La Sangre

CAPÍTULO 17

El abrazo en el aeropuerto

El vuelo de vuelta a Nápoles se siente interminable, con Sasa a mi lado revisando constantemente su teléfono en busca de actualizaciones de seguridad, y yo, todavía procesando el encuentro con el hombre que estoy casi completamente segura que es Enzo Moretti, incapaz de dejar de repetir mentalmente cada detalle de esa breve pero intensa interacción.

Dante nos espera en el aeropuerto personalmente, algo que rompe su protocolo habitual de mantener bajo perfil en movimientos públicos, y en cuanto lo veo, corro hacia él sin pensarlo, sintiendo la necesidad física de confirmar, con mis propios brazos alrededor de su cuerpo, que ambos seguimos aquí, seguros, después de una noche que podría haber terminado de formas mucho más devastadoras.

—Estoy bien —murmuro contra su pecho, sintiendo cómo su abrazo se aprieta con una intensidad que refleja el terror que debió sentir al recibir la llamada de Sasa en medio del caos—. Estamos bien, Dante.

—Lo sé. Sasa me mantuvo informado. Pero necesitaba verte con mis propios ojos.

De vuelta en el Palazzo, después de que Sasa y yo relatamos cada detalle de la operación a Dante y a Renata, incluyendo mi encuentro directo con el hombre que creo firmemente que es Enzo, nos quedamos finalmente solos en nuestra habitación, con el peso acumulado de tantas revelaciones difíciles instalándose entre nosotros con una densidad que necesitamos procesar juntos, sin prisa.

—Necesitamos hablar sobre lo que pasó antes de que salieras hacia Milán —dice Dante, sentándose en el borde de la cama, con una vulnerabilidad que reconozco de nuestras mejores conversaciones—. Sobre el conflicto que tuvimos por el control, por la autonomía.

—Tienes razón. —Me siento a su lado, tomando su mano—. Creo que ambos aprendimos algo importante esa noche, aunque nos costó llegar ahí. Tu miedo por mi seguridad es válido, Dante, y no quiero que dejes de sentirlo, porque significa que te importo profundamente. Pero necesito que confíes en que puedo evaluar mis propios riesgos, incluso cuando esos riesgos te aterrorizan.

—Y yo necesito que entiendas que mi resistencia inicial no se trataba de no confiar en tu capacidad, sino de mi propio terror a perderte, un terror que a veces se manifiesta como control en lugar de como la vulnerabilidad honesta que realmente siento debajo.

Nos quedamos en silencio un momento, dejando que esas palabras se asienten entre nosotros, y siento cómo la tensión de las últimas semanas empieza a disolverse ligeramente, reemplazada por una comprensión más profunda de cómo navegar estas diferencias sin que se conviertan en rupturas destructivas.

Sasa llama a la puerta poco después, con una expresión que sugiere que trae información importante, y cuando entra, hay algo en su postura, una determinación renovada, que hace que ambos prestemos atención inmediata.

—Identifiqué a la persona que manipuló a Matteo —dice, sin preámbulos—. Rastreé las comunicaciones encriptadas hasta un servidor específico, y con la ayuda de un contacto técnico de confianza, conseguí desencriptar suficiente información para identificar el origen exacto.

—¿Quién es?

—Un intermediario que trabaja, según los registros que encontré, tanto para los Caruso como, más recientemente, para los Fabrizi. Alguien acostumbrado a operar en los márgenes entre distintas familias, ofreciendo servicios de "información" al mejor postor. —Sasa hace una pausa, con una expresión que sugiere que hay más—. Pero encontré algo más importante todavía. Este mismo intermediario tiene un historial de comunicaciones con alguien dentro del Palazzo, alguien que ha estado usando un canal de comunicación completamente distinto al que usó con Matteo, mucho más sofisticado, mucho más cuidadosamente oculto.

—El traidor interno —digo, sintiendo cómo el peso de esta revelación empieza a acercarse peligrosamente a una confirmación que llevamos meses evitando enfrentar directamente.

—Sí. Y las comunicaciones sugieren que esta persona lleva colaborando con fuentes externas mucho más tiempo del que originalmente sospechábamos. No meses, Dante. Años.

El silencio que sigue a esa revelación está cargado de una tensión que hace eco de todas nuestras sospechas anteriores, cada nombre que hemos considerado y descartado, cada momento de duda hacia las personas más cercanas a nosotros, y cuando Sasa finalmente continúa, su voz tiene una gravedad que confirma que estamos a punto de cruzar un umbral del que no habrá vuelta atrás.

—Necesito más tiempo para confirmar la identidad exacta con certeza absoluta —dice—, pero el patrón de acceso, el tipo de información compartida, todo apunta hacia alguien con un nivel de intimidad con esta familia que va mucho más allá de un simple empleado con acceso ocasional a información sensible.

—¿Qué tan cerca? —pregunta Dante, con una voz que apenas consigo reconocer, cargada de un temor que refleja exactamente lo que todos estamos pensando sin atrevernos a decirlo en voz alta.

Sasa se queda callado un momento demasiado largo antes de responder, y esa vacilación, más que cualquier palabra que pudiera decir, confirma que la respuesta que está a punto de dar va a cambiar por completo la forma en que todos en esta casa nos vemos los unos a los otros.

—Lo suficientemente cerca —dice finalmente— como para que necesitemos considerar, muy seriamente, la posibilidad de que sea alguien que ha estado presente en esta habitación en más de una ocasión durante los últimos meses.




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