La Secretaria Muda Del Ceo

Capítulo 2: La celda de lámina

La noche cayó sobre la ciudad y el regreso a la mansión Valverde fue, como siempre, una pesadilla. Al cruzar la puerta, Mariangel no encontró descanso; la atmósfera en la sala principal estaba cargada de una tensión explosiva.

Raúl, su padrastro, caminaba de un lado a otro con un vaso de whisky en la mano, mientras Eugenia, su madrastra, hojeaba desesperada varios estados de cuenta bancarios. Lorenzo e Isabella observaban la escena con aburrimiento y desdén desde los sofás.

—¡Llegas tarde, inútil! —gritó Eugenia en cuanto vio a Mariangel cruzando el recibidor.

Mariangel bajó la mirada y mantuvo las manos unidas al frente.

—Déjate de tonterías y ven aquí —ordenó Raúl, tomándola bruscamente del brazo y arrastrándola hacia la mesa del comedor, donde había varios papeles extendidos—. Hoy habló el abogado. Dijo que tu padrino, ese maldito anciano, es el ejecutor del fideicomiso principal. Hay una cuenta con millones de dólares que solo se puede desbloquear si tú das el consentimiento firmado o si él lo autoriza.

Eugenia se le acercó, clavándole sus uñas pintadas de rojo en el hombro. —Vas a escribirle una carta a tu padrino mañana mismo. Le vas a decir que estás bien, que necesitas que libere ese dinero para inyectarlo a las Empresas Valverde. ¡Nos vamos a ir a la quiebra por tu culpa y por la estupidez de tu padre!

Mariangel sintió una punzada de coraje en el pecho. Las Empresas Valverde se estaban hundiendo por los derroches de Isabella en ropa de diseñador, los viajes de Lorenzo y los malos negocios de Raúl. El dinero que su padre dejó era su legado, y no iba a permitir que se lo terminaran de gastar.

Mariangel miró a Eugenia a los ojos y negó con la cabeza con firmeza.

Ni siquiera se molestó en intentar usar el lenguaje de señas. En quince años, ninguno de ellos se había tomado la molestia de aprender una sola seña; para ellos, el silencio de Mariangel no era una discapacidad o un trauma, sino una excusa para tratarla como a un objeto.

—¿Te estás negando? —la voz de Raúl se volvió un rugido grave—. ¿Te atreves a decirnos que no en nuestra propia cara?

Mariangel volvió a negar con la cabeza, manteniendo la barbilla en alto a pesar del miedo que le oprimía el pecho.

—¡Mal agradecida! ¡Te hemos dado un techo y comida durante quince años! —chilló Eugenia, dándole una bofetada tan fuerte que el rostro de Mariangel se giró violentamente. El impacto hizo que la pequeña herida de su mandíbula volviera a doler.

Isabella soltó una risita burlona desde el sofá. —Mamá, esa estúpida cree que se manda sola. Deberían enseñarle una lección para que recuerde quién manda aquí.

—Tienes razón —dijo Raúl con una sonrisa cruel—. Lorenzo, ven aquí. Llévala al patio. Parece que necesita pasar la noche en su "habitación especial" para que se le aclare la mente.

Mariangel abrió los ojos de par en par. El pánico la invadió.

Lorenzo se levantó de inmediato con una mueca de satisfacción. Agarró a Mariangel por el cabello y por la muñeca, arrastrándola hacia la puerta trasera de la casa. Mariangel intentó zafarse, luchando con todas sus fuerzas en un silencio desesperado, pero la fuerza física de Lorenzo la superaba por completo.

La sacó al amplio jardín trasero y la llevó hasta la esquina más oscura y alejada de la propiedad.

Allí se alzaba una pequeña estructura improvisada, un cuarto diminuto hecho con láminas de metal oxidado y barrotes de hierro que originalmente servía como depósito de herramientas viejas. No tenía ventanas, solo una rendija pequeña en la parte superior. No había cama, ni luz, ni calefacción. Era el lugar donde la encerraban desde niña cada vez que se rebelaba o no obedecía sus órdenes caprichosas.

—Que pases buena noche, muda —se burló Lorenzo, empujándola bruscamente hacia el interior.

Mariangel cayó de rodillas sobre el suelo de tierra fría. La puerta de metal se cerró de golpe y el sonido del candado al encajarse resonó en la oscuridad.

El frío de la noche comenzó a colarse de inmediato por las junturas de las láminas. El espacio era tan reducido que apenas podía estirar las piernas. Mariangel se abrazó las rodillas contra el pecho, temblando por el frío punzante y el dolor de sus heridas.

Miró hacia la pequeña rendija del techo, desde donde se alcanzaba a ver un pedazo del cielo estrellado. En medio de la oscuridad absoluta de esa celda de metal, el único pensamiento que le dio un poco de calor y fuerza para no derrumbarse fue el recuerdo de la oficina, el aroma a café por la mañana y la figura imponente de Marcos Vane intentando hacer señas torpes con las manos solo para sacarle una sonrisa.

"Solo tengo que aguantar un día más", se dijo a sí misma en el silencio de su mente. "Mañana volveré a la oficina... Mañana estaré a salvo".

Lo que Mariangel no sabía era que a la mañana siguiente, al ver que su secretaria no llegaba a tiempo por primera vez en ocho meses, el titán Marcos Vane no se quedaría de brazos cruzados.




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