La Secretaria Muda Del Ceo

Capítulo 11: Un legado oculto y un abrazo de protección

Cuando parecía que la conmoción en la sala no podía ser mayor, Fernando Restrepo se levantó de su asiento y sacó de su portafolios una carpeta de cuero azul marino que guardaba con especial celo.

—Hay algo más que no aparece en el testamento original, Licenciado Aranda —dijo Fernando, dirigiéndose al abogado antes de mirar a Mariangel con una sonrisa llena de orgullo—. Se trata de un proyecto en el que Mario y yo trabajábamos juntas las semanas previas a su trágico accidente. Un día después de su muerte, teníamos programada la firma para adquirir el 30% de las acciones de una emergente siderúrgica en Brasil.

Raúl y Eugenia levantaron la cabeza de golpe, con la codicia brillando nuevamente en sus ojos desesperados.

—Dado que la tragedia ocurrió antes de la firma formal, la transacción quedó congelada —continuó Fernando—. Sin embargo, por respeto a la memoria de Mario y sabiendo que el capital provenía de sus cuentas personales, los directivos brasileños aceptaron mantener ese paquete accionario bajo un fideicomiso especial a mi nombre. Hoy en día, esa empresa es la potencia industrial más grande y exitosa de Brasil.

Un murmullo de asombro recorrió la habitación.

—Durante estos quince años, los ejecutivos en Brasil me han enviado un informe mensual detallado sobre los rendimientos —explicó Fernando, entregándole la carpeta a Mariangel—. Los fondos acumulados por ese 30% ascienden a decenas de millones de dólares. Ellos han estado esperando pacientemente a que Mariangel fuera mayor de edad y tomara posesión de su legado. De hecho, los directivos viajarán a la ciudad el mes que viene para reunirse con ella, entregarle los fondos retenidos y ofrecerle la opción de comprar la participación mayoritaria de la compañía.

Eugenia sintió que el pecho le ardía de rabia. Mientras ellos se ahogaban en deudas y arrastraban las Empresas Valverde a la quiebra, la "muda insignificante" a la que golpeaban se convertía, en cuestión de minutos, en una de las mujeres más ricas e influyentes del continente.

Con la reunión oficialmente terminada, Guillermo y Fernando se acercaron a Mariangel. Su padrino la envolvió en un cálido abrazo paterno.

—Estoy tan orgulloso de ti, mi niña —le susurró Guillermo con la voz quebrada por la emoción—. Tu padre debe estar sonriendo desde el cielo al verte tan fuerte.

Mariangel sonrió con dulzura y levantó las manos para firmar con afecto: "Gracias, padrino. Gracias por no abandonarme nunca. Tío Fernando, gracias a ti también".

Fernando le apretó las manos con cariño. —Siempre serás la niña de Mario. Ahora tienes a un gran hombre a tu lado para protegerte.

Tras despedirse cordialmente de Marcos, los tres hombres de confianza abandonaron la mansión.

Mariangel acompañó a Marcos hacia la salida. La brisa nocturna de la calle era fresca y tranquila, un contraste abrumador con el infierno helado de la casa. Al llegar al elegante automóvil negro estacionado frente a los portones, Marcos se detuvo y se giró hacia ella.

Su rostro, habitualmente imperturbable, reflejaba una profunda inquietud. Sus cejas estaban ligeramente fruncidas y sus penetrantes ojos azules la escudriñaban con evidente preocupación.

—No me gusta la idea de dejarte aquí sola esta noche —dijo Marcos con voz baja y tensa—. Después de todo lo que se reveló hoy, esos monstruos están acorralados. Cuando la gente como ellos se siente acorralada, se vuelve peligrosa, Mariangel.

Mariangel lo miró con ternura. Sabía que detrás de la coraza del despiadado CEO se escondía un hombre que se preocupaba genuinamente por su seguridad. Dio un paso hacia él, le tomó suavemente la mano y firmó con lentitud y serenidad: "Estaré bien, Marcos. Saben que tú y mi padrino están pendientes de mí. No se atreverán a hacerme nada. Por favor, no te preocupes".

Marcos suspiró, apretando ligeramente los dedos de Mariangel. En ese momento, por el rabillo del ojo, notó que las cortinas del segundo piso de la mansión se movían: Raúl estaba de pie junto a la ventana, observándolos con la mirada llena de odio y sospecha.

Una chispa de determinación protectora se encendió en Marcos. Sin dudarlo un segundo, rodeó la cintura de Mariangel con su brazo izquierdo, la atrajo firmemente hacia su pecho y la envolvió en un abrazo protector y posesivo.

Mariangel ahogó un leve jadeo de sorpresa, pero de inmediato se relajó contra el torso firme de Marcos, reclinando su cabeza sobre su hombro y disfrutando del intenso aroma a madera y sándalo que la hacía sentirse infinitamente a salvo.

—Que les quede bien claro a todos en esa casa —susurró Marcos cerca de su oído, para que solo ella pudiera escucharlo, mientras mantenía la mirada fija en la ventana donde se escondía Raúl— que ahora me perteneces a mí, y que si te tocan un solo cabello, los destruiré sin piedad.

Mariangel sonrió en el calor de su abrazo, apretando la tela del saco de Marcos con sus manos. En medio del silencio que la había acompañado durante quince años, el latido del corazón de Marcos Vane era la melodía más hermosa que jamás había escuchado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.