La Sangre

CAPÍTULO 7

La voz en la grabación

No he escuchado todavía la grabación que me dio Isabela. Llevo la memoria diminuta escondida en el mismo lugar donde guardaba la carta de Renata hace meses, como si esconder la evidencia pudiera posponer indefinidamente la necesidad de enfrentar lo que sea que contenga.

Pero cuando Dante llega a nuestra habitación esa noche, con una expresión tensa que reconozco de inmediato como preocupación profunda, sé que ya no puedo seguir posponiendo las conversaciones difíciles.

—Sospecho de Sasa —dice, sin preámbulos, sentándose en el borde de la cama con los hombros cargados de un peso que no le había visto llevar en meses—. Encontramos evidencia de que estuvo en el archivo privado sin autorización, y cuando le pregunté, se negó a explicarme por qué.

El corazón me da un vuelco, pensando en la fotografía borrosa que Isabela me mostró, en esa silueta que ahora, con esta nueva información, empieza a sentirse mucho más específica de lo que estaba dispuesta a admitir en el café.

—Dante, tengo que contarte algo.

Le explico todo: la llamada de Isabela, la reunión en el café, la fotografía borrosa, la grabación que todavía no me he atrevido a escuchar. Veo cómo su expresión pasa de la sorpresa a algo parecido a la traición mientras hablo, y cuando termino, el silencio que sigue está cargado de una tensión que no habíamos sentido entre nosotros desde el conflicto de hace meses sobre la verdad de mi padre.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunta, con una voz que intenta mantenerse neutral pero que no consigue del todo esconder el dolor de la omisión.

—Porque quería tener información concreta antes de preocuparte con algo que podría ser simplemente otra manipulación de Isabela. —Las palabras suenan huecas incluso mientras las digo, porque reconozco, con una claridad incómoda, que es exactamente la misma excusa que él usó cuando me ocultó la verdad completa sobre mi padre—. Lo sé. Sé que es lo mismo que hiciste tú. No tengo ninguna excusa válida.

Dante se queda callado un momento, procesando la ironía de la situación, y cuando finalmente habla, su voz ha perdido algo de la dureza inicial, reemplazada por un cansancio que reconozco de sus propias luchas internas.

—Necesitamos dejar de hacer esto. Los dos. Guardarnos información "para proteger" al otro solo termina generando más daño del que pretendemos evitar.

—Tienes razón. Lo siento.

—Escuchemos la grabación juntos. Ahora.

Saco la memoria de su escondite, y con manos que no consigo mantener del todo firmes, la conecto al portátil que Dante mantiene en nuestra habitación para asuntos que prefiere no manejar en su despacho oficial. El audio empieza con ruido de fondo, el murmullo característico de un lugar público concurrido, y después, dos voces que empiezan a hablar en italiano.

Una de ellas es inconfundiblemente la de Isabela.

La otra, más grave, más familiar de una forma que hace que el estómago se me revuelva, tarda solo unos segundos en identificarse con una claridad devastadora.

Es la voz de Matteo.

—Eso no puede ser —murmuro, sintiendo cómo el mundo entero se tambalea a mi alrededor mientras la grabación continúa, revelando fragmentos de una conversación entre mi hermano de dieciocho años y alguien de la organización de Isabela, discutiendo detalles sobre la seguridad del Palazzo con una familiaridad que sugiere que no es la primera vez que tienen este tipo de conversación.

Dante detiene la grabación, con una expresión que combina shock y una furia contenida que no le había visto dirigir hacia mí ni hacia mi familia en meses.

—Matteo —dice, con una voz peligrosamente calmada—. Tu hermano ha estado hablando con gente de Isabela Caruso.

—No puede ser lo que parece. Tiene que haber una explicación.

—¿Como cuál, Valentina? Esta grabación es clara. Está discutiendo detalles internos de nuestra seguridad.

Me levanto, con las piernas temblando, decidida a encontrar a mi hermano de inmediato, a exigirle una explicación antes de que Dante llegue a conclusiones que podrían tener consecuencias devastadoras para alguien que, sea lo que sea que haya hecho, sigue siendo mi hermano menor, la persona que juré proteger desde el primer día que Dante Moretti apareció en el funeral de nuestro padre.

—Necesito hablar con él antes que tú —digo, con una firmeza que no admite discusión—. Por favor, Dante. Dame esta noche para entender qué está pasando realmente, antes de que actúes basándote solo en esta grabación.

Dante duda, y veo la lucha en su expresión entre el instinto protector de líder de familia, acostumbrado a actuar rápido frente a cualquier amenaza potencial, y la confianza que ha construido conmigo en los últimos meses.

—Tienes hasta mañana por la mañana —dice finalmente—. Pero si esto confirma que Matteo ha estado colaborando conscientemente con nuestros enemigos, Valentina, va a haber consecuencias que ni tú ni yo podremos evitar completamente, sin importar cuánto lo quieras proteger.

Salgo de la habitación con el corazón acelerado, dirigiéndome hacia el ala donde Matteo tiene su propia habitación desde hace meses, preparándome para una conversación que temo, con una certeza cada vez más profunda, que va a revelar algo mucho más complicado y mucho más doloroso de lo que cualquiera de nosotros estaba preparado para enfrentar.




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