La subasta de Milán
Milán recibe con una elegancia fría muy distinta al calor acogedor de Nápoles, y mientras me preparo en la habitación del hotel donde nos hospedamos discretamente, con Sasa en la habitación contigua manteniendo vigilancia constante, siento una mezcla de nervios y determinación que reconozco de mi primera operación en Ginebra, aunque esta vez con un peso adicional: la certeza de que los Fabrizi son considerablemente más peligrosos que cualquier cosa que hayamos enfrentado con los Caruso.
El vestido que elegí es elegante pero discreto, diseñado para permitirme moverme entre la multitud sin llamar demasiado la atención, y cuando finalmente llego a la dirección que mi contacto de Ginebra me proporcionó —una mansión privada en las afueras de la ciudad, con la clase de seguridad discreta pero evidente que sugiere que los asistentes valoran tanto su privacidad como sus adquisiciones—, siento el corazón acelerarse con cada paso que doy hacia la entrada.
—Recuerda —murmura Sasa a través del auricular discreto que llevo escondido—, cualquier señal de peligro, sales inmediatamente. No intentes conseguir "solo una pieza más" de información.
—Entendido.
La sala principal está decorada con un lujo que sugiere dinero acumulado durante generaciones, aunque sé, gracias a mi investigación previa, que gran parte de esa riqueza aparente se ha construido en los últimos años, financiada por fuentes mucho menos legítimas de lo que la elegancia del lugar sugiere. Camino entre los invitados con la confianza cuidadosamente ensayada de alguien que pertenece a este mundo, aceptando una copa de champán que no pienso beber, observando con atención cada pieza expuesta para la subasta que está a punto de comenzar.
Reconozco de inmediato dos piezas que, según mi investigación, fueron reportadas como robadas de colecciones privadas en el sur de Italia hace apenas dos años, ahora presentadas con documentación de procedencia evidentemente falsificada, aunque técnicamente convincente para cualquiera que no tenga mi nivel de formación específica en autenticación.
Empiezo a fotografiar discretamente los detalles con mi teléfono, disfrazando el gesto como simple curiosidad de coleccionista, cuando algo al otro lado de la sala hace que el corazón se me detenga completamente.
Un hombre, de espaldas, conversando con dos personas que no reconozco, con una postura, una forma de mover las manos mientras habla, que me resulta inquietantemente familiar, aunque tardo un momento en identificar exactamente por qué.
La fotografía. La misma postura de la fotografía que llegó adjunta a la primera carta de "E.M." hace meses.
Me acerco con cautela, intentando mantener una distancia que no levante sospechas mientras intento conseguir un ángulo que me permita ver su rostro, y cuando finalmente el hombre se gira ligeramente, lo suficiente para que pueda distinguir sus rasgos bajo la luz de los candelabros, siento que el aire se me atasca completamente en la garganta.
Tiene los mismos ojos oscuros de Dante. La misma estructura de mandíbula, aunque más marcada por años de vida evidentemente más dura que la que Dante ha llevado en el Palazzo. Una cicatriz en la ceja, distinta a la de Dante, pero en la misma zona exacta, como si el destino hubiera decidido marcar a ambos hermanos con recordatorios paralelos de violencias distintas.
Es él. Tiene que ser él.
—Sasa —murmuro, lo más discretamente posible, girándome ligeramente para que mis labios no sean visibles para nadie más en la sala—, está aquí. El hombre de la fotografía. Creo que es Enzo.
—¿Estás segura?
—No completamente, pero el parecido es... Sasa, necesito confirmarlo. Necesito acercarme lo suficiente para estar completamente segura.
—Valentina, eso no era parte del plan. Nuestro objetivo es la evidencia de la red de falsificación, no confrontar directamente a nadie relacionado con los Fabrizi.
Tiene razón, lo sé, pero la posibilidad de tener frente a mí, por primera vez, una confirmación visual real de que Enzo Moretti está efectivamente vivo, resulta demasiado poderosa para ignorarla completamente, considerando todo lo que esta incertidumbre le ha estado costando a Dante durante las últimas semanas.
Me acerco un poco más, con el corazón latiendo tan fuerte que estoy segura de que cualquiera cerca podría escucharlo, intentando memorizar cada detalle de su rostro para poder describírselo a Dante con la mayor precisión posible, cuando el hombre, como si sintiera mi atención fija sobre él, se gira completamente y sus ojos se encuentran directamente con los míos.
Por un segundo eterno, ninguno de los dos se mueve. Hay algo en su expresión, un reconocimiento que no debería ser posible considerando que nunca nos hemos visto antes, como si supiera exactamente quién soy, como si hubiera estado esperando este momento de encuentro casual con la misma intensidad calculada con la que espera Rocco Fabrizi cada movimiento estratégico de su alianza.
—Valentina Rosales —dice, con una voz que tiene un timbre similar al de Dante, aunque con una frialdad distinta, más afilada, forjada por experiencias que solo puedo imaginar—. Qué sorpresa tan interesante.
Antes de que pueda responder, antes siquiera de que consiga procesar completamente que él sabe exactamente quién soy, alguien grita al fondo de la sala —una alarma de seguridad, seguida de gritos confusos sobre "intrusos" y "cámaras no autorizadas"—, y en el caos repentino que se desata, cuando finalmente consigo recuperar la vista hacia donde estaba parado el hombre que podría ser Enzo Moretti, descubro que ha desaparecido completamente entre la multitud que empieza a dispersarse en pánico hacia las salidas.