El almacén en llamas
Duplico la seguridad alrededor de Valentina de inmediato, con hombres adicionales cubriendo cada entrada del Palazzo, escoltas permanentes para cualquier desplazamiento fuera de la propiedad, y un protocolo de comunicación constante que ella acepta, aunque con una resignación visible que sugiere que el peso de esta amenaza directa está empezando a pasarle factura emocional.
—No puedo vivir completamente encerrada de nuevo —dice esa tarde, mientras superviso los últimos ajustes de seguridad con Sasa en el despacho—. Entiendo la necesidad de precaución, Dante, pero necesito seguir teniendo algo de normalidad, algo de mi propia vida, o esta amenaza va a conseguir exactamente lo que probablemente busca: hacerme sentir prisionera otra vez.
Tiene razón, aunque cada instinto protector que tengo grita lo contrario. Encontramos un equilibrio: escolta discreta pero constante, comunicación cada hora cuando está fuera del Palazzo, y la promesa de que cualquier decisión sobre restringir más su movimiento la tomaremos juntos, no unilateralmente desde mi instinto de control.
La reunión con Marco Belli, el técnico del Instituto de Medicina Legal, está programada para esa misma tarde, y decido ir personalmente, con Sasa como única compañía, dejando a Valentina en el Palazzo bajo la vigilancia reforzada de Renata y el resto del personal de seguridad.
Belli resulta ser un hombre nervioso, de mediana edad, que accede a hablar con nosotros solo después de que Sasa le asegura, repetidamente, que esta conversación permanecerá completamente confidencial.
—El documento que digitalicé hace diez años tenía algo extraño —dice, sin rodeos, una vez que estamos seguros de que nadie más puede escucharnos en el pequeño café donde acordamos reunirnos—. Las fechas no coincidían del todo. El informe forense estaba fechado tres días después de la fecha oficial de la muerte, lo cual no es completamente inusual en casos complejos, pero había algo más: una segunda firma, parcialmente borrada, en la última página, que sugería que el documento había sido revisado y modificado por alguien distinto al forense original que lo firmó inicialmente.
—¿Puede identificar esa segunda firma?
—No con certeza. Pero recuerdo las iniciales, porque me llamaron la atención en su momento. R.F.
Las iniciales quedan flotando entre nosotros con un peso que Sasa y yo procesamos casi simultáneamente: Rocco Fabrizi.
—Eso significaría que los Fabrizi estuvieron involucrados en la manipulación del informe forense hace quince años —dice Sasa, con una voz que refleja la misma incredulidad que siento yo—. Pero en ese entonces, apenas eran una familia menor en Sicilia, sin ningún poder real en Nápoles.
—A menos que el padre de Rocco ya tuviera conexiones que no conocíamos —sugiero, sintiendo cómo las piezas de este rompecabezas empiezan a formar una imagen mucho más compleja y mucho más antigua de lo que originalmente sospechábamos—. Si los Fabrizi estuvieron involucrados desde el principio, eso significa que la manipulación de la muerte de Enzo no fue una idea reciente de Rocco. Fue algo planeado hace quince años, por alguien de su familia.
Belli, visiblemente incómodo con la dirección que está tomando esta conversación, empieza a mostrar señales de querer terminar la reunión lo antes posible, y aunque le agradecemos su cooperación con la generosidad económica esperada en este tipo de intercambios discretos, salgo de ese café con más preguntas de las que tenía al entrar, cada una más inquietante que la anterior.
Mi teléfono suena antes de que consigamos llegar de vuelta al coche. Es uno de los hombres de seguridad del puerto, con una urgencia en la voz que me hace detenerme en seco.
—Don Moretti, tiene que venir de inmediato. Uno de nuestros almacenes principales está en llamas.
—¿Qué pasó?
—Fue un ataque directo. Hombres armados, sin ningún intento de ocultar su identidad. Dejaron un mensaje pintado en la pared antes de irse.
—¿Qué mensaje?
Un silencio breve, cargado de la reticencia de quien está a punto de transmitir algo que sabe que va a provocar una reacción intensa.
—"Fabrizi está aquí, y esta vez no nos vamos a ir."
Corro hacia el coche, con Sasa siguiéndome de cerca, sintiendo cómo la certeza fría de una guerra abierta empieza a materializarse con una velocidad que no esperaba, considerando que hace apenas unos días Rocco Fabrizi todavía estaba jugando el juego más sutil de amenazas veladas y cartas anónimas.
Algo ha cambiado. Algo lo ha empujado a escalar de forma tan abierta, tan directa, y mientras el coche avanza hacia el puerto con una velocidad peligrosa, no puedo evitar preguntarme si la carta amenazando a Valentina fue simplemente el preludio de este ataque, o si hay algo más grande que todavía no hemos conseguido entender completamente sobre las verdaderas intenciones de Rocco Fabrizi y su conexión, cada vez más innegable, con el pasado que definió toda mi vida adulta.