La Sangre

CAPÍTULO 14

Ceder el control

Paso los siguientes dos días evitando dar una respuesta definitiva sobre el plan de Valentina, no porque no haya pensado en ello constantemente, sino porque cada vez que intento formular una respuesta lógica, termino atrapado entre dos verdades que se sienten igualmente innegables: que su plan podría efectivamente debilitar significativamente a los Fabrizi, y que la sola idea de exponerla a un peligro directo, tan pronto después de una amenaza explícita contra su vida, me genera un terror que ninguna lógica estratégica consigue del todo silenciar.

—Necesitas tomar una decisión —dice Sasa, durante una de nuestras sesiones habituales de análisis de seguridad, notando claramente mi distracción—. Y necesitas hacerlo pronto, porque conozco a Valentina lo suficiente ya para saber que no va a esperar indefinidamente tu aprobación.

—No puedo simplemente dejar que se exponga así.

—¿"Dejar"? —Sasa levanta una ceja, con esa expresión que reserva para cuando cree que estoy cometiendo un error de perspectiva—. Dante, ella no te está pidiendo permiso. Te está informando de una decisión que ya tomó, y te está dando la oportunidad de decidir si quieres apoyarla o si prefieres quedarte al margen mientras ella avanza de todos modos.

La distinción, aunque sutil, me golpea con más fuerza de la que esperaba, porque reconozco, con una honestidad incómoda, que Sasa tiene razón: mi resistencia no se trata realmente de si Valentina tiene o no la capacidad de tomar esta decisión por sí misma. Se trata de mi propio miedo, de mi propia necesidad de control sobre las variables que podrían llevarla a un peligro similar al que casi la pierdo con los Caruso.

Esa noche, cuando finalmente me siento con Valentina para dar mi respuesta, decido intentar una honestidad más completa de la que he estado permitiéndome en los últimos días.

—Tengo miedo —digo, sin preámbulos, sentándome frente a ella en la pequeña sala de estar contigua a nuestra habitación—. No de que no puedas manejar esto. Sé perfectamente que puedes. Tengo miedo de perderte, Valentina, de la misma forma en que casi te pierdo en el puerto viejo hace meses, y esa posibilidad me paraliza de una forma que ninguna estrategia racional consigue superar completamente.

Valentina se acerca, tomándome las manos con una ternura que contrasta con la firmeza de sus palabras.

—Entiendo ese miedo, Dante. Lo entiendo perfectamente, porque yo sentí exactamente lo mismo cuando te vi salir hacia Palermo, sin saber si ibas a volver sano y salvo de una reunión con un hombre que ya nos había demostrado ser peligroso. Pero no dejé que ese miedo me convenciera de pedirte que te quedaras, porque sé que tú también necesitas actuar, contribuir, sentir que tienes control sobre tu propio destino en medio de todo este caos.

—Es distinto.

—No lo es. Es exactamente lo mismo, solo que los papeles están invertidos esta vez.

Me quedo en silencio, procesando la validez de su argumento, reconociendo que la simetría que señala es innegable, aunque cada instinto protector que tengo siga gritando lo contrario.

—Si voy a apoyar esto —digo finalmente, con una determinación que intento que suene más segura de lo que realmente siento—, necesito condiciones estrictas. Sasa te acompaña, sin excepciones. Tenemos un plan de extracción claro, no solo un plan de infiltración. Y si algo se siente mal en cualquier momento, sales de ahí inmediatamente, sin dudarlo, sin intentar conseguir "un poco más" de información antes de retirarte.

—Acepto esas condiciones.

—Y necesito que entiendas que este apoyo no significa que mi miedo desaparezca. Solo significa que confío en tu capacidad de manejarlo más de lo que confío en mi propia capacidad de mantenerte segura escondiéndote de cada peligro posible.

Valentina me besa entonces, con una gratitud genuina que se siente como el reconocimiento mutuo de algo importante que hemos conseguido construir juntos: la capacidad de apoyarnos en las decisiones difíciles del otro, incluso cuando esas decisiones nos aterrorizan, en lugar de imponernos restricciones basadas únicamente en nuestros propios miedos.

Pero esa noche, después de que ella se queda dormida a mi lado, me quedo despierto durante horas, con la mente trabajando en cada posible escenario de la operación en Milán, cada forma en que podría salir mal, cada precaución adicional que necesitamos implementar antes de que Valentina se acerque a cualquier evento relacionado con los Fabrizi.

Porque, aunque he aprendido, en los últimos meses, a confiar en su capacidad de tomar sus propias decisiones, eso no significa que haya conseguido silenciar completamente el terror instintivo que siento cada vez que la imagino enfrentando, aunque sea indirectamente, a la misma familia que acaba de amenazarla explícitamente por escrito, y que ha demostrado, con el ataque al almacén hace apenas unos días, una disposición cada vez más clara a la violencia abierta.




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