La Secretaria Muda Del Ceo

Capítulo 7: El brillo del engaño y la codicia

El martes comenzó con un ambiente muy distinto en la oficina del piso 50. Tras los acontecimientos del día anterior, la conspiración entre el CEO y su secretaria había entrado en una fase decisiva.

Cerca del mediodía, Marcos llamó a Mariangel a su despacho privado. Cerró la puerta tras de sí y caminó hacia su escritorio, sacando de su bolsillo interior una pequeña caja de terciopelo negro. Con un movimiento firme, la abrió frente a ella.

En el centro del estuche reposaba un deslumbrante anillo de compromiso de platino, coronado por un diamante de corte esmeralda de varios quilates que destellaba con la luz de la ventana. Era una joya de un valor incalculable, digna de la futura esposa de un magnate.

Mariangel dio un paso atrás por instinto, abriendo los ojos de par en par. Miró la joya y luego a Marcos, agitando la cabeza mientras levantaba las manos para firmar: "Señor Vane... es demasiado. No puedo aceptar algo así".

Marcos suspiró levemente y dio un paso hacia ella. Tomó delicadamente la mano izquierda de Mariangel, rompiendo su resistencia física con una suave firmeza.

—No es un regalo, Mariangel. Es una herramienta —dijo Marcos con voz grave y persuasiva—. Tu familia no es tonta. Si anunciamos nuestro compromiso sin pruebas contundentes de que voy en serio, pensarán que es una artimaña. Este anillo envía un mensaje claro: Marcos Vane no juega con sus alianzas.

Con cuidado, deslizó la deslumbrante joya en el dedo anular de Mariangel. El ajuste era impecable. Mariangel contempló su mano temblorosa, sintiendo el peso frío pero reconfortante del metal sobre su piel.

—Y hay algo más —agregó Marcos, sosteniendo la mirada de su secretaria—. Para que esto funcione, necesitas dejar de actuar tan rígida cuando estés conmigo. Ellos conocen tus gestos, saben cuando estás asustada o sumisa. Si te ven tensa a mi lado, la fachada de que estamos profundamente enamorados se caerá a pedazos. Tienes que empezar a confiar en mí, Mariangel. Tienes que permitirte soltarte.

Mariangel lo miró a los ojos, notando la sincera preocupación y la determinación protectora en la mirada del CEO. Asintió despacio, dibujando una leve y auténtica sonrisa que alivió la tensión en el rostro de Marcos.

Al caer la tarde, Mariangel regresó a la mansión Valverde. Llevaba el anillo oculto bajo la manga de su abrigo, nerviosa por lo que pudiera pasar, pero decidida a mantener la cabeza en alto.

Al cruzar la puerta principal, el sonido de risas estridentes resonó desde la sala de estar. Mariangel se detuvo al notar la presencia de un rostro desconocido.

Sentado en uno de los sofás de piel se encontraba un hombre de unos 25 años. Vestía un traje llamativo pero de mala calidad, llevaba el cabello engominado hacia atrás y sonreía con autosuficiencia. A simple vista, para alguien distraído, podía parecer un joven agradable de clase media-alta. Sin embargo, en cuanto abrió la boca para hablar, la ilusión se destruyó por completo. Su tono era vulgar, prepotente y cargado de un cinismo descarado.

—Y bien, ¿esa es la mocosa? —preguntó el sujeto, levantándose y mirando a Mariangel de arriba abajo con una lascivia nada disimulada—. Mmm... no está nada mal para ser muda. Me servirá bien para calentar la cama mientras disfrutamos del dinero de su viejo.

Se trataba de Damián, un títere de poca monta, un cazafortunas endeudado que Raúl y Eugenia habían contratado tras bambalinas. La trampa de la familia estaba lista: en una semana, justo después de la cena con Marcos Vane, citarían a Guillermo Vega, el padrino de Mariangel, para presentar formalmente a Damián como su "prometido" y obligar al albacea a desbloquear los fondos de la herencia.

—Compórtate, Damián —le advirtió Raúl con frialdad—. Mariangel, ven aquí de inmediato. Este es Damián. Es tu futuro esposo. Ya preparamos el contrato prenupcial que firmarán la próxima semana delante de tu padrino.

Mariangel sintió una repugnancia visceral al escuchar las palabras de Raúl y la risa burlona de Damián. La ira y el asco encendieron una chispa de valentía que nunca antes había sentido.

Dando un paso atrás para evitar que Damián la tocara, Mariangel negó rotundamente con la cabeza.

—¿Qué dices, estúpida? No te estamos pidiendo permiso —chilló Eugenia, acercándose a ella con rabia.

Mariangel no bajó la mirada. En lugar de retroceder, levantó lentamente su mano izquierda y la extendió en el aire. La luz de la lámpara de araña del recibidor impactó directamente contra el enorme diamante, haciendo que el anillo de compromiso destellara de una forma casi cegadora.

La sala quedó en un silencio sepulcral.

Raúl abrió la boca sin poder articular palabra. Lorenzo y Damián se quedaron petrificados ante la magnitud de la joya, e Isabella soltó un ahogado jadeo de envidia pura.

—¿Qué... qué es eso? —tartamudeó Eugenia, mirando la deslumbrante joya con los ojos desorbitados por la codicia—. ¿De dónde sacaste eso?

Mariangel mantuvo la mano en alto, firmando con frialdad ante sus rostros atónitos: "Ya estoy comprometida".

La mente de Eugenia, cegada por la maldad y la incapacidad de aceptar que Mariangel tuviera algo de valor, procesó la escena de la peor manera posible. La sorpresa se transformó de inmediato en una furia histérica.

—¡Ladrona! —gritó Eugenia fuera de sí, abalanzándose sobre Mariangel—. ¡Eres una maldita ladrona! ¿A quién le robaste este anillo? ¡Seguro lo sacaste del joyero de mi casa o lo hurtaste en el trabajo! ¡Una muerta de hambre como tú jamás podría tener una joya así!

Eugenia le sujetó la muñeca con violencia y, sin piedad, le arrancó el anillo del dedo, haciéndole daño en la piel en el proceso. Mariangel ahogó un gesto de dolor, pero intentó recuperar la joya estirando la mano, sabiendo lo que ese anillo significaba para el plan de Marcos.

—¡Suéltame, gata desagradecida! —chilló Eugenia, dándole un empujón a Mariangel que la hizo tambalear contra la pared.




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