La sangre de la Elegida del Alfa

CAPÍTULO 3

El Alfa que no despierta

El silencio en la cámara del Alfa no era natural.

Era un silencio denso, reverente, como si incluso el aire temiera perturbarlo.

Lucian Thorne yacía inmóvil sobre el lecho de piedra negra, su pecho subiendo apenas, con una respiración tan débil que resultaba casi ofensiva para un Alfa de su linaje. Las marcas doradas grabadas en las paredes —símbolos antiguos de protección y poder— brillaban con una luz tenue, agotada, como si el propio clan sintiera su decadencia.

Nadie recordaba haber visto al Alfa así.

Ni derrotado.

Ni vulnerable.

Ni tan peligrosamente cerca de la muerte.

Los sanadores habían hecho todo lo permitido… y lo prohibido. Pociones arcanas, rituales de luna, transfusiones de sangre pura. Nada funcionó. La enfermedad —si es que podía llamarse así— no avanzaba, pero tampoco retrocedía. Lucian permanecía atrapado en un limbo cruel: vivo, pero ausente.

—El coma se está profundizando —murmuró uno de los ancianos, rompiendo el silencio—. Si no despierta pronto…

No terminó la frase. No era necesario.

Un Alfa sin heredero era una amenaza.

Un clan sin Alfa, una sentencia.

En el exterior de la cámara, tras las puertas custodiadas por guerreros de élite, el palacio hervía de murmullos. Las familias nobles habían llegado desde todos los territorios, trayendo consigo a sus hijas, adornadas como ofrendas vivientes. Pureza, linaje, obediencia… esas eran las monedas con las que se pretendía salvar al clan Thorne.

Y entre todos esos nombres, entre esas jóvenes entrenadas para agradar y callar, uno aún no era pronunciado en voz alta.

Oscuridad.

No era un vacío tranquilo, sino una negrura espesa, pesada, que se adhería a él como una segunda piel. Lucian intentó moverse… o al menos recordaba haberlo intentado. No hubo respuesta. Su cuerpo ya no le pertenecía.

Estaba cansado.

No el cansancio de una batalla ni el agotamiento tras una noche sin luna. Era algo más profundo, más antiguo. Un desgaste que le drenaba incluso el deseo de luchar.

Así se siente morir, pensó… o tal vez solo lo imaginó.

Las voces llegaban como ecos distantes, deformados, como si atravesaran agua y piedra antes de alcanzarlo.

—…el Alfa no despierta…

Un murmullo.

—…sin heredero, el clan caerá…

Otro.

Lucian frunció el ceño, o creyó hacerlo. El título pesaba incluso en la oscuridad. Alfa. Clan. Responsabilidad. Siempre habían sido cadenas que aceptó con orgullo… hasta ahora.

Las palabras se superponían, se mezclaban.

—…selección entre las nobles…

—…la sangre debe ser compatible…

—…no hay tiempo…

Heredero.

La palabra se clavó en su conciencia como una garra. No por deseo… sino por culpa. Había postergado ese deber demasiado tiempo, convencido de que el poder era suficiente, de que el mañana siempre estaría allí.

Ahora, el mañana lo observaba desde la oscuridad.

Algo cambió.

Entre los murmullos y el cansancio, una sensación distinta atravesó la negrura. No era una voz. No era un pensamiento. Era… un pulso. Débil, pero persistente. Como un latido ajeno que rozaba el suyo.

Calor.

Un leve estremecimiento recorrió lo que quedaba de su conciencia. Por primera vez desde que cayó en aquel abismo, la oscuridad pareció retroceder apenas… como si algo la desafiara.

—…una posibilidad más…

La frase llegó con más claridad que las anteriores.

Lucian intentó aferrarse a ella, pero el agotamiento volvió a arrastrarlo hacia el fondo. Antes de perderse otra vez, una certeza inexplicable se formó en su mente, tan tenue como peligrosa:

No estoy solo.

Y por alguna razón que no lograba comprender…

esa presencia no le resultaba hostil.

La oscuridad intentó tragárselo otra vez.

Lucian se dejó caer… o eso creyó. No había suelo. No había cielo. Solo ese abismo espeso donde el tiempo no existía y el cansancio era eterno.

No.

El pensamiento surgió con dificultad, como si tuviera que abrirse paso a golpes.

No así.

Algo rugió en lo profundo.

No fue una voz externa. Fue un eco primitivo, grave, cargado de furia y hambre de vida.

—Levántate.

Lucian sintió el impacto como un golpe en el pecho. El lobo no había hablado en mucho tiempo. Demasiado tiempo.

—No puedo… —respondió, o creyó hacerlo—. Estoy atado.

—Estás dormido, no muerto —gruñó la bestia—. Y yo no acepto jaulas.

La oscuridad reaccionó, cerrándose con más fuerza alrededor de su conciencia. Las voces regresaron, distorsionadas, insistentes.

—…el cuerpo no responde…

—…la magia lo mantiene estable…

—…el Alfa sigue inconsciente…

Lucian apretó los dientes. Rabia. Vergüenza. El Alfa reducido a un cuerpo inmóvil, mientras otros decidían por él.

—Nos están reemplazando, Lucian —dijo el lobo, con un tono bajo y peligroso—. Buscan un heredero mientras tú respiras.

El pulso volvió. Ese calor extraño, ajeno… cercano.

—Lo siento —murmuró Lucian, no sabía si para su lobo o para aquello que sentía—. Fallé.

El lobo rió, una risa áspera, salvaje.

—Fallaste al rendirte. No al luchar.

—Recuerda quién eres.

Imágenes fragmentadas explotaron en su mente: colmillos manchados de sangre, el peso de la corona Alfa, juramentos bajo la luna roja, enemigos cayendo de rodillas.

Y luego… ella.

No un rostro. No un nombre. Solo una presencia. Ardiente. Indómita. Un fuego que no se inclinaba ante nadie.

Esa sangre… —murmuró el lobo, alerta—. No es débil.

Lucian sintió el tirón, como si algo lo llamara desde fuera de la oscuridad. Sus dedos no se movieron. Su cuerpo no despertó. Pero su conciencia… se tensó.




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