La Sangre

CAPÍTULO 22

Un extraño con su rostro

El almacén huele a óxido y a humedad estancada, con luz filtrándose en franjas polvorientas a través de ventanas rotas hace décadas, y cuando cruzamos el umbral, con Valentina firmemente a mi lado, siento cada músculo de mi cuerpo tensarse en anticipación de un momento que llevo semanas temiendo y anhelando en igual medida.

Rocco Fabrizi nos espera cerca del centro del espacio abierto, flanqueado por dos hombres armados que no intentan ocultar su presencia, y a su lado, con una postura que reconozco de inmediato de la descripción de Valentina sobre la subasta en Milán, está él.

Enzo.

Es más alto de lo que recordaba, obviamente, considerando que la última vez que lo vi tenía doce años y ahora debe rondar los veintisiete, pero hay algo más allá del simple crecimiento físico que hace que mi hermano se sienta como un completo desconocido: la forma en que se para, con los pies separados y los brazos cruzados, proyectando una autoridad calculada que reconozco porque es similar a la mía propia, pero desprovista de cualquier calidez que alguna vez asociara con él. Sus ojos, los mismos ojos oscuros que compartimos, me observan con una frialdad evaluadora que me recuerda más a un extraño peligroso que a un hermano perdido.

—Dante —dice, con una voz que ha cambiado completamente, más grave, más controlada, sin ningún rastro del entusiasmo juvenil que recuerdo—. Han pasado quince años.

—Enzo. —Es todo lo que consigo decir, con la garganta cerrada por la emoción que llevo intentando controlar durante toda esta semana de preparación—. Estás vivo.

—Evidentemente.

La frialdad de esa respuesta, tan desprovista de cualquier emoción reconocible, me golpea con más fuerza que cualquier ataque físico que hubiera podido anticipar.

—¿Por qué? —pregunto, sin poder contener la pregunta que ha estado consumiéndome desde que Ferretti confirmó que Enzo eligió esto—. ¿Por qué no volviste? ¿Por qué dejaste que pensara que estabas muerto durante quince años enteros?

Enzo se queda en silencio un momento, con una expresión que, por primera vez desde que entramos, muestra algo parecido a una emoción genuina, aunque no consigo identificar completamente si es dolor, resentimiento, o alguna mezcla compleja de ambos.

—Porque la noche que "morí" —dice finalmente, con un énfasis deliberado en esa palabra—, descubrí algo sobre nuestra familia que cambió completamente mi forma de ver el mundo en el que crecimos. Algo que tú, protegido por tu posición como heredero, nunca tuviste que enfrentar de la misma forma cruda que yo.

—¿Qué descubriste?

—Todavía no estoy listo para contarte eso completamente. —Enzo mira brevemente hacia Valentina, con una atención que hace que la piel se me erice con un instinto protector inmediato—. Pero puedo decirte esto: no fui secuestrado, Dante. Fui rescatado, esa noche, por gente que me mostró una verdad sobre nuestra familia que tú todavía te niegas a ver completamente, incluso ahora.

—¿Qué verdad?

—Que nuestro padre no era el hombre honorable que tú decidiste recordar. Que la muerte que casi sufrimos esa noche no fue simplemente un ataque aleatorio de enemigos externos, sino consecuencia directa de decisiones que él tomó, decisiones que involucraban traiciones y sacrificios que la familia Moretti prefirió siempre enterrar en lugar de enfrentar.

Siento la furia y la confusión mezclarse en mi pecho con una intensidad que casi me hace perder el control cuidadosamente mantenido de mis emociones.

—Eso no justifica quince años de silencio, Enzo. No justifica que te hayas unido a nuestros enemigos, que hayas amenazado directamente a la mujer que amo.

—No la amenacé. Le advertí. —Enzo mira de nuevo hacia Valentina, con una expresión que resulta imposible de descifrar completamente—. Y en cuanto a unirme a "nuestros enemigos", esa es una perspectiva simplista de una situación mucho más compleja de lo que tu visión limitada del mundo te permite considerar.

—Entonces explícamelo. Aquí, ahora, sin más juegos ni cartas anónimas.

Enzo duda, y por un instante brevísimo, veo algo que reconozco, un fragmento del niño que recuerdo, asomándose brevemente detrás de la máscara fría del hombre en quien se ha convertido.

—No puedo. Todavía no. Hay condiciones que necesito imponer primero, protecciones que necesito asegurar antes de contarte una verdad que va a poner en peligro no solo mi propia posición, sino potencialmente la tuya también.

—¿Qué condiciones?

Antes de que pueda responder, Rocco Fabrizi interviene, con una sonrisa calculada que sugiere que está disfrutando enormemente de presenciar esta confrontación devastadora entre hermanos.

—Todo a su tiempo, Dante. Esto ha sido solo la primera parte de la conversación. La segunda parte, la que realmente importa, va a requerir que tomes algunas decisiones difíciles sobre hasta dónde estás dispuesto a llegar para proteger tanto la verdad como a las personas que amas.

Miro a Enzo, buscando en su expresión algún rastro del hermano que perdí, alguna confirmación de que, debajo de toda esta frialdad calculada, sigue existiendo alguna conexión genuina entre nosotros, pero lo único que encuentro es la misma máscara impenetrable de un extraño que ha aprendido, en algún punto de los últimos quince años, a esconder completamente cualquier vulnerabilidad detrás de un control tan absoluto como el que yo mismo perfeccioné después de creerlo muerto.




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