Bajo los limoneros
Encuentro a Dante en el jardín de los limoneros antes del amanecer, sentado en el mismo banco donde Sasa se sentó hace días, con una taza de café completamente frío entre las manos, mirando hacia la primera luz que empieza a colorear el cielo sobre el Vomero.
—No has dormido nada —digo, sentándome a su lado, sintiendo el frío de la madera húmeda bajo mis piernas descalzas.
—No podía. Sigo pensando en todo lo que esto significa, Valentina. Quince años. Quince años enteros construyendo cada decisión, cada muro, cada distancia que impuse con la gente, sobre el duelo por alguien que quizás, después de todo, nunca dejó de existir.
Le tomo la mano, sintiendo el peso de la confusión y el dolor que carga, una mezcla imposible de esperanza y traición que no sé cómo debe sentirse desde dentro, aunque puedo reconocer el eco de mi propio dolor al descubrir la verdad sobre mi padre hace meses.
—¿Qué sentirías si se confirma que está vivo? —pregunto, con cuidado, sin querer presionar hacia ninguna respuesta específica.
Dante se queda callado un largo momento, procesando la pregunta con una honestidad que sé que le cuesta un esfuerzo considerable.
—No lo sé —admite finalmente—. Una parte de mí quiere sentir solo alegría, la posibilidad de recuperar a mi hermano después de tanto tiempo. Pero otra parte, la parte más fría, la que ha aprendido a sobrevivir en este mundo desconfiando de cada posibilidad demasiado buena para ser verdad, no puede dejar de preguntarse por qué. Por qué esperar quince años. Por qué elegir precisamente este momento, cuando finalmente he encontrado algo parecido a la felicidad contigo, para hacerse presente de nuevo.
—Quizás no fue su elección.
—O quizás sí lo fue, y esa posibilidad es incluso más dolorosa que cualquier otra explicación.
Nos quedamos en silencio un momento, observando cómo el amanecer termina de colorear completamente el cielo, y siento la necesidad de ofrecerle algo más que simple empatía, algo que le permita sentir que no está enfrentando esta incertidumbre completamente solo.
—Sin importar lo que descubras mañana —digo, con una firmeza que espero que transmita la certeza que siento—, vamos a enfrentarlo juntos. No voy a dejarte cargar esto solo, Dante, sin importar cuán complicada o dolorosa resulte ser la verdad.
Se gira hacia mí, con una expresión que combina gratitud y una vulnerabilidad que rara vez muestra tan abiertamente, y cuando finalmente me besa, hay algo en ese gesto que se siente distinto a todos los besos anteriores que hemos compartido: más lento, más deliberado, cargado de una necesidad de conexión que va más allá del deseo físico, buscando en cambio una certeza emocional que ninguno de los dos consigue encontrar completamente en las circunstancias externas que nos rodean.
Nos quedamos en el jardín hasta que el sol termina de salir por completo, compartiendo silencios cómodos entre fragmentos de conversación sobre recuerdos, sobre miedos, sobre la posibilidad de un futuro que ninguno de los dos puede predecir con certeza en este momento, y por primera vez en días, siento que la conexión entre nosotros se fortalece precisamente a través de esta vulnerabilidad compartida, en lugar de debilitarse por el peso de tanta incertidumbre externa.
Cuando finalmente volvemos al Palazzo, encontramos a Renata esperando en el vestíbulo, con una expresión tensa que reconozco de inmediato como portadora de malas noticias.
—Llegó correo urgente —dice, tendiéndome un sobre que reconozco con una punzada de terror—. Para usted, señorita Rosales.
Abro el sobre con manos que empiezan a temblar antes incluso de leer el contenido, presintiendo que esta carta va a ser diferente a las anteriores.
Señorita Rosales:
“Espero que su investigación en Ginebra le haya enseñado algo importante: la información siempre tiene un precio, y a veces ese precio es mucho más alto de lo que cualquiera está dispuesto a pagar voluntariamente.
Dante está a punto de descubrir cosas sobre su hermano que van a cambiar completamente su forma de ver el mundo. Y cuando eso pase, va a necesitar a alguien a su lado para sobrevivir la revelación.
Sería una lástima que esa persona ya no estuviera disponible.
Considere esto una advertencia final, señorita Rosales. Aléjese de Dante Moretti antes de que la verdad sobre Enzo termine costándole algo mucho más valioso que su tranquilidad.
E.M.”
El aire se me atasca en la garganta mientras releo la amenaza, sintiendo cómo el miedo que había empezado a disolverse en las últimas semanas de aparente estabilidad regresa con una fuerza renovada, mezclado ahora con una furia que no esperaba sentir con tanta intensidad.
Dante lee la carta por encima de mi hombro, y su expresión se transforma de inmediato, la vulnerabilidad de hace apenas unos minutos reemplazada por una frialdad calculada que reconozco como su mecanismo de defensa más profundo.
—Esto no va a quedar así —dice, con una voz que ha perdido toda la suavidad de nuestra conversación en el jardín, reemplazada por la determinación fría de un hombre dispuesto a proteger lo que ama sin importar el costo—. Quienquiera que esté detrás de esto, sea Rocco Fabrizi, sea Enzo, sea quien sea, acaba de cometer el error de amenazarte directamente. Y eso, Valentina, es algo que no voy a permitir que quede sin respuesta.