En cuanto el motor del automóvil de Guillermo Vega se desvaneció en la distancia, el ambiente de la mansión se transformó de inmediato. La música suave pareció apagarse de golpe y la calidez en el rostro de los presentes se evaporó, dejando únicamente una mueca de rabia contenida.
Eugenia fue la primera en reaccionar. Con un gesto lleno de odio, arrojó al suelo la taza de porcelana fina en la que momentos antes fingía tomar el té. El sonido del cristal rompiéndose contra el suelo de mármol retumbó en todo el recibidor.
—¡Maldito viejo entrometido! —gritó Eugenia, caminando de un lado a otro fuera de sí—. ¡Se atreve a venir a mi propia casa a amenazarnos! ¡Cree que porque Mario le dejó la custodia de esas cuentas tiene el derecho de tratarnos como a delincuentes!
—Cálmate, Eugenia —espetó Raúl, sirviéndose de inmediato un vaso entero de whisky sin hielo—. Ese estúpido solo vino a marcar su territorio. Sabe perfectamente que las empresas se están asfixiando. Lo que no entiendo es cómo mierda se enteró de que estamos intentando mover los papeles de la herencia.
La mirada de Raúl, fría y cargada de sospecha, se posó directamente sobre Mariangel, quien permanecía de pie cerca de la escalera, apretando sus manos temblorosas dentro del abrigo.
—¿Fuiste tú? —preguntó Raúl, dando un paso lento pero amenazante hacia ella—. ¿Tú le dijiste algo a ese anciano?
Mariangel negó con la cabeza enérgicamente, dando un paso atrás por instinto.
—¡No te hagas la santa! —intervino Isabella, cruzándose de brazos mientras la miraba con absoluto desprecio—. Vio cómo te le abrazaste, parecía que estabas a punto de ponerte a llorar. Seguro le hiciste señas o le diste a entender que no la estás pasando bien aquí. Eres una víbora tramposa, Mariangel.
—¡Suficiente! —ordenó Raúl, levantando la mano—. Ya que tu padrino querido dejó bien claro que no piensa soltar un solo centavo a menos que cumplas con los caprichos del testamento de tu padre, tendremos que cambiar de estrategia.
Mariangel lo miró sin entender. Su respiración se volvió agitada.
—El testamento dice que para tomar posesión total del patrimonio debes estar casada con alguien "apropiado", alguien aprobado por tu abogado y tu padrino —continuó Raúl con una sonrisa retorcida que le heló la sangre a Mariangel—. Obviamente no te vamos a dejar casar con cualquiera que te quite el dinero. Pero si encontramos a un hombre manejable, alguien a quien le paguemos una buena suma para que firme el acta de matrimonio y luego nos ceda la administración de las acciones... todo el imperio Valverde volverá a nuestras manos.
Mariangel sintió una punzada de terror absoluto. Querían utilizarla, venderla al mejor postor o a un títere manipulable solo para saquear hasta el último dólar que su padre había trabajado toda su vida para construir.
—Por ahora, no vas a salir de esta casa este fin de semana —decretó Eugenia con frialdad—. Vas a limpiar hasta el último rincón de la mansión para compensar el espectáculo que diste hoy. Y más te vale que el lunes vayas a trabajar a esa empresa y traigas tu sueldo completo, porque no pienso poner un solo peso para tus gastos.
Mariangel agachó la cabeza, apretando los puños. No podía luchar contra ellos en este momento, no en esa casa y sin aliados cerca. Pero en lo más profundo de su ser, una promesa firme se encendió: No les daría el gusto. Prefería morir antes que permitir que usaran su matrimonio para destruir el legado de su padre.
Mientras la pesadilla continuaba en la mansión, en el piso 50 de la Torre Vane, la atmósfera era sumamente tensa.
Eran las seis de la tarde. La jornada laboral había concluido para la mayoría de los empleados, pero Marcos Vane continuaba sentado en su imponente escritorio de caoba, frente a la enorme cristalera que dominaba la vista de los rascacielos iluminados.
A su lado, su hombre de confianza y jefe de seguridad privada, Héctor, esperaba en silencio.
—¿Investigaste lo que te pedí? —preguntó Marcos con voz profunda y serena, sin apartar la mirada de la ciudad.
—Sí, señor Vane —contestó Héctor, dando un paso al frente y abriendo una carpeta de cuero negro—. Hice un seguimiento discreto al historial de la señorita Mariangel como solicitó. Debo decir que encontré inconsistencias bastante graves en su expediente de contratación.
Marcos giró lentamente su sillón, fijando sus penetrantes ojos azules en su colaborador.
—Habla.
—Ella llegó a la empresa a través de una agencia de empleo temporal hace ocho meses. En su currículum figura como una huérfana de escasos recursos, sin familiares directos y con residencia en una zona humilde del sur de la ciudad. Sin embargo... la dirección que registró es completamente falsa. Vivió allí hace años, pero actualmente no hay ningún contrato de arrendamiento a su nombre.
Marcos entornó los ojos. —¿Y dónde vive realmente?
—Nuestros agentes la siguieron discretamente un par de veces tras salir de la oficina. Toma el autobús público hacia la zona residencial de clase alta al norte de la ciudad. entra todas las noches a la mansión de la familia Valverde.
El nombre resonó en la oficina como un trueno silencioso.
—¿Valverde? —repitió Marcos, frunciendo el ceño—. ¿Las Empresas Valverde? La compañía siderúrgica que está al borde de la quiebra tras la muerte de Mario Valverde hace quince años.
—Exactamente, señor Vane. Indagué un poco más en el registro civil y las noticias de la época. Mario Valverde tenía una única hija legítima de su primer matrimonio... Mariangel Valverde. Tras la muerte del magnate en el accidente automovilístico, la tutela de la niña y la administración de los bienes quedaron en manos de su madrastra, Eugenia, y su nuevo esposo, Raúl.
Marcos se levantó de su asiento de un solo impulso. Su figura imponente proyectaba una sombra oscura bajo la luz tenue del despacho. Un torbellino de piezas encajó de golpe en su mente: la elegancia natural de Mariangel, sus modales impecables, su educación superior a la media, el trauma del silencio... y las marcas de maltrato que ella intentaba ocultar con desesperación.