El sol ni siquiera había comenzado a asomarse por el horizonte de la ciudad cuando Mariangel ya estaba de pie. La habitación donde dormía no era la majestuosa recámara principal que una vez perteneció a sus padres, ni siquiera una de las habitaciones de huéspedes con grandes ventanales. Era el antiguo cuarto de servicio, un espacio reducido, frío y sin calefacción ubicado al fondo del pasillo del primer piso, cerca de la cocina.
Mariangel se levantó en silencio, ajustándose el gastado suéter de lana sobre los hombros. El dolor sordo en sus costillas le recordó el altercado de la noche anterior. Lorenzo, el hijo de su padrastro, había llegado borracho exigiendo que le lavara la ropa a las tres de la mañana. Al no responderle con la rapidez que él quería —y sabiendo que ella no emitiría un solo sonido—, la había empujado brutalmente contra la esquina de la mesa de madera.
Se miró al espejo del diminuto baño. Su rostro era pálido, enmarcado por una melena oscura y brillante, pero sus ojos avellana reflejaban el cansancio de años de tormento. Con destreza y paciencia habituales, aplicó una capa generosa de corrector y maquillaje sobre la pequeña marca morada cerca de su mandíbula. Nadie en la oficina podía ver esto. Nadie.
Saló a la cocina antes de las seis de la mañana. El deber no esperaba. Sacó los ingredientes del refrigerador y comenzó a preparar un desayuno digno de un hotel de cinco estrellas: jugo de naranja recién exprimido, tostadas francesas, café amargo para su padrastro, té de manzanilla para su madrastra, y un plato especial bajo en calorías para Isabella, su hermanastra.
—¿Aún no está listo el café? ¡Eres una inútil! —la voz estridente de Eugenia, su madrastra, retumbó en la cocina mientras entraba vistiendo una bata de seda comprada con el dinero que le pertenecía a Mariangel.
Mariangel no parpadeó. Agachó la cabeza, tomó la cafetera e inclinó la taza para servir el líquido humeante.
—Mírala, ni siquiera pide disculpas. Ah, claro, olvidaba que no sirves ni para hablar —dijo Eugenia con una risa amarga y llena de veneno—. Muévete. Isabella tiene una cita en el salón a las diez y necesita desayunar ya. Y ni se te ocurra tocar la fruta costosa que compré ayer. Eso no es para la servidumbre.
Pocos minutos después, bajó Raúl, el padrastro, junto a su hijo Lorenzo. Raúl tiró el periódico sobre la mesa con violencia. —Las acciones de la compañía volvieron a caer hoy —gruñó Raúl, mirando a Eugenia con irritación—. Los inversionistas amenazan con retirar todo si no inyectamos capital este mes. La estupidez de tu difunto marido de dejarlo todo bloqueado nos está arruinando.
—¡No me eches la culpa a mí! —chilló Eugenia—. Mario era un maldito desconfiado. Pero no te preocupes, el abogado ya está buscando la forma de declarar la muerte presunta de la mocosa o buscar una laguna legal. Mientras tanto, tenemos a la sirvienta gratis.
Lorenzo pasó al lado de Mariangel y le dio un empujón con el hombro, haciendo que ella casi perdiera el equilibrio. —Limpia mi cuarto antes de irte a donde sea que vas a vagar todo el día —le susurró al oído con malicia—. O esta noche no te irá tan bien.
Isabella bajó al final, usando un vestido de diseñador que claramente le quedaba grande en el orgullo, mirando a Mariangel con soberbia. —Recoge esto, Mariangel. Las tostadas están frías. Haces todo mal.
Mariangel recogió los platos sin decir una sola palabra. El silencio había sido su único escudo desde los seis años, la noche fatídica en que la policía tocó a la puerta para avisar que el auto de su padre, Mario Valverde, se había despeñado por un barranco. Ese día, el impacto del dolor cerró su garganta para siempre, convirtiéndola en un ser "mudo" a los ojos del mundo. Un trauma psicológico tan profundo que ni los golpes ni las humillaciones habían logrado romper.
Salió de la mansión que alguna vez fue su hogar feliz, caminando rápidamente hacia la parada del autobús. A medida que el transporte público se alejaba de la zona residencial y se adentraba en el corazón financiero de la metrópoli, el nudo en el estómago de Mariangel comenzaba a deshacerse.
Ahí, frente a ella, se alzaba el imponente rascacielos de vidrio y acero: la sede central del Grupo Empresarial Vane.
Mariangel cruzó las puertas de cristal del edificio a las 7:45 a.m. En cuanto pisó el mármol del vestíbulo, su postura cambió. Enderezó la espalda, levantó la mentón y dibuja en sus labios una sonrisa serena y profesional. Los guardias de seguridad y las recepcionistas la saludaban con señas de cabeza y sonrisas cálidas. Todos en la empresa la querían. Era la única persona en ocho meses capaz de sobrevivir como secretaria ejecutiva del hombre más temido de la industria.
Subió en el ascensor privado hasta el piso 50. El piso de la alta dirección.
Caminó hacia su impecable escritorio de caoba y cristal, colocó su bolso en el cajón y encendió la computadora. Revisó la agenda del día, preparó los informes para la junta de accionistas de las diez de la mañana y se dirigió a la cafetera de la oficina principal. Sabía exactamente cómo le gustaba el café a su jefe: negro, muy cargado, sin azúcar y a una temperatura precisa de 85 grados.
A las 8:00 a.m. en punto, las puertas del ascensor se abrieron con un chirrido sutil.
El ambiente en todo el piso pareció congelarse. Los ejecutivos que caminaban por el pasillo apresuraron el paso para evitar cruzarse en su camino.
Ahí estaba Marcos Vane.
Alto, de hombros anchos, vestía un traje a medida de color gris marengo que acentuaba su figura atlética. Su rostro era una escultura de rasgos duros y severos: una mandíbula firme, ojos de un azul helado y un ceño fruncido que parecía grabado permanentemente en su frente. A sus 30 años, Marcos era el magnate más joven, rico y despiadado del sector. Tenía fama de destruir a sus competidores sin piedad y de despedir a secretarias por el simple hecho de respirar demasiado fuerte.