La Secretaria Muda Del Ceo

Capítulo 3: La sombra de la sospecha

El reloj del piso 50 de la Torre Vane marcaba las 8:15 de la mañana. Para cualquiera, quince minutos no representaban más que un insignificante retraso por el tráfico matutino, pero para Marcos Vane, aquello era una anomalía inquietante.

Durante ocho meses consecutivos, Mariangel había estado en su escritorio a las 7:45 en punto. Sin fallar un solo día. Sin excusas.

Marcos caminaba de un lado a otro en su amplio despacho de cristal. La taza de café que otro asistente de la planta baja le había llevado permanecía intacta sobre su mesa; al primer sorbo había notado que no tenía la temperatura adecuada ni el grano correcto, y la había rechazado con un ademán brusco. Nadie preparaba las cosas como ella. Nadie entendía el ritmo de la oficina como su silenciosa secretaria.

Frunció el ceño, apretó el puño sobre el escritorio y presionó el botón del intercomunicador con cierta brusquedad.

—Recepción —respondió la voz temblorosa de la recepcionista del vestíbulo principal.

—¿Mariangel ha registrado su entrada en el sistema? —preguntó Marcos, con un tono helado que hizo que la chica al otro lado de la línea se pusiera recta por instinto.

—No, señor Vane. Hemos verificado los registros de seguridad y la tarjeta de acceso de la señorita Mariangel no ha sido marcada hoy. Tampoco se ha comunicado con la central.

Marcos cortó la comunicación sin responder. La ligera molestia que sentía por la falta de puntualidad se transformó de inmediato en una punzada de preocupación. Recordó el gesto de dolor de Mariangel el día anterior, la marca sutil bajo su maquillaje que intentó ocultar y la prisa con la que recogió sus cosas al terminar la jornada.

Tomó su teléfono personal, buscó el contacto de Mariangel y le envió un mensaje de texto rápido:

«Mariangel, no has llegado a la oficina. ¿Sucede algo? Reporta tu situación de inmediato.»

Pasaron diez minutos. Luego veinte. Finalmente, casi media hora después de haber enviado el mensaje, la pantalla de su teléfono se iluminó.

«Buenos días, señor Vane. Lamento mucho la demora en responder y la falta de aviso. Hoy me levanté sintiéndome muy mal de salud. No es nada grave, solo una indisposición fuerte. ¿Sería posible que me permita faltar el resto del día para descansar? Prometo ponerme al día con todo mañana mismo.»

Marcos contempló el texto durante un largo momento. Las palabras eran educadas y formales, pero conocía lo suficiente a Mariangel para saber que ella odiaba faltar a sus responsabilidades. Si estaba pidiendo el día completo, debía sentirse verdaderamente mal.

Con la mandíbula tensa, escribió de vuelta:

«Está bien. Tómate el día. La salud es lo primero y la oficina no se va a caer en un día sin ti. Descansa y mejórate pronto. Si necesitas medicina o cualquier cosa, solo dímelo.»

Dejó el teléfono sobre el escritorio, pero la sensación de inquietud no desapareció. Marcos no era un hombre crédulo. Había construido su imperio detectando mentiras en el mundo de los negocios, y las respuestas de Mariangel se sentían extrañamente distantes.

Mientras tanto, en la mansión Valverde, la realidad era desgarradora.

Mariangel llevaba más de diez horas encerrada en el cobertizo de lámina del patio trasero. El aire dentro de la pequeña celda de metal se había vuelto sofocante con los primeros rayos del sol golpeando la estructura oxidada. Mariangel estaba tendida sobre el suelo de tierra, tiritando por la fiebre que la repentina baja de defensas y las contusiones le habían provocado. Con los dedos temblorosos, apenas había tenido las fuerzas para redactar el mensaje a su jefe desde su gastado teléfono celular.

De pronto, el sonido de pasos apresurados sobre la hierba del jardín rompió el silencio exterior. Se escuchó el chasquido del candado de hierro al ser abierto con brusquedad y la puerta de lámina se abrió de golpe, dejando entrar una luz enceguecedora.

—¡Levántate, inútil! ¡Muévete! —chilló Eugenia, su madrastra, entrando al cobertizo con la bata arrugada y el rostro pálido por el pánico.

Mariangel intentó cubrirse los ojos con el brazo, débil y desorientada. Lorenzo apareció detrás de su madre y sujetó a Mariangel de un brinco, tirando de ella hacia arriba sin ningún cuidado.

—¿Por qué tan de prisa, mamá? Deberíamos dejarla aquí un par de horas más para que aprenda a firmar los papeles —se burló Lorenzo.

—¡Cállate, idiota! —le gritó Eugenia a su hijo, dándole un golpe en el hombro—. Acaba de llamar la secretaria de Guillermo. Dijo que viene hacia la casa en este momento. ¡Ese viejo chismoso está a diez minutos de llegar!

El nombre de Guillermo Vega resonó en la mente de Mariangel como una descarga de energía. Guillermo era el mejor amigo de su difunto padre y su padrino de bautizo. Era el único hombre que le quedaba al antiguo imperio Valverde con principios intactos, el albacea que custodiaba las cuentas bloqueadas y el único que la miraba con auténtico afecto paternal cada vez que la veía.

—Escúchame bien, sabandija —dijo Eugenia tomándola de las mejillas con violencia, clavándole las uñas—. Tu padrino viene a verte. Vas a subir a tu cuarto, te vas a duchar, te vas a poner la ropa limpia que Isabella te dejó y vas a sonreír. Si le haces un solo gesto, si intentas escribirle algo en un papel o insinuar que te tenemos aquí, te juro que la próxima vez no te encerraremos en este cuarto de lámina, te mandaremos fuera del país. ¿Entendiste?

Mariangel, respirando con dificultad, asintió levemente con la cabeza. No por miedo a las amenazas, sino porque sabía que mientras su padrino estuviera en la casa, ellos no podrían tocarla.

Lorenzo la arrastró hasta la casa por la puerta trasera. La metieron al baño a toda prisa. Mariangel dejó que el agua caliente se deslizara por su cuerpo maltratado, limpiando la tierra y el sudor de la noche anterior. Las marcas moradas en sus costillas y en sus muñecas estaban más oscuras, pero afortunadamente la ropa de manga larga que le prepararon cubría la mayor parte.




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