El lunes por la tarde, la tensión en la mansión Valverde se podía cortar con un cuchillo. Desde temprano, la casa se convirtió en una caldera de órdenes a gritos, preparativos ostentosos y un ambiente cargado de falsedad. Para evitar que rompiera el ambiente o intentara comunicarse con el distinguido invitado, Eugenia obligó a Mariangel a permanecer encerrada en su pequeña habitación del fondo hasta nuevo aviso.
A las 6:00 p.m. en punto, el elegante sedán negro de Marcos Vane cruzó los portones de la propiedad.
Raúl, Eugenia e Isabella salieron a recibirlo con sonrisas ensayadas. Isabella vestía un deslumbrante vestido de noche rojo, y en su mano derecha destellaba con descaro el majestuoso anillo de diamantes que le habían arrebatado a Mariangel. Acompañándolos estaba Damián, vistiendo un traje que intentaba aparentar elegancia, pero que solo acentuaba su aire ordinario.
—Señor Vane, qué honor tan grande tenerlo en nuestro hogar —saludó Raúl, guiándolo de inmediato hacia la imponente sala de estar.
—Buenas noches —respondió Marcos con su habitual voz grave y distante. Su mirada azul, tan helada como el acero, recorrió el lugar hasta posarse brevemente en el rostro de Damián, y luego en el dedo de Isabella, donde identificó de inmediato su propia joya. La rabia ardió en su pecho, pero mantuvo la compostura con una disciplina impecable.
—Por favor, tome asiento —ofreció Eugenia melosamente—. La cena estará lista en unos minutos. Le presento a Damián, un prometedor joven de buena familia.
Marcos se acomodó en el sillón individual y cruzó las piernas de forma elegante. Miró a Damián con frialdad.
—¿El señor es parte del equipo ejecutivo? —preguntó Marcos con indiferencia.
—Oh, no, Señor Vane —intervino Raúl de inmediato con una risa falsa—. Damián es el prometido de una de mis hijas. Se casarán muy pronto.
Marcos entornó los ojos, fingiendo un análisis profundo.
—Entiendo. Sin embargo, para que el Grupo Vane considere una inversión de esta magnitud, necesito ver absoluta transparencia. Exijo que la familia esté completa en esta mesa. Necesito confianza, conocer los valores de la casa y saber exactamente en qué tipo de entorno invertiré mi dinero. ¿Dónde está la otra hija de la familia?
El rostro de Eugenia se congeló. Raúl tragó saliva con dificultad y miró a su esposa.
—Bueno... la verdad es que Mariangel no se siente muy bien hoy —mintió Eugenia a toda prisa—. Además, ella es una chica con... ciertas limitaciones. Es muda y muy reservada, no suele participar en estas reuniones.
—No me importa —sentenció Marcos, apoyando los codos sobre sus rodillas y fijando una mirada tan penetrante sobre Eugenia que a la mujer se le erizó la piel—. Dijeron que querían una alianza seria. Si no están dispuestos a mostrar a toda la familia reunida, puedo retirarme ahora mismo y dar por canceladas las negociaciones.
Apretando la mandíbula con una furia contenida, Eugenia no tuvo más remedio que ceder.
—Por supuesto, Señor Vane. Discúlpeme —dijo con una sonrisa forzada antes de volverse hacia Isabella—. Hija, ve arriba y dile a tu hermana que baje de inmediato.
Un par de minutos después, los pasos lentos de Mariangel resonaron en la escalera. Vestía un sencillo vestido negro de cuello alto, con el cabello suelto cayendo suavemente sobre sus hombros. Su rostro reflejaba el cansancio, pero en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Marcos, su postura cambió por completo.
En ese preciso instante, ante la mirada atónita de todos los presentes, el imponente y frío Marcos Vane se puso de pie.
La rigidez de su rostro desapareció en un segundo. Dibujó en sus labios una sonrisa cálida, dulce y llena de una devoción que ninguno de los miembros de la familia Valverde habría imaginado jamás en un hombre como él. Era la sonrisa que solo un hombre enamorado le dedicaría a la mujer de su vida.
—Mariangel... al fin llegas —murmuró Marcos con suavidad.
Mariangel, respondiendo al plan y sintiendo la protección que él le transmitía, caminó directamente hacia él. Marcos extendió su mano, la tomó delicadamente de la cintura y la guió para que se sentara a su lado en el sillón principal, manteniendo sus dedos entrelazados con los de ella sobre su regazo.
Raúl, Eugenia, Lorenzo e Isabella miraban la escena completamente paralizados y con los ojos desorbitados. La complicidad y la intimidad entre el multimillonario y la "sirvienta muda" no tenían ningún sentido para ellos.
—Perdone la intrusión, Señor Vane —se atrevió a decir Raúl, rompiendo el tenso silencio—. ¿Usted... ya conocía a Mariangel?
—Por supuesto —respondió Marcos serenamente, acariciando el dorso de la mano de Mariangel—. Es mi secretaria ejecutiva desde hace ocho meses. La mujer más brillante y eficiente con la que he trabajado.
Eugenia sintió que el mundo le daba vueltas. ¡La mocosa a la que trataban como esclava trabajaba codo a codo con el hombre más poderoso del país!
—Vaya... qué coincidencia —alcanzó a decir Eugenia, intentando sonreír—. Bueno, como le decíamos, ella es la hija que está comprometida con Damián. La boda será muy pronto.
Marcos soltó una risa corta, helada y carente de humor que hizo que a todos se les helara la sangre.
—¿Comprometida con este sujeto? —Marcos miró a Damián con un desprecio tan aplastante que el joven bajó la cabeza por instinto—. Me temo que eso es un absurdo absoluto y una imposibilidad.
—¿De qué habla, Señor Vane? —preguntó Raúl, confundido y alarmado.
Marcos se enderezó en su asiento, rodeó los hombros de Mariangel con su brazo en un gesto posesivo y protector, y miró a la familia con la frialdad de un juez dictando sentencia.
—Eso es imposible... porque yo soy el prometido de Mariangel.
Un jadeo colectivo retumbó en la habitación.
A Eugenia se le desencajó la mandíbula. Raúl soltó el vaso de cristal que sostenía, haciendo que el líquido se derramara sobre la mesa. Isabella se llevó las manos a la boca, incapaz de dar crédito a lo que sus oídos acababan de escuchar. ¿El hombre más codiciado, rico y poderoso de la industria estaba comprometido con la chica a la que golpeaban y encerraban en un cuarto de lámina?