Rocco Fabrizi
Palermo recibe con un calor distinto al de Nápoles, más seco, más cargado de un polvo dorado que se pega a la piel desde el momento en que bajo del avión privado que uso para este tipo de viajes que prefiero mantener discretos.
Sasa insistió en acompañarme, y aunque discutimos brevemente sobre dejar a Valentina fuera de este viaje específico —demasiado peligroso, territorio completamente desconocido para nosotros—, al final ella aceptó quedarse en Nápoles, coordinando con su contacto de Ginebra y manteniendo un ojo en la seguridad del Palazzo junto a Renata.
—Rocco Fabrizi accedió a una reunión con una rapidez que no me gusta —dice Sasa, mientras el coche que rentamos discretamente nos lleva hacia el centro de la ciudad—. Normalmente, alguien que está construyendo poder en territorio nuevo evita reunirse directamente con posibles rivales hasta que tiene ventaja clara.
—Eso significa que cree tenerla.
—O que quiere que pensemos que la tiene.
La reunión se lleva a cabo en un restaurante elegante cerca del puerto, uno de esos lugares donde la clientela habitual sabe instintivamente no hacer demasiadas preguntas sobre quiénes son los otros comensales. Rocco Fabrizi nos espera en una mesa privada al fondo, y cuando lo veo por primera vez, entiendo de inmediato por qué Isabela Caruso decidió aliarse con él en lugar de seguir luchando sola: hay algo en su presencia, una frialdad calculada que reconozco porque es similar a la mía, pero sin ninguno de los límites que yo mismo me he impuesto a lo largo de los años.
—Dante Moretti. —Se levanta apenas, un gesto mínimo de cortesía que no llega a ser respeto genuino—. Había escuchado mucho sobre usted. Es un placer conocerlo finalmente en persona.
—Vamos directo al grano, Fabrizi. Sé que está detrás de las cartas que mi familia ha estado recibiendo.
Algo parecido a una sonrisa cruza su rostro, aunque no llega del todo a sus ojos.
—No sé de qué cartas habla.
—No juegue conmigo. Sé que la última fotografía fue tomada con una cámara comprada aquí, en Palermo, y sé que su nombre está vinculado a esa compra.
Rocco se recuesta en su silla, evaluándome con una atención que hace que la piel se me erice, aunque no dejo que se note en mi expresión.
—Es usted más rápido de lo que esperaba. —Toma un trago de vino, con una calma deliberada—. Está bien, Dante. Vamos directo al grano, como usted quiere. Sí, tengo información sobre su hermano.
El corazón me da un vuelco tan fuerte que necesito toda mi disciplina para mantener la expresión neutra.
—¿Está vivo?
—Eso depende de lo que usted considere "vivo". —Rocco sonríe de nuevo, esta vez con algo más cruel en el gesto—. Sé exactamente dónde está Enzo Moretti en este momento. Sé lo que ha estado haciendo durante los últimos quince años. Y sé, con una certeza absoluta, que la verdad sobre su hermano va a ser mucho más difícil de aceptar de lo que cualquier fantasía de reencuentro familiar le ha hecho imaginar.
—Entonces dígamelo.
—No todavía. —Rocco se levanta, dejando algunos billetes sobre la mesa con la indiferencia de alguien acostumbrado a que el dinero nunca sea un problema real—. Considere esto solo el principio de la conversación, Dante. Cuando esté listo para negociar en serio, sabré cómo contactarlo. Mientras tanto, disfrute de la incertidumbre. Creo que le va a resultar... educativa.
Se va, dejándonos a Sasa y a mí sentados en esa mesa con el peso completo de lo que acaba de confirmar instalándose sobre nosotros con una fuerza devastadora.
—Está vivo —murmuro, apenas capaz de procesar la magnitud de esa certeza después de quince años de duelo—. Enzo está vivo.
—Dante. —La voz de Sasa tiene una cautela que reconozco de inmediato—. Fabrizi acaba de confirmarlo, sí. Pero también acaba de decirte, de la forma más clara posible, que va a usar esa información como palanca contra ti. Esto no es un regalo. Es un arma que acaba de mostrarte que tiene.
Sé que tiene razón. Sé que cada palabra que salió de la boca de Rocco Fabrizi estaba calculada para desestabilizarme, para sembrar una esperanza que él mismo va a usar como palanca de manipulación en el momento que más le convenga. Y, sin embargo, ninguna de esas certezas estratégicas consigue apagar la tormenta que se ha desatado dentro de mí desde el momento en que confirmó, sin ninguna duda, que mi hermano sigue respirando en algún lugar de este mundo, después de quince años de un luto que ahora entiendo que quizás nunca debí haber cargado de la forma en que lo hice.
Volamos de vuelta a Nápoles esa misma noche, y durante todo el trayecto, mientras Sasa duerme intermitentemente a mi lado, me quedo mirando por la ventanilla la oscuridad del Mediterráneo, pensando en la camisa azul marino, en el examen de manejo de armas, en un niño de doce años que se convirtió, en algún momento de los últimos quince años sin que yo lo supiera, en un hombre que ahora es aparentemente una pieza más en el juego de un desconocido llamado Rocco Fabrizi.
¿Qué le pasó a mi hermano en todo este tiempo? ¿Y qué clase de hombre tuvo que convertirse para que Rocco Fabrizi hablara de él con esa mezcla exacta de posesión y amenaza que usan los hombres de este mundo cuando hablan de algo —o de alguien— que consideran completamente suyo?