La sangre de la Elegida del Alfa

CAPÍTULO 1

El Alfa Caído

El silencio en la sala del consejo era más pesado que el plomo. Las antorchas crepitaban, proyectando sombras inquietas sobre los rostros tensos de los presentes. La mirada de la matriarca, Madame Thalia Thorne, recorrió uno por uno a los miembros del clan con fría severidad.

—La fiebre ha vuelto —informó uno de los curanderos, sin atreverse a alzar la vista—. Y esta vez… sus órganos están comenzando a colapsar.

El murmullo fue inmediato. Algunos se pusieron de pie, otros golpearon la mesa con frustración contenida. Lucian Thorne, Alfa indiscutible del clan, el más fuerte de su generación, estaba cayendo.

—¿Eso es todo lo que tienes para decirnos? —rugió Thoren, su hermano menor—. ¿Dónde está tu magia ahora?

—¡Silencio! —ordenó Thalia, golpeando el bastón contra el suelo de piedra—. No es momento de reproches. Es momento de decisiones.

Por primera vez en siglos, el miedo se filtró en su voz.

—Nuestro Alfa está muriendo. Y si muere sin un heredero… este clan quedará vulnerable.

Sin añadir nada más, abandonó la sala.

La habitación donde yacía Lucian estaba protegida por antiguos sellos. El Alfa reposaba entre sábanas empapadas de sudor, su piel pálida y tensa, muy lejos del guerrero que había liderado batallas y sometido clanes rivales. Las venas de su cuello se oscurecían de forma antinatural, y su respiración pendía de un hilo.

—No es una fiebre común —susurró Liora, la curandera—. Su sangre está reaccionando como si se estuviera corrompiendo desde dentro.

—¿Magia? ¿Veneno? —preguntó Thalia.

—Algo más antiguo —respondió—. Como si su propio cuerpo rechazara la vida.

Días después, Lucian dejó de abrir los ojos.

El diagnóstico fue claro y devastador: coma inducido por deterioro sistémico. En términos simples, el Alfa estaba muriendo lentamente… y nadie sabía por qué.

El consejo fue convocado de nuevo.

—Debemos actuar —sentenció Thalia—. Esta sangre no puede extinguirse con él.

—¿Traer un hijo al mundo sabiendo que el padre podría no despertar jamás? —objetó una voz joven.

—Preservar el linaje es nuestra obligación —respondió ella—. Sea como sea.

Hubo un asentimiento silencioso. La decisión se tomó a puerta cerrada.

Esa misma noche, un emisario recorrió los corredores del castillo portando una caja de roble oscuro, tallada con el emblema del clan Thorne: una luna partida y un lobo en guardia. En su interior descansaban las convocatorias, selladas con magia antigua.

No habría rumores.

No habría negativas.

La ultima carta fue entregada a la familia Velren.

Kaia se encontraba en el invernadero, revisando apuntes de hematología, cuando su tía abuela irrumpió sin llamar, con el sobre en la mano. Sus ojos brillaban, pero sus dedos temblaban.

—¿Qué es eso? —preguntó Kaia sin alzar la voz.

—Una oportunidad —respondió la mujer—. El clan Thorne te ha convocado.

Kaia rompió el sello con calma calculada. Leyó. Y su expresión se endureció.

—¿“Selección de herederas”? —repitió—. Esto no es una oportunidad. Es una subasta de vientres.

—Kaia…

—No soy un premio —interrumpió—. Ni una incubadora. Soy híbrida. ¿Eso no les basta para despreciarme?

—Precisamente por eso te quieren.

La furia le encendió la sangre.

—No iré.

Horas después, el sello mágico ardió en su piel.

La convocatoria no admitía rechazos.

Kaia comprendió entonces que algo antiguo y despiadado había comenzado a moverse… y que su cuerpo era ahora parte del juego.

Así empezó la selección.




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