El técnico del instituto
La confesión de Renata me golpea con una fuerza que no esperaba, no porque la información en sí sea completamente nueva —siempre supe, en algún rincón de mi mente que preferí no examinar demasiado de cerca, que nunca vi el cuerpo de mi hermano con mis propios ojos—, sino porque escucharlo confirmado en voz alta, después de quince años construyendo mi identidad entera sobre esa pérdida, hace que el suelo bajo mis pies se sienta considerablemente menos sólido de lo que siempre asumí.
—Tenía catorce años —le digo a Renata, con una voz que intento mantener neutral, aunque el temblor por debajo es evidente incluso para mí mismo—. Recuerdo que me dijiste que no debía ver el cuerpo, que era mejor recordarlo como era en vida. En ese momento, lo acepté sin cuestionarlo. Confiaba completamente en ti.
—Y yo confié completamente en el forense. Fue un error, Dante. Uno del que me arrepiento profundamente, especialmente ahora, sabiendo lo que sabemos.
Valentina, sentada a mi lado en el despacho, me toma la mano con una firmeza silenciosa que ha sido mi ancla durante cada momento difícil de las últimas semanas, y ese contacto simple, ese recordatorio de que no estoy enfrentando esto completamente solo, me da la claridad suficiente para pensar más allá del shock inicial.
—Necesito ver el informe forense original —digo, con una determinación que empieza a reemplazar la conmoción de los últimos minutos—. No la copia archivada aquí en el Palazzo, que ya sabemos que pudo haber sido manipulada. El original, en los archivos del Instituto de Medicina Legal.
—Ferretti ya está en eso —confirma Sasa, entrando en el despacho justo a tiempo para escuchar la última parte de la conversación—. Pero hay un problema. Los archivos de esa época, específicamente los de casos considerados "sensibles" por razones de seguridad pública, se digitalizaron hace diez años, y en el proceso, muchos documentos físicos originales fueron destruidos según el protocolo estándar.
—¿Estás diciendo que el informe original ya no existe?
—Estoy diciendo que la versión digitalizada podría no coincidir exactamente con lo que se archivó originalmente, si es que hubo alguna manipulación en el proceso. Pero Ferretti encontró algo interesante: el técnico que realizó la digitalización de ese caso específico dejó una nota en los metadatos del archivo, algo poco común, sugiriendo que notó alguna irregularidad en el documento original que estaba procesando.
—¿Qué tipo de irregularidad?
—No lo especifica. Pero el técnico todavía trabaja para el Instituto. Se llama Marco Belli, y según los registros, sigue viviendo en Nápoles.
La posibilidad de una fuente directa, alguien que pudo haber visto el documento original antes de cualquier posible manipulación digital, se siente como el primer indicio real de progreso concreto en medio de tanta incertidumbre devastadora.
—Necesito hablar con él directamente.
—Ya organicé una reunión discreta para mañana por la tarde —confirma Sasa, con una eficiencia que agradezco silenciosamente, considerando la tensión que todavía existe entre nosotros después de la confrontación sobre Matteo hace unos días—. Dante, antes de que sigamos con esto, necesito decir algo. Lamento no haberte contado antes lo de Matteo. Fue un error de juicio, uno que debería haber corregido de inmediato, sin importar mis razones para posponerlo.
—Lo sé. —Y sorprendentemente, descubro que la rabia que sentí hace unos días se ha suavizado considerablemente, reemplazada por una comprensión más profunda de las presiones contradictorias que todos hemos estado enfrentando—. Todos estamos cometiendo errores similares en este momento, Sasa. Guardando información, protegiendo a las personas que queremos con silencios que terminan causando más daño del que pretendemos evitar. Necesitamos ser mejores sobre esto, todos, si vamos a sobrevivir lo que sea que Rocco Fabrizi esté planeando.
Sasa asiente, y algo en la tensión entre nosotros empieza a disolverse, reemplazado por la familiaridad de diez años de confianza mutua que un momento de crisis no consigue destruir del todo, aunque sí la pone a prueba de formas que ninguno de los dos había experimentado antes.
Esa noche, mientras Valentina duerme a mi lado, me quedo despierto, mirando el techo de la habitación que perteneció a mi madre, pensando en la posibilidad real, cada vez más tangible, de que mañana pueda obtener la primera confirmación concreta de que quince años de duelo estuvieron construidos sobre una mentira cuidadosamente orquestada.
Y mientras esa posibilidad se asienta, con toda su complejidad y todo su peligro, siento algo que no esperaba sentir en medio de tanta incertidumbre: una esperanza frágil, casi dolorosa en su intensidad, de que quizás, después de todo, no haya perdido completamente a mi hermano aquella noche de hace quince años.
Aunque una parte de mí, la parte entrenada por años de desconfianza estratégica, no puede evitar preguntarse qué precio tendrá esa esperanza cuando finalmente descubra la verdad completa.