La confirmación
La llamada de Sasa llega en medio de la noche, con un fondo de caos que reconozco de inmediato como una situación de emergencia activa, y el terror que siento al escuchar gritos distantes y el sonido de una alarma resonando a través del teléfono me hace ponerme de pie tan bruscamente que derribo la silla donde estaba sentado esperando noticias.
—¿Qué está pasando? —pregunto, con una voz que apenas reconozco por la urgencia contenida.
—Se activó una alarma de seguridad, hay caos generalizado, pero Valentina está bien, está conmigo, ya estamos saliendo del edificio. —La voz de Sasa suena agitada, pero controlada, lo suficiente para que el pánico inicial empiece a disolverse ligeramente—. Dante, no vas a creer lo que pasó antes de que se activara la alarma.
—Dime.
—Lo vio. Al hombre de la fotografía. Está segura de que es Enzo, Dante. Habló con ella, la reconoció por nombre.
El mundo entero parece detenerse un instante, con la certeza de esa confirmación golpeándome con una fuerza física que casi me hace perder el equilibrio. Quince años de incertidumbre, de duda cuidadosamente enterrada bajo capas de duelo aceptado como definitivo, y ahora, con esta simple confirmación transmitida a través de un teléfono en medio del caos de una operación encubierta, todo cambia de una forma que no sé cómo procesar completamente.
—¿Está a salvo? ¿Valentina está completamente a salvo?
—Sí, ya casi llegamos al coche. Pero Dante, el hombre desapareció en el caos. No pudimos seguirlo, no pudimos confirmar más allá de lo que Valentina alcanzó a ver y escuchar.
—Vuelvan de inmediato. Los quiero en el Palazzo lo antes posible.
Cuelgo el teléfono con manos que no consigo mantener del todo firmes, sintiendo cómo la combinación de alivio por la seguridad de Valentina y la conmoción por la confirmación sobre Enzo crea una tormenta emocional que ni siquiera mis años de entrenamiento en control absoluto consiguen manejar con la calma habitual.
Camino por el despacho, intentando procesar lo que esto significa realmente: mi hermano está vivo, está consciente de quién es Valentina, sabe su nombre, lo cual sugiere un nivel de vigilancia sobre mi vida que va mucho más allá de lo que Rocco Fabrizi podría haberle proporcionado simplemente como información útil para una alianza estratégica. Enzo ha estado observándome, quizás durante años, con un conocimiento íntimo de mi vida que solo alguien profundamente conectado a mi entorno podría tener.
Renata entra en el despacho, alertada probablemente por el ruido de la silla derribada, y su expresión, al verme, sugiere que reconoce de inmediato la magnitud de lo que sea que acabo de descubrir.
—¿Qué pasó, Dante?
—Lo vieron. En Milán. Valentina confirmó que es Enzo.
El rostro de Renata palidece considerablemente, y por un momento se queda completamente inmóvil, como si esa confirmación, después de quince años de dudas silenciosas que ella misma alimentó con su decisión de nunca ver el cuerpo directamente, resultara casi tan devastadora para ella como lo es para mí.
—Dios mío —murmura, con una mano cubriéndose la boca—. Después de todo este tiempo.
Mi teléfono vibra de nuevo, esta vez con una notificación de correo electrónico en la cuenta encriptada que reservo para comunicaciones extremadamente sensibles, y cuando lo abro, encuentro un mensaje que hace que cualquier alivio residual que sentía por la seguridad de Valentina se disuelva completamente, reemplazado por una furia fría que no había sentido con esta intensidad desde los primeros días de esta pesadilla.
Hola, Dante.
“Sí, soy yo. Sé que probablemente ya lo sospechabas, pero quería que escucharas la confirmación directamente, en mis propias palabras, en lugar de a través de intermediarios o cartas anónimas.
Lamento el susto de esta noche. No era mi intención que las cosas se complicaran tanto, pero tu prometida es más observadora de lo que esperaba, y eso, la verdad, me tiene bastante impresionado.
Vamos a tener nuestra conversación, hermano. Cuando yo decida que es el momento correcto, y con las condiciones que yo decida imponer. Hasta entonces, disfruta de la incertidumbre. Ya sabes cómo es eso, ¿verdad? Quince años de práctica.
E.M.”
Leo el mensaje tres veces, sintiendo cómo cada palabra confirma no solo que mi hermano está vivo, sino que se ha convertido en alguien completamente distinto al niño de doce años que recuerdo, alguien capaz de usar el dolor y la incertidumbre de su propia familia como herramienta calculada de manipulación, con una frialdad que resulta perturbadoramente similar a la mía propia.
—Necesito que Valentina llegue segura —digo, más para mí mismo que para Renata, mientras la certeza de que esta guerra silenciosa está lejos de terminar se instala en mi pecho con un peso que amenaza con volverse insoportable—. Y necesito prepararme para una conversación con mi hermano que, por la forma en que está manejando esto, va a ser mucho más dolorosa que cualquier enfrentamiento que haya tenido con cualquier enemigo externo en toda mi vida.