La sala de estar se convirtió en un caos helado. Ante la amenaza sutil pero aplastante de Marcos Vane, la familia Valverde no tuvo otra alternativa. Con las manos temblorosas y una sonrisa forzada que rozaba lo patético, Isabella se quitó el deslumbrante diamante del dedo y se lo devolvió a Mariangel, balbuceando disculpas atropelladas.
—¡Oh, Señor Vane, por favor, disculpe el malentendido! —se apresuró a decir Eugenia con voz chillona y servil, cambiando de actitud de forma descarada—. ¡Nadie le robó nada a nuestra querida Mariangel! Nosotros... solo guardamos el anillo por seguridad porque pensábamos que podía perderlo. ¡La amamos tanto que siempre buscamos protegerla!
—Sí, exacto —añadió Raúl, sudando frío y apretando los puños con rabia contenida—. Y sobre Damián... bueno, él es solo un pretendiente insistente que venía a visitarnos, ¡nada formal, se lo aseguro! Mariangel es como nuestra propia hija y solo deseamos su felicidad.
Mariangel observaba el espectáculo con una amarga satisfacción. Esos mismos parásitos que la encerraban en el cobertizo de láminas y la golpeaban ahora se arrastraban como serpientes ante el poder imponente de su prometido. Marcos no dijo una sola palabra; se limitó a tomar el anillo, deslizarlo con infinita ternura en el dedo de Mariangel y apretarle la mano para transmitirle seguridad.
Antes de que la familia pudiera inventar otra excusa absurda, el timbre de la mansión resonó con fuerza en el recibidor.
El mayordomo abrió la puerta y tres figuras masculinas de aspecto imponente cruzaron el umbral.
A la cabeza venía Guillermo Vega, el padrino de Mariangel, con su postura elegante y mirada severa. A su lado caminaba el Licenciado Aranda, el abogado de confianza de la familia Valverde desde hacía más de dos décadas y custodio directo del testamento de Mario. Pero fue el tercer hombre quien hizo que el ambiente en la sala cambiara por completo.
Se trataba de un hombre de unos cuarenta años, de porte distinguido, mirada perspicaz y vestuario impecable: Fernando Restrepo. Fernando había sido uno de los socios más leales y mejores amigos de Mario Valverde en vida; para la pequeña Mariangel, antes de la tragedia, él había sido como un segundo tío que siempre la consentía.
—Buenas noches —saludó Guillermo con voz seca, recorriendo la sala con la mirada hasta detenerse en el rostro de su ahijada—. Venimos a la hora acordada, tal como nos citaron los abogados de las Empresas Valverde para hablar del fideicomiso...
Sin embargo, las palabras de Guillermo quedaron en el aire cuando Fernando Restrepo dio un paso al frente y sus ojos tropezaron con la figura que estaba al lado de Mariangel.
—¿Marcos? —exclamó Fernando, abriendo los ojos con genuina sorpresa.
Marcos esbozó una sonrisa respetuosa y sincera —una expresión que la familia Valverde jamás le había visto— y dio un paso adelante para estrecharle la mano al recién llegado.
—Fernando. Qué gusto verte de nuevo —respondió Marcos con cordialidad.
—¡Vaya sorpresa encontrarte aquí! —dijo Fernando, dándole un caluroso abrazo a Marcos—. Para los que no lo sepan, Marcos y yo fuimos los inversionistas principales en el proyecto de infraestructura tecnológica del Norte hace tres años. Un éxito rotundo. Es uno de los mejores hombres de negocios que conozco y un gran amigo personal.
Eugenia y Raúl se quedaron de piedra. Sus esperanzas de manipular la situación se desmoronaron en mil pedazos: la figura clave de los amigos de Mario no solo conocía al magnate, sino que lo respetaba profundamente.
Guillermo Vega y el abogado Aranda observaban la escena con evidente curiosidad y aprobación. Fue entonces cuando Mariangel, sintiendo por primera vez en quince años que tenía el control de su vida, dio un paso al frente.
Apretó la mano de Marcos con firmeza, levantó la barbilla frente a la mirada atónita de su madrastra y ejecutó con elegancia y fluidez el lenguaje de señas directamente hacia su padrino, su abogado y Fernando:
"Padrino Guillermo, Tío Fernando, Licenciado Aranda... quiero presentarles oficialmente a Marcos Vane. Él es mi prometido, y nos casaremos muy pronto".
Para dar énfasis a sus palabras, Mariangel levantó la mano izquierda, dejando que la luz iluminara el deslumbrante diamante de platino que brillaba en su dedo.
Guillermo se quedó sin aliento por un segundo, mirando la joya y luego la mirada de profunda protección con la que Marcos sostenía a su ahijada. Fernando Restrepo soltó una carcajada de auténtico orgullo y satisfacción, mientras el abogado Aranda ajustaba sus anteojos, esbozando una sonrisa calculadora.
—Un hombre intachable, el líder del grupo empresarial más importante del país y un amigo de entera confianza... —murmuró Guillermo con los ojos humedecidos por la emoción, mirando fijamente a Raúl y Eugenia, cuyos rostros estaban pálidos como el papel—. Mario no habría podido elegir a nadie mejor para proteger a su hija.
—Esto cambia todo —declaró el Licenciado Aranda, sacando un expediente de su maletín de cuero de manera solemne—. Según las cláusulas estipuladas en el testamento de Mario Valverde hace dieciséis años, si Mariangel contrae matrimonio con un hombre aprobado por su padrino, su abogado y los amigos de confianza de su padre... la totalidad del patrimonio, los fondos bloqueados y las acciones mayoritarias de las Empresas Valverde se transferirán de inmediato a su nombre.