La Scorpiona. La cautiva del pirata

CAPÍTULO 1: Despertar en el infierno

Las cadenas pesan más de lo que parece. Adelita de Sandoval lo comprendió al despertar en un infierno que olía a muerte y al miedo ajeno. Su primer pensamiento fue simple y aterrador: Juan. El segundo, aún peor: estoy viva, y él, tal vez, muerto.

La oscuridad a su alrededor no era total. A través de las rendijas de la cubierta sobre su cabeza se filtraban finas franjas de luz, cortando la penumbra como cuchillos. El polvo danzaba en esos rayos, dorado, indiferente, hermoso en medio del horror. Adelita yacía de lado, con la mejilla pegada a las tablas húmedas del suelo. La madera estaba impregnada de algo pegajoso —sangre, vómito, orina—; no quería saber qué era. El olor le golpeaba las fosas nasales con tal fuerza que un espasmo le apretó la garganta. Lo venció con fuerza de voluntad, tragó aire, denso y podrido, como un sudario.

Los recuerdos regresaban en fragmentos, como páginas arrancadas de un libro. "Esperanza": la cubierta que se balanceaba bajo sus pies, olas altas como casas, María arrastrando a Juan hacia el bote salvavidas, su grito: "¡Mamá!". Y luego el agua helada que la engullía cuando la cubierta del barco se partió en dos, la oscuridad, el vacío y este maldito calabozo.

Las manos, necesitaba sentir las manos. Adelita intentó moverse, y un dolor agudo y repentino le atravesó las muñecas. Sobre ellas había grilletes de hierro, fríos, pesados, que apretaban la piel hasta que cada movimiento quemaba. Levantó las palmas hacia su rostro —hasta donde la corta cadena lo permitía— y vio manchas oscuras en las mangas blancas. La sangre se había secado, formando costras donde el metal rozaba la piel. ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? ¿Un día, dos, más?

Al recobrar el sentido, comenzó a escuchar sonidos. Gemidos, el llanto de un niño a su izquierda —agudo, desesperanzado—; el susurro de una oración en español, una voz anciana que repetía las mismas palabras: "Ave María, llena eres de gracia...". Alguien tosía, con un sonido sordo y desgarrador, como si los pulmones intentaran salir por la boca.

¿Cuántos eran allí? Adelita entrecerró los ojos, acostumbrándose a la penumbra. Los contornos de los cuerpos emergían de la oscuridad: decenas, tal vez unas cincuenta almas. Hombres, mujeres, niños, todos igual de sucios y miserables en el suelo de la bodega. Africanos de piel oscura, mulatos, algunos indígenas, un par de mestizos. Todos encadenados a las paredes, como ganado.

Ganado. Eso era ahora: mercancía.

El corazón le latía en el pecho, demasiado rápido, demasiado fuerte. Adelita se obligó a respirar más despacio. No podía entrar en pánico; el pánico era el primer paso hacia la muerte. Lo había visto en la guerra, cuando los guerrilleros caían en emboscadas. Los que se desesperaban morían primero; los que mantenían la cabeza fría tenían una oportunidad.

“Observa, piensa, actúa”, se ordenó a su cuerpo herido y agotado.

Las paredes de la bodega eran de madera, gruesas, sin ventanillas. El techo, bajo, no más de dos metros. El barco no era grande, pero tampoco pequeño; a juzgar por el balanceo, algo entre una fragata y una goleta. Las olas eran suaves, rítmicas, lo que significaba que la tormenta había pasado hace tiempo.

¿Cuántos días atrás? Se tocó el rostro con la mano libre: la mejilla izquierda estaba hinchada, el labio partido. Las heridas eran recientes, pero no del todo frescas; un día, tal vez dos después de la tormenta.

Juan. ¿Dónde estaba Juan?

El dolor en el pecho era peor que el de las muñecas. María lo había llevado al bote salvavidas; lo había visto antes de que una ola cubriera la cubierta. Pero ¿habían sobrevivido? ¿Alguien encontró su bote? ¿No los habría destrozado el agua contra las rocas? Las preguntas zumbaban como avispas, picaban con pensamientos, pero no había respuestas, solo oscuridad y el olor del miedo ajeno.

Algo se movió cerca. Adelita se sobresaltó, giró la cabeza y se encontró con la mirada de una mujer africana. Joven, de unos veinticinco años, con un rostro redondo y grandes ojos oscuros. En sus brazos dormía un niño, un bebé de no más de un año. La mujer la miraba sin palabras, pero había algo en sus ojos: no era lástima, ni esperanza. Solo reconocimiento; una cautiva veía a otra.

Adelita asintió. La mujer le devolvió el gesto y luego giró la cabeza hacia el niño, abrazándolo con más fuerza contra su pecho.

¿Cuántos de ellos sobrevivirían hasta el final de este viaje?

En algún lugar sobre sus cabezas se escuchó un estruendo. Pasos, pesados, seguros. Dos hombres, tal vez tres, pensó Adelita automáticamente, aferrándose a esa costumbre de registrar y memorizar todo, como si fuera un salvavidas. Las voces se mezclaban en un murmullo confuso, pero una era más clara, más áspera que las demás. Órdenes; parecía que alguien daba órdenes.

En el centro del techo había una trampilla; Adelita la notó solo ahora, cuando la luz comenzó a cambiar. Unas escaleras conducían a ella, y alguien descendía por ellas.

Una ola de inquietud recorrió el lugar. Los cautivos se quedaban inmóviles; algunos se apartaban hacia la pared tanto como las cadenas lo permitían. El niño lloró más fuerte; su madre le tapó la boca con la palma de la mano. El anciano español seguía rezando, pero más bajo, casi inaudible.

La luz le golpeó los ojos: brillante, amarilla, dolorosa tras horas en la penumbra. Adelita entrecerró los párpados y levantó una mano para protegerse el rostro. A través de los dedos vio una silueta: hombros anchos, figura robusta.

Las escaleras crujían bajo el peso. Un pie, luego el otro. El hombre bajaba despacio, metódicamente. Detrás de él, otros dos. Uno llevaba una antorcha, y su llama crepitaba, proyectando sombras danzantes en las paredes. El otro sostenía un látigo, largo, de cuero trenzado, cuya punta se arrastraba por los escalones.

Adelita bajó la mano. Miró.

El primer hombre pisó el suelo de la bodega, y la luz de la antorcha iluminó su rostro.




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