La Sangre

CAPÍTULO 3

El rastro de Palermo

Dante lleva dos días sumido en una investigación silenciosa que apenas comparte conmigo, y aunque entiendo el peso de lo que está enfrentando, hay algo en su distancia reciente que me recuerda, con una punzada incómoda, a los primeros días después de que descubrí la verdad sobre mi padre, cuando decidió protegerme guardando silencio en lugar de confiar en que yo podía manejar la verdad.

No voy a repetir ese error desde el otro lado. Si Dante necesita espacio para procesar esto, se lo voy a dar, pero eso no significa que yo también tenga que quedarme sentada esperando sin hacer nada.

La fotografía que venía adjunta a la primera carta, la que llegó hace tres meses, sigue guardada en mi mesita de noche, y aunque Ferretti ya la analizó entonces sin encontrar nada concluyente, decido que es hora de aplicar mis propias habilidades a este misterio, las mismas que usé en Ginebra para rastrear la red de falsificación de mi padre.

Estudio la imagen con el mismo cuidado meticuloso que uso para examinar un cuadro antes de empezar a restaurarlo: la calidad del grano, la iluminación, el ángulo desde el que fue tomada. No soy experta en fotografía forense, pero sí soy experta en detalles, en texturas, en las pequeñas pistas que revelan más de lo que parece a simple vista.

El hombre de la fotografía está de espaldas, en lo que parece ser una calle europea, con edificios de fachada clara que podrían ser de cualquier ciudad mediterránea. Pero hay algo en el tipo de cámara que se usó, cierta calidad granulada específica, que me resulta vagamente familiar de mi tiempo trabajando con galerías y casas de subastas.

Llamo a un contacto que hice durante mi tiempo en Ginebra, un experto en autenticación fotográfica que trabajó ocasionalmente con la misma red que investigamos entonces.

—Valentina, qué sorpresa. —Su voz suena genuinamente contenta de escucharme, aunque también cautelosa, como corresponde a alguien acostumbrado a moverse en los márgenes de la legalidad—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Necesito que analices una fotografía. Solo la calidad técnica, el tipo de cámara, cualquier detalle que puedas extraer sobre su origen.

—Envíamela. Veré qué puedo hacer.

Escaneo la fotografía y se la envío de inmediato, y mientras espero su respuesta, decido investigar por mi cuenta el otro ángulo del misterio: la mención específica de Palermo que Sasa mencionó anoche durante la cena, cuando Dante, distraído, dejó escapar más información de la que probablemente pretendía compartir.

Los Fabrizi. El nombre no me resulta familiar del todo, pero cuando busco referencias en los archivos digitales que Renata me ha ido enseñando a navegar durante mis meses aquí —los registros informales que la familia mantiene sobre aliados, enemigos y neutrales en el mapa criminal de Italia—, encuentro suficiente información como para entender que se trata de una familia relativamente nueva en el radar de los Moretti, pero con un crecimiento agresivo en los últimos dos años, financiado, según las notas de inteligencia, por fuentes "no completamente identificadas".

Mi contacto de Ginebra me responde a las pocas horas, con una información que hace que el estómago se me revuelva.

La cámara usada para esa fotografía es un modelo específico, de gama alta, que se vendió en un lote limitado hace cuatro años a través de una casa de subastas especializada en equipo fotográfico vintage restaurado. Puedo rastrear el comprador si me das tiempo, pero el lote se vendió originalmente en... Palermo.

Palermo. Otra vez.

Guardo la información, con una certeza creciente de que las piezas están empezando a encajar de una forma que necesito compartir con Dante lo antes posible, aunque una parte de mí duda si debería esperar a tener pruebas más sólidas antes de añadir más peso a lo que ya está cargando.

Decido no esperar. He aprendido, en los últimos meses, que la honestidad inmediata, incluso incómoda, siempre es mejor que el silencio protector que casi nos destruyó la primera vez.

Encuentro a Dante en su despacho, con Ferretti en pantalla otra vez, discutiendo algo sobre archivos forenses que no llego a entender del todo, y espero pacientemente hasta que la llamada termina antes de acercarme.

—Tengo algo —digo, mostrándole mi teléfono con la respuesta de mi contacto—. La cámara que se usó para la fotografía de "E.M." fue vendida hace cuatro años en Palermo. Mi contacto está rastreando al comprador ahora mismo.

Dante lee el mensaje con una expresión que combina sorpresa y algo parecido al orgullo, aunque también hay una sombra de preocupación que no intenta ocultar.

—Deberías haberme dicho que estabas investigando esto por tu cuenta.

—Y tú deberías haberme contado lo que Ferretti descubrió sobre el informe forense original, en lugar de dejar que me enterara a medias durante la cena.

Se queda callado un momento, reconociendo, sin necesidad de más palabras, que ambos seguimos cayendo en los mismos patrones de vez en cuando, incluso después de todo lo que hemos superado juntos.

—Tienes razón —dice finalmente—. Perdón. Es solo que... esto es distinto a cualquier otra amenaza que hayamos enfrentado. No es solo peligro externo. Es la posibilidad de que todo lo que creí saber sobre la muerte de mi hermano sea mentira.




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