, con una frialdad que necesito para mantenerme funcional—, entonces alguien lo mantuvo alejado todo este tiempo, o él mismo eligió mantenerse alejado. Y ninguna de esas dos opciones me tranquiliza.
Sasa asiente, sin presionar más, y se queda un momento en silencio antes de levantarse para irse, dejándome solo con los archivos abiertos sobre el escritorio y una pregunta que ya no puedo seguir ignorando: si mi hermano sobrevivió a esa noche, ¿por qué esperar quince años, y por qué elegir precisamente este momento, cuando finalmente he encontrado algo parecido a la paz, para hacerse presente de nuevo en mi vida?