El cuerpo que nadie vio
Matteo llora cuando finalmente lo confronto, con una vulnerabilidad que no le había visto desde que era mucho más pequeño, desde antes de que la muerte de nuestro padre nos obligara a ambos a crecer más rápido de lo que cualquiera de los dos estaba preparado para hacerlo.
—Solo quería que confiaran en mí de verdad —dice, con la voz quebrada, sentado en el borde de su cama mientras yo intento procesar la mezcla de alivio y furia que siento al escuchar su explicación—. Todos en esta casa tienen un papel importante. Tú restauras arte para la familia. Dante dirige todo. Hasta Sasa tiene su lugar claro. Y yo solo soy... el hermano menor que vive aquí por cortesía.
—Matteo, eso no es verdad.
—Se sintió verdad cuando esa persona empezó a hablarme, prometiéndome que podía tener un papel real, que podía demostrar mi valor sin depender de que tú resolvieras todo por mí.
Lo abrazo, sintiendo el peso de la culpa que también me corresponde en esta situación: he estado tan concentrada en construir mi propio lugar en este mundo, en demostrar mi propio valor a través del taller, de las investigaciones, de mi papel activo contra los Caruso, que no presté suficiente atención a cómo mi hermano, todavía tan joven, podría estar sintiéndose invisible en medio de todo lo que hemos construido juntos en el Palazzo.
—Eso se acaba ahora —digo, con una firmeza que espero que transmita tanto amor como determinación—. Vamos a encontrar una forma de que tengas un lugar real aquí, uno que no dependa de manipulaciones de gente que solo quiere usarte para hacernos daño.
Después de dejar a Matteo más tranquilo, aunque todavía visiblemente afectado por la experiencia, decido que necesito otra conversación urgente, esta vez con Renata, sobre el tema que ha estado consumiendo cada pensamiento de Dante desde el viaje a Palermo: la posibilidad de que Enzo esté realmente vivo.
La encuentro en la cocina, como de costumbre, supervisando los preparativos de la cena con esa eficiencia impasible que la caracteriza, aunque cuando le pido hablar en privado, algo en su expresión sugiere que ha estado esperando esta conversación desde hace más tiempo del que estoy dispuesta a admitir.
—¿Qué necesita saber, señorita Rosales? —pregunta, cerrando la puerta de la pequeña oficina que usa para gestionar los asuntos domésticos del Palazzo.
—La verdad sobre la noche que murió Enzo. Toda la verdad, esta vez, sin ninguna versión editada.
Renata se sienta, con un cansancio que parece envejecerla varios años en cuestión de segundos, y durante un largo momento se queda en silencio, evaluando, supongo, si finalmente ha llegado el momento de soltar algo que ha cargado en secreto durante quince años.
—Yo manejé todo el proceso —dice finalmente—. La noche que encontraron el cuerpo en el almacén, Dante tenía solo catorce años, y su padre estaba tan devastado que apenas podía funcionar. Alguien tenía que encargarse de la identificación oficial, de los trámites con el forense, de proteger a la familia de tener que enfrentar los detalles más crudos de esa pérdida.
—¿Y usted se encargó de eso?
—Sí. Contraté al médico forense que trabajaba, ya entonces, tanto para nuestra familia como para los Caruso, porque era el único que podía garantizar discreción absoluta en un momento en que cualquier filtración podría haber desatado una guerra abierta con ellos, considerando las sospechas que ya teníamos sobre su posible involucramiento en la emboscada.
Algo en su tono, una cautela que no encaja del todo con la seguridad que debería tener alguien contando una historia que ha repetido internamente durante quince años, me hace presionar más.
—Renata, ¿usted vio el cuerpo personalmente?
El silencio que sigue a esa pregunta se extiende demasiado, lo suficiente para que la respuesta quede clara incluso antes de que ella hable.
—No —admite finalmente, con una voz que apenas es un susurro—. El cuerpo estaba... en condiciones que el forense insistió en que no era apropiado que yo viera directamente, considerando mi cercanía emocional con la familia. Confié en su palabra profesional. Confié en los documentos que preparó, en la identificación basada en pertenencias personales encontradas en la escena, en el informe forense que después archivé cuidadosamente en los registros de la familia.
—¿Y nunca cuestionó eso? ¿En quince años enteros?
—Lo cuestioné al principio, sí. —Renata se limpia una lágrima que consigue no derramarse del todo—. Pero el dolor de Dante, el de su padre, era tan devastador que cualquier duda que pudiera haber tenido se sintió como una crueldad innecesaria hacia una familia que ya estaba sufriendo lo suficiente. Así que decidí confiar. Decidí dejar que el duelo siguiera su curso natural, sin complicarlo con preguntas que probablemente no tenían ninguna respuesta útil de todos modos.
Siento el peso de esta revelación instalándose sobre mí con una claridad devastadora: durante quince años, la familia entera construyó su comprensión de un evento fundamental —la muerte que definió la personalidad de Dante, que moldeó cada decisión importante que tomó desde entonces— basándose en la palabra de un solo hombre, un médico con lealtades divididas entre dos familias enemigas, sin ninguna verificación independiente real.