La Secretaria Muda Del Ceo

Capítulo 5: La propuesta que lo cambia todo

El viernes amaneció con un cielo plomizo y una brisa helada que presagiaba lluvia. Para Mariangel, levantarse esa mañana había sido una tortura física. Todo su cuerpo dolía tras las horas de castigo, las tareas pesadas que la obligaron a hacer en la mansión y la fiebre que apenas comenzaba a ceder. Sin embargo, cubrió sus moretones con capas de maquillaje, vistió una blusa de cuello alto con mangas largas y tomó el autobús hacia la Torre Vane. Necesitaba llegar a su refugio. Necesitaba ver a Marcos.

A las 8:00 a.m. en punto, Marcos Vane salió del ascensor. Su presencia imponía el respeto y la autoridad de siempre, pero sus ojos azules se fijaron de inmediato en Mariangel. Notó la palidez de su rostro, el ligero cansancio en su postura y la manera en que evitaba apoyarse con fuerza sobre su costado izquierdo. La furia del CEO ardía por dentro, pero mantuvo la compostura.

—Buenos días, Mariangel —dijo con voz firme pero suave.

Mariangel levantó las manos para saludarlo con señas: "Buenos días, Señor Vane. Todo está en orden para hoy".

—A mi oficina, por favor —respondió él sin rodeos, girando sobre sus talones.

Apenas un par de horas después de haber iniciado la jornada, la secretaria de la recepción general le envió un correo electrónico de máxima prioridad a Marcos. Adjunto venía una solicitud formal de reunión urgente redactada por el buffet de abogados de las Empresas Valverde. La compañía siderúrgica solicitaba desesperadamente un rescate financiero y una alianza estratégica con el Grupo Vane para evitar la bancarrota inminente. La solicitud venía firmada por Raúl, Eugenia e incluso el joven Lorenzo.

Marcos esbozó una sonrisa helada frente a la pantalla. Los buitres estaban tan desesperados que acababan de caminar voluntariamente hacia la cueva del lobo.

Sin dudarlo un segundo, aprobó la solicitud y fijó la reunión para el lunes por la mañana. Acto seguido, presionó el botón del intercomunicador.

—Mariangel, ven a mi despacho de inmediato.

Mariangel entró con su libreta y su pluma en mano, lista para tomar notas. Marcos estaba de pie frente a su escritorio, esperándola.

—Necesito que agendes una reunión de suma importancia para el lunes a primera hora —comenzó Marcos, cruzándose de brazos y observándola fijamente—. Es una propuesta de inversión y sociedad comercial. Los ejecutivos de las Empresas Valverde vendrán personalmente. Concretamente, Eugenia, su esposo Raúl y su hijo Lorenzo.

En cuanto los nombres salieron de la boca de Marcos, Mariangel se congeló. El color desapareció por completo de su rostro. La pluma se le resbaló de los dedos temblorosos y cayó al suelo con un chasquido sordo. Sus ojos se llenaron de un pánico desmedido, y su respiración se volvió agitada. Las manos le temblaban de forma incontrolable mientras daba un paso hacia atrás, mirando la puerta como si quisiera salir corriendo para esconderse.

Esa reacción fue la confirmación definitiva que Marcos necesitaba. El dolor y el terror en la mirada de su secretaria eran la prueba viviente del infierno en el que habitaba.

Marcos rodeó el escritorio con pasos lentos y seguros. Se detuvo a medio metro de ella, rompiendo la distancia profesional que siempre mantenían.

—Tranquila. Estás a salvo aquí —dijo él en un tono inesperadamente cálido, un tono que ningún empleado del Grupo Vane había escuchado jamás.

Mariangel levantó la mirada, sorprendida. Sus manos se movieron en señas caóticas y desesperadas: "No... Señor... no acepté esa reunión. Ellos... ellos no son buenas personas..."

—Sé perfectamente quiénes son, Mariangel —interrumpió Marcos en voz baja, mirándola directamente a los ojos—. Y también sé perfectamente quién eres tú.

Mariangel se quedó paralizada. El aire se le escapó de los pulmones.

—Sé que eres la hija legítima de Mario Valverde. Sé que vives en esa mansión y sé que la gente que debería cuidarte es la misma que te destruye día a día —continuó Marcos con gravedad—. No me importa que lo hayas ocultado. No voy a juzgarte por protegerte. Pero no voy a seguir fingiendo que no veo cómo llegas golpeada, enferma y con marcas en el cuerpo a trabajar para mí.

Las lágrimas finalmente brotaron de los ojos de Mariangel. El peso de quince años de sufrimiento, de aislamiento y de fingir fortaleza se derrumbó en un segundo.

—Dímelo, Mariangel —le pidió Marcos, dando un paso más cerca—. Necesito que me digas cómo puedo ayudarte. Debe haber una forma legal o estratégica de sacarte de ese infierno.

Mariangel negó con la cabeza, llorando en silencio. Levantó sus manos y firmó rápidamente, con la desesperación reflejada en cada gesto: "No hay forma. No se puede. Ellos tienen el control de la casa y quieren el control de la herencia de mi padre. Si intento enfrentarlos o irme, se quedarán con todo lo que mi padre construyó".

Marcos guardó silencio por un momento, analizando cada una de sus señas. Luego, tomó una hoja de papel en blanco y un bolígrafo del escritorio, entregándoselos en la mano.

—Escríbelo —le ordenó dulcemente—. Escribe exactamente qué es lo que los ata a ti y qué necesitan para quitarte todo.

Mariangel tomó la pluma. Con trazos temblorosos pero decididos, comenzó a escribir en el papel:

«Mi padre dejó un testamento blindado hace más de 16 años. Ningún centavo ni acción de sus empresas se puede liberar a menos que yo esté casada con alguien considerado "apropiado" según mi abogado, mi padrino y los amigos de confianza de mi padre. Mi familia quiere buscar a un hombre al que puedan comprar o chantajear para obligarme a casarme con él, reclamar la herencia y luego quitarme todo.»

Marcos tomó la hoja y leyó las líneas en silencio. Sus ojos azules recorrieron cada palabra, y una chispa de inteligencia brillante y peligrosa se encendió en su mirada.

—¿Casarte con alguien "apropiado"? —repitió Marcos, bajando el papel.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.