Durante el fin de semana, el piso de Mariangel en la mansión se sintió como una calma chicha antes de la tormenta. Siguiendo las instrucciones estrictas de Marcos, mantuvo un perfil completamente bajo. El plan era preciso: el lunes actuarían como si nada hubiera pasado. Marcos fingiría absoluta ignorancia sobre el pasado de Mariangel, sobre los maltratos que sufría y sobre la cláusula del testamento de Mario Valverde. Para el mundo corporativo, él era simplemente un magnate evaluando un negocio, y ella, su eficiente secretaria.
El lunes a las 9:00 a.m., la atmósfera en la Torre Vane era electrizante.
Eugenia, Raúl y Lorenzo llegaron puntuales, luciendo sus mejores trajes de diseñador —comprados con el dinero menguante de la empresa— para causar una buena impresión. Al cruzar el imponente vestíbulo de mármol, la recepcionista, previamente instruida por la dirección ejecutiva, los saludó con fría cortesía.
—Bienvenidos al Grupo Vane. El señor Vane los espera en la sala de juntas del piso 49. Por favor, acompáñenme.
Mientras la familia Valverde subía escoltada por el personal de seguridad, un piso más arriba, en la oficina del piso 50, la situación era muy distinta.
Mariangel vestía un elegante traje sastre azul marino que Marcos le había hecho enviar discretamente esa misma mañana para disimular su fragilidad y darle un porte de absoluta elegancia. Sin embargo, sus manos temblaban ligeramente mientras acomodaba los documentos sobre la mesa de su jefe.
Marcos se terminó de ajustar los gemelos de plata de su camisa antes de acercarse a ella. La observó detenidamente y, rompiendo la distancia, le tomó suavemente las manos para detener su temblor.
—Te quedas aquí, en el piso 50 —le dijo en voz baja, con un tono seguro que le transmitió un calor reconfortante—. No quiero que te vean todavía. No saben que trabajas directamente para mí, y ese factor sorpresa será nuestro mejor activo más adelante. Tranquila. Yo me encargo de ellos.
Mariangel lo miró a los ojos, asintió y le hizo una seña rápida: "Confío en usted, Señor Vane".
Marcos le dedicó una leve inclinación de cabeza, se colocó el saco de su traje y bajó por las escaleras privadas hacia la sala de juntas del piso 49.
Al entrar a la imponente sala de reuniones, rodeada de cristales panorámicos y una mesa de caoba para veinte personas, Marcos Vane desprendía un aura de poder aplastante. Raúl y Lorenzo se pusieron de pie de inmediato para estrechar su mano, mientras Eugenia esbozaba una sonrisa ensayada y servil.
—Señor Vane, es un verdadero honor que haya aceptado recibirnos —comenzó Raúl, intentando proyectar la voz de un empresario de alto nivel—. Como sabe, Empresas Valverde tiene una trayectoria legendaria en la industria siderúrgica...
—Ahorrémonos los discursos históricos, señor Valverde —interrumpió Marcos con voz helada, sentándose en la cabecera de la mesa y entrelazando las manos—. Mi tiempo es muy valioso. Vamos directamente a los números.
Lorenzo apresuradamente deslizó una gruesa carpeta sobre la mesa.
—Nuestra propuesta de alianza requiere una inyección inicial de capital por parte del Grupo Vane. Necesitamos cincuenta millones de dólares para reestructurar la maquinaria y cubrir pasivos operativos —dijo Lorenzo con descaro.
Marcos abrió el informe y revisó las cifras con la velocidad de un experto. La cantidad solicitada, aunque para el Grupo Vane era una cifra manejable, resultar ser un monto absurdo e insolente para un primer acercamiento de inversión, especialmente para una empresa cuyos balances financieros mostraban números rojos catastróficos por pura mala administración.
Los buitres no buscaban una sociedad; buscaban un cheque en blanco para saldar sus deudas personales y seguir con sus lujos.
Marcos cerró la carpeta de golpe, provocando un sonido seco que hizo que Eugenia diera un ligero brinco en su silla.
—Piden cincuenta millones de dólares sin ofrecer garantías sólidas, con un flujo de caja negativo y un equipo directivo que ha devaluado la empresa un cuarenta por ciento en los últimos tres años —sentenció Marcos, fijando sus penetrantes ojos azules en Raúl—. En el mundo de los negocios, esto no es una propuesta de inversión. Es un rescate desperdiciado.
El rostro de Raúl se puso rojo de vergüenza y molestia, mientras Eugenia intervenía rápidamente con voz melosa:
—Señor Vane, entendemos su cautela, pero le aseguramos que con el respaldo adecuado, Empresas Valverde volverá a ser la potencia que era cuando mi difunto esposo la dirigía. Hay activos familiares de gran valor que podrían respaldar la operación... solo necesitamos tiempo para liberar ciertos fondos legales.
Marcos fingió una ligera curiosidad, ocultando la rabia que le provocaba escucharla hablar de Mario Valverde.
—Interesante —dijo Marcos, poniéndose de pie de forma pausada—. Sin embargo, no tomo decisiones de esta magnitud en mi oficina basándome en papeles incompletos. Si quieren que considere seriamente financiar su empresa, necesitaré auditar sus activos reales y ver la estructura de su sede.
Raúl vio una chispa de esperanza en las palabras del magnate. —¡Por supuesto! Puede enviar a sus auditores cuando guste.
—No —dijo Marcos con firmeza—. Iré yo mismo. Tendremos una segunda reunión para revisar los activos familiares y la documentación legal en su residencia. La mansión Valverde, la próxima semana.
Eugenia casi suspira de alivio. Para ella, que el hombre más poderoso y codiciado de la industria aceptara ir a su propia casa era una oportunidad de oro que trascendía los negocios.
—Será un honor recibirlo en nuestra casa, señor Vane. Prepararemos una cena a la altura de su prestigio —respondió Eugenia, mientras en su mente de buitre comenzaba a tejer un plan retorcido.
Si Marcos Vane pisaba la mansión, pensó Eugenia con ambición desenfrenada, se encargaría de que conociera a Isabella. Su hija era hermosa, elegante y astuta; si lograba seducir o llamar la atención del multimillonario CEO, no solo salvarían la empresa, sino que unirían sus vidas al imperio Vane para siempre. Para Eugenia, el destino les estaba sirviendo en bandeja de plata la solución a todos sus problemas.