El hijo de Ferratti
Paso la noche revisando, con Sasa, cada informe que Ferretti nos ha entregado en los últimos meses, buscando patrones que en su momento parecían simple diligencia profesional pero que ahora, con la sospecha instalada en el pecho como una piedra, empiezan a mostrar una forma distinta, más inquietante.
—Fue Ferretti quien encontró la conexión con las iniciales R.F. en el informe forense —digo, repasando en voz alta la secuencia de eventos—. Fue Ferretti quien confirmó el pago sospechoso a Giovanni Rosales. Fue Ferretti quien nos dio la pista sobre la venta de la cámara en Palermo.
—Podría ser simplemente que es bueno en su trabajo —dice Sasa, aunque su tono sugiere que ni él mismo cree del todo en esa posibilidad—. O podría ser que cada una de esas pistas fue diseñada cuidadosamente para llevarnos exactamente hacia donde alguien quería que llegáramos, en el momento exacto en que quería que llegáramos ahí.
La idea, una vez formulada en voz alta, se instala con una lógica fría que no puedo ignorar: cada revelación importante de los últimos meses ha llegado a través de Ferretti, siempre en el momento perfecto, siempre con la cantidad exacta de información necesaria para mantenernos investigando en la dirección que él decidía, sin nunca darnos suficiente para llegar a una conclusión completa por nuestra cuenta.
—Necesito saber por qué —digo, sintiendo cómo la traición, si se confirma, va a doler de una forma distinta a cualquier otra que hayamos enfrentado, considerando que Ferretti ha trabajado para mi familia desde antes de que yo asumiera el liderazgo—. Ferretti trabajó para mi padre. Estuvo presente, de forma indirecta, durante la investigación original de la muerte de Enzo.
Sasa se queda callado un momento, con una expresión que sugiere que está atando cabos con una velocidad que no me gusta del todo.
—Dante, ¿alguna vez le preguntaste a Ferretti sobre su propia historia personal durante esa época? ¿Sobre si perdió a alguien, sobre si tenía alguna conexión personal con lo que pasó esa noche?
—No. Nunca tuve razones para preguntar.
—Voy a investigar su historial personal completo. Todo, desde el principio, sin dar nada por sentado.
La investigación de Sasa toma menos tiempo del que esperaba, y cuando regresa a mi despacho horas después, con una carpeta apretada contra el pecho y una expresión que confirma mis peores sospechas antes incluso de que hable, sé que estamos a punto de descubrir algo que va a cambiar completamente nuestra comprensión de los últimos quince años.
—Ferretti tuvo un hijo —dice, abriendo la carpeta sobre el escritorio—. Marco Ferretti Jr. Trabajaba de forma extraoficial para tu padre, como mensajero ocasional, quince años atrás. Tenía diecinueve años.
Un frío helado empieza a extenderse por mi pecho, anticipando hacia dónde va esta información.
—Marco Ferretti Jr. estuvo en el almacén del puerto viejo la misma noche que murió Enzo —continúa Sasa, con una voz que refleja la gravedad de lo que está revelando—. Según los registros que encontré, enterrados en archivos que nadie había revisado en años, murió esa misma noche, en la misma emboscada. Pero su muerte nunca se investigó con la misma atención que la de Enzo, porque tu padre, en medio de su propio dolor devastador, decidió que la prioridad era proteger la reputación de la familia, minimizando cualquier conexión pública entre la muerte de un Moretti y la de un simple mensajero externo.
El peso de esa revelación me golpea con una fuerza devastadora: Ferretti perdió a su hijo la misma noche que yo perdí a mi hermano, y mi familia, en su propio duelo, nunca reconoció completamente esa pérdida paralela, nunca ofreció el mismo nivel de justicia o de reconocimiento que exigimos para Enzo.
—Ferretti nos ha estado ayudando durante quince años —digo, con una voz que apenas reconozco—, mientras cargaba ese resentimiento en silencio.
—O mientras esperaba el momento correcto para usarlo —añade Sasa, con una cautela que reconozco como necesaria, aunque duela escucharla—. Dante, si Ferretti es efectivamente el traidor, su motivación no es simplemente codicia. Es una lealtad dividida entre el trabajo que hizo para tu familia durante años y un dolor que nunca fue completamente reconocido ni resuelto.
Me quedo en silencio, procesando la complejidad de esta posible traición, sintiendo una mezcla de furia por la manipulación potencial de los últimos meses y una comprensión incómoda hacia el dolor que pudo haber impulsado a Ferretti hacia esta decisión, si efectivamente es él quien ha estado filtrando información a nuestros enemigos durante todo este tiempo.
—Necesito confrontarlo directamente —digo finalmente—. Sin acusaciones prematuras, pero con las preguntas correctas. Necesito escuchar su versión de esta historia antes de sacar ninguna conclusión definitiva.
Sasa asiente, y mientras organizamos la reunión con Ferretti para el día siguiente, siento el peso completo de esta posible traición asentándose sobre mí con una tristeza que no esperaba sentir con esta intensidad: si Ferretti es efectivamente el traidor, entonces la persona que ha estado ayudándome a descubrir la verdad sobre mi hermano durante los últimos meses ha sido, todo este tiempo, la misma persona que ayudó a orquestar, o al menos a facilitar, el dolor que ha definido gran parte de mi vida adulta.