La Sangre

CAPÍTULO 6

El archivo prohibido

Llevamos toda la mañana revisando registros de seguridad, llamadas internas, movimientos del personal durante las últimas semanas, en un esfuerzo por reducir la lista de sospechosos que podrían tener acceso tanto a la información que llegó a los Caruso hace meses como a los detalles específicos sobre Enzo que aparecieron en la última carta.

—La lista se reduce cada vez más —dice Sasa, revisando un documento en su tableta con una concentración que reconozco como genuina, aunque hay algo en su postura, una rigidez sutil que no le había notado antes, que me hace prestar más atención de la habitual.

—¿A quién nos queda?

—Cinco personas con acceso completo a los detalles que se filtraron. Renata, obviamente, aunque su lealtad está fuera de discusión. Ferretti, aunque trabaja para nosotros desde hace tanto tiempo que sería extraño que decidiera traicionarnos justo ahora. Dos de los hombres de seguridad más antiguos. Y...

Se detiene, y esa vacilación, tan poco característica de él, hace que algo frío se instale en mi estómago.

—¿Y quién más, Sasa?

—Yo.

La palabra queda flotando entre nosotros con un peso que ninguno de los dos parece saber cómo procesar de inmediato.

—Es solo un ejercicio de lógica —continúa, con una calma que no consigue del todo ocultar la tensión debajo—. Técnicamente, tengo acceso a toda la información que se filtró. Estuve presente la noche que discutimos los detalles de la habitación de Valentina antes de que Isabela los mencionara en la cena. Sé sobre la camisa azul de Enzo, porque tú me lo contaste hace años, en un momento de debilidad que ninguno de los dos ha vuelto a mencionar hasta ahora.

—No estoy sospechando de ti, Sasa.

—Deberías considerarlo, al menos como posibilidad lógica. Es lo que harías con cualquier otra persona en esta lista.

Me quedo callado, procesando la incomodidad de esa sugerencia, porque en el fondo, Sasa tiene razón: si aplicara la misma frialdad analítica que uso para cualquier otro sospechoso, tendría que considerar seriamente la posibilidad, por mínima que sea, de que la persona que ha estado a mi lado durante diez años, que me sacó del almacén la noche que murió Enzo, que ha sido testigo de cada decisión importante que he tomado desde entonces, pudiera ser la fuente de la filtración.

—¿Tienes alguna razón para hacer algo así? —pregunto, aunque la pregunta suena más como una acusación de lo que pretendía.

—Ninguna que se me ocurra. —Sasa cierra la tableta, con una expresión que no consigo del todo leer—. Pero eso no significa que no exista alguna que tú desconozcas.

La conversación se queda en un silencio incómodo, y justo cuando estoy a punto de romperlo, insistiendo en que confío en él completamente, uno de los hombres de seguridad entra en el despacho con una expresión urgente.

—Don Moretti, necesita ver esto.

Me tiende una tableta con imágenes de las cámaras de seguridad del ala este, con un timestamp de hace tres días, mostrando una silueta que reconozco de inmediato como la de Sasa, entrando en una zona del Palazzo que técnicamente no forma parte de sus responsabilidades habituales: el archivo privado donde se guardan los documentos más sensibles de la familia, incluidos los registros originales de la deuda de la familia Rosales y, más recientemente, todo lo relacionado con la investigación sobre Enzo.

—¿Qué estabas haciendo ahí? —pregunto, mostrándole la imagen a Sasa, con una voz que se ha vuelto más fría de lo que pretendía.

Sasa mira la pantalla, y algo en su expresión cambia, una tensión que confirma que hay algo que no me está contando, aunque no consigo del todo interpretar si es culpa, miedo, o simplemente la incomodidad de ser confrontado sin previo aviso.

—Estaba investigando algo por mi cuenta —dice, finalmente, con una cautela que nunca le había visto usar conmigo—. Algo que todavía no estoy listo para explicarte del todo.

—Sasa.

—Confía en mí, Dante. Por favor. Necesito un poco más de tiempo antes de poder contarte lo que descubrí, porque si me equivoco, podría destruir algo que no tiene por qué destruirse todavía.

La ambigüedad de su respuesta, combinada con la evidencia de las cámaras y con la revelación de hace unos minutos sobre su propio acceso a la información filtrada, crea una tormenta de dudas que no había sentido hacia él en los diez años que llevamos trabajando juntos, y por primera vez desde que empezó todo esto, no sé si puedo confiar completamente en la persona que siempre ha sido mi ancla más sólida en este mundo traicionero que habitamos.

—Tienes veinticuatro horas —digo, con una frialdad que me cuesta mantener—. Para contarme la verdad completa, Sasa. Después de eso, voy a tener que tratar esto como lo trataría con cualquier otro sospechoso, sin importar los diez años que llevamos conociéndonos.

Sasa asiente, con una expresión que mezcla resignación y algo parecido al alivio, como si hubiera estado esperando este ultimátum desde hace tiempo, y sale del despacho sin decir nada más, dejándome con la certeza incómoda de que, sea lo que sea que está protegiendo, la verdad que está a punto de revelarse podría cambiar completamente la forma en que entiendo la lealtad dentro de mi propia familia.




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