La Sangre

CAPÍTULO 24

La carta que no era de Dante

Dante

Los días posteriores al ataque se sienten extraños, cargados de una calma tensa mientras reconstruimos tanto la seguridad física del Palazzo como el equilibrio emocional que Rocco Fabrizi intentó destruir deliberadamente con su ataque al taller. Isabela Caruso, bajo interrogatorio cuidadoso pero firme, confirma gran parte de lo que ya sospechábamos: que Rocco la manipuló con promesas de restaurar el poder de su familia, que su alianza siempre fue más transaccional que genuina, y que ahora, capturada y sin ninguna lealtad real hacia un hombre que la abandonó sin dudarlo durante el ataque, está dispuesta a colaborar a cambio de cierta clemencia.

—Rocco no va a detenerse —nos advierte, durante una de las sesiones de interrogatorio en las que decido estar presente personalmente—. Especialmente ahora que perdió el elemento sorpresa. Va a reagruparse, va a buscar nuevas formas de atacar, y con Enzo de su lado, tiene acceso a información sobre nuestra familia que ningún otro enemigo ha tenido nunca.

La mención de Enzo trae de vuelta el peso de esa conversación devastadora en el almacén, las palabras crípticas sobre la verdad de nuestro padre que todavía no consigo procesar completamente, y aunque he intentado, en los últimos días, concentrarme en las amenazas más inmediatas, la pregunta sobre qué descubrió realmente mi hermano esa noche hace quince años sigue presente en cada momento de reflexión silenciosa.

—Necesito investigar más sobre nuestro padre —le digo a Sasa, esa misma tarde, mientras revisamos los archivos familiares más antiguos que tenemos acceso—. Sobre lo que Enzo insinuó, sobre traiciones y sacrificios que la familia decidió enterrar.

—¿Estás preparado para lo que podrías encontrar?

—No lo sé. Pero después de todo lo que hemos descubierto en las últimas semanas, no puedo simplemente ignorar la posibilidad de que haya más verdades incómodas esperando ser desenterradas.

Valentina

Encuentro a Dante esa noche en la biblioteca, rodeado de documentos antiguos, fotografías familiares que no había visto antes, y una expresión de determinación mezclada con un cansancio profundo que reconozco de las últimas semanas de revelaciones devastadoras.

—Deberías descansar —digo, sentándome a su lado, aunque entiendo perfectamente la necesidad urgente que siente de encontrar respuestas.

—No puedo, todavía no. Cada pieza de esta historia parece abrir una pregunta nueva, más profunda que la anterior.

Nos quedamos un rato en silencio, revisando juntos los documentos, y aunque no encontramos respuestas definitivas esa noche, siento cómo el simple acto de enfrentar esta incertidumbre juntos, en lugar de que Dante cargue con ella completamente solo, fortalece algo esencial en la base de nuestra relación.

—Sea lo que sea que descubramos sobre tu padre, sobre Enzo, sobre toda esta historia —digo, apoyando la cabeza en su hombro—, vamos a encontrar la forma de seguir adelante. Ya lo hemos demostrado, una y otra vez, desde el día que nos conocimos en ese cementerio.

Dante me besa la frente, con una ternura que contrasta con el peso de todo lo demás que estamos enfrentando, y por un momento, en la quietud de la biblioteca, permitimos que el resto del mundo, con todas sus amenazas y sus verdades incómodas, se desvanezca ligeramente, dejando espacio solo para la certeza tranquila de que, sin importar lo que venga, vamos a enfrentarlo juntos.

Es tarde esa misma noche, después de que Dante finalmente se queda dormido, agotado por el peso emocional de las últimas semanas, cuando mi teléfono personal, el que uso solo para contactos cercanos, recibe un mensaje de un número completamente desconocido.

Lo abro con una curiosidad cautelosa, y el contenido hace que el corazón se me detenga por completo.

Valentina.

“Sé que esto va a parecerte extraño, considerando las circunstancias de nuestro encuentro. Pero necesito que confíes en mí, aunque sea un poco, antes de que esta situación se complique todavía más de lo que ya está.

Hay cosas sobre nuestro padre, sobre Rocco, sobre toda esta guerra, que Dante todavía no está listo para escuchar completamente. Su instinto va a ser protegerte de la verdad, tal como ha hecho antes, y esa protección, aunque bien intencionada, podría terminar costándoles a ambos mucho más de lo que cualquiera de los dos imagina. Necesito que hables conmigo directamente. Sola. Sin que Dante lo sepa, al menos no todavía.

Sé que es mucho pedir, considerando todo lo que ha pasado. Pero confía en mí antes que, en mi propio hermano, al menos por ahora, y prometo que vas a entender por qué esta precaución es necesaria para proteger a ambos.

Enzo”

Leo el mensaje varias veces, sintiendo cómo el peso de esta nueva petición se instala sobre mí con una complejidad devastadora: la misma pregunta que definió el principio de nuestra relación, la de silencios protectores versus honestidad completa, regresa ahora con una urgencia renovada, pero esta vez, la persona pidiéndome que guarde un secreto no es Dante, sino su propio hermano, alguien cuyas verdaderas intenciones, después de todo lo que ha pasado, siguen siendo profundamente inciertas.

Miro hacia Dante, dormido a mi lado, con una expresión de paz momentánea que sé que se desvanecerá en cuanto despierte y recuerde el peso completo de todo lo que estamos enfrentando, y siento la certeza fría de que la decisión que tome en los próximos minutos —responder a Enzo en secreto, o despertar a Dante inmediatamente para compartir este mensaje— va a definir el curso de todo lo que viene después, quizás de una forma tan profunda como cualquier decisión que hayamos tomado hasta ahora en esta guerra que heredamos sin haberla pedido completamente.




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