La red de subastas
El ataque al almacén domina cada conversación en el Palazzo durante los siguientes días, con Dante y Sasa coordinando respuestas defensivas, reforzando cada propiedad vulnerable, mientras yo, sintiéndome cada vez más inútil en medio de tanta actividad puramente militar, decido que necesito encontrar mi propia forma de contribuir, algo que aproveche las habilidades específicas que he desarrollado en los últimos meses.
Vuelvo a mi contacto de Ginebra, esta vez con una pregunta más específica: si los Fabrizi tienen suficiente dinero para financiar una expansión tan agresiva en tan poco tiempo, ¿de dónde viene exactamente ese capital?
Estoy investigando algo interesante, me responde después de dos días de indagación discreta. Hay rumores en el mundo del arte sobre una serie de subastas privadas, organizadas en los últimos ocho meses, vendiendo piezas de procedencia extremadamente dudosa. El patrón de ventas coincide, en tiempo y en las cifras aproximadas, con el crecimiento financiero de los Fabrizi.
¿Puedes conseguirme una invitación a una de esas subastas?, pregunto, aunque siento la ansiedad crecer mientras escribo la pregunta, consciente de lo que estoy sugiriendo apenas semanas después de una amenaza directa contra mi vida.
Es peligroso, Valentina. Especialmente considerando todo lo que me has contado sobre la situación actual. Pero sí, creo que puedo conseguirte acceso a la próxima, programada para dentro de dos semanas en Milán.
Paso el resto de la tarde investigando más a fondo, cruzando referencias entre los nombres de compradores frecuentes en esas subastas y los contactos conocidos de la familia Fabrizi, y para cuando Dante vuelve esa noche, agotado después de otro día completo coordinando la respuesta al ataque, tengo suficiente información concreta como para presentarle un plan completo.
—Los Fabrizi están financiando su expansión, al menos parcialmente, a través de una red de subastas de arte robado —digo, extendiendo sobre la mesa del despacho los documentos que he reunido—. Si conseguimos pruebas concretas de esa red, similar a lo que hicimos con la conexión de mi padre en Ginebra, podríamos exponerlos ante las autoridades internacionales de una forma que dañaría gravemente su capacidad financiera para sostener este conflicto.
Dante estudia los documentos con atención, aunque algo en su expresión, una tensión que no tiene nada que ver con el contenido de la información, sugiere que ya anticipa hacia dónde va esta conversación.
—¿Qué estás proponiendo exactamente?
—Una subasta privada en Milán, dentro de dos semanas. Mi contacto puede conseguirme una invitación. Si logro identificar y documentar las conexiones directas entre las piezas vendidas y la financiación de los Fabrizi, tendríamos evidencia sólida.
—No.
La negativa sale con una firmeza que no esperaba, considerando lo bien que funcionó nuestra colaboración como iguales durante la operación en Ginebra hace meses.
—Dante, esto podría ser exactamente lo que necesitamos para debilitarlos significativamente.
—Y también podría ser exactamente la trampa que están esperando que caigamos, considerando que acaban de amenazarte directamente hace apenas unos días. No voy a permitir que te acerques a nada relacionado con los Fabrizi, Valentina, especialmente no después de esa carta.
—No es tu decisión permitir o no permitir lo que hago con mi propia vida.
Las palabras salen con más filo del que pretendía, y veo cómo Dante se tensa, reconociendo, supongo, el eco de conversaciones similares que hemos tenido antes, aunque esta vez los papeles parecen invertidos: él intentando protegerme con restricciones, yo insistiendo en mi derecho a tomar mis propios riesgos calculados.
—No se trata de controlarte —dice, con una voz que intenta mantenerse calmada, aunque la tensión debajo es evidente—. Se trata de que después de casi perderte una vez con los Caruso, y considerando que esta amenaza es mucho más directa y mucho más reciente, no puedo simplemente aceptar que te expongas voluntariamente a un peligro similar.
—Y yo no puedo simplemente quedarme sentada en este Palazzo, esperando pasivamente mientras tú y Sasa deciden cómo manejar todo esto, fingiendo que no tengo nada valioso que aportar más allá de restaurar cuadros bonitos mientras la verdadera guerra sucede en otro lugar.
El silencio que sigue está cargado de una tensión que no habíamos sentido entre nosotros desde los primeros días complicados de nuestra relación, y aunque entiendo perfectamente el miedo que está impulsando la resistencia de Dante, siento también la certeza creciente de que no puedo permitir que ese miedo, por comprensible que sea, me devuelva a la posición pasiva que tanto trabajo me costó dejar atrás.
—Voy a hacer esto, Dante —digo finalmente, con una calma que oculta la tormenta de emociones contradictorias que siento realmente—. Con tu apoyo o sin él. Pero preferiría, mucho más, hacerlo contigo a mi lado, como hicimos en Ginebra, en lugar de tener que elegir entre desobedecerte abiertamente o quedarme paralizada por un miedo que, sinceramente, ya estoy cansada de dejar que dicte mis decisiones.
Dante se queda callado un largo momento, con la mandíbula tensa, procesando claramente una lucha interna entre su instinto protector y el respeto genuino que ha desarrollado por mi capacidad de tomar mis propias decisiones, y cuando finalmente habla, su voz ha perdido algo de la dureza inicial, aunque la preocupación sigue completamente presente.