La Secretaria Muda Del Ceo

Capítulo 12: La tormenta en la mansión y la libertad a la vista

El coche de Marcos se perdió en la penumbra de la noche, dejando tras de sí un halo de luz roja. Mariangel permaneció unos segundos en la entrada, respirando el aire fresco de la noche para aferrarse al calor del abrazo de Marcos antes de dar media vuelta y encarar la casa. Al cruzar el umbral, el ambiente no era solo tenso; era lisa y llanamente irrespirable.

En la sala, el silencio se rompió de golpe con el sonido sordo de un vaso volando por los aires. Raúl lo había estrellado contra la chimenea de piedra, haciendo saltar pedazos de cristal por todo el mármol.

—¡Es una maldita locura! —rugió Raúl, fuera de sí, con la cara roja por la ira y el alcohol—. ¡Ese infeliz de Vane viene a mi casa, me amenaza en mi cara y nos quita todo! ¡Todo!

—¡Cállate, Raúl, que no estás ayudando! —chilló Eugenia, hysterical, mientras se pasaba las manos por el cabello desordenado—. ¡Todo esto es culpa tuya por no haber presionado a los abogados hace años! ¡Ahora la muerta de hambre se queda con el noventa y cinco por ciento de las empresas, con las cuentas en dólares, en euros, las tierras y hasta con la mierda de Brasil!

Isabella estaba sentada en el sofá, llorando desconsoladamente con las manos en la cara, mientras Lorenzo caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.

—¿Y qué pasa conmigo? —sollozó Isabella—. ¡Mamá, me prometiste que las Empresas Valverde me darían la vida que merezco! ¡Ahora resulta que esa estúpida muda se casará con el hombre más rico del país y yo no tengo nada! ¡Ni siquiera el anillo!

Mariangel avanzó en silencio hacia las escaleras, tratando de pasar desapercibida para subir a su pequeña habitación. Sin embargo, en cuanto Eugenia notó su presencia, sus ojos se llenaron de un veneno asesino.

—¡Tú! —gritó la madrastra, abalanzándose hacia la escalera—. ¡Crees que ganaste, ¿verdad?! ¡Crees que porque te vas a casar con Marcos Vane vas a venir a reírte de nosotros en nuestra propia cara!

Mariangel se detuvo en el tercer escalón y se giró lentamente. No había miedo en sus ojos avellana. Por primera vez en quince años, la pequeña niña aterrorizada ya no estaba ahí. Mariangel la miró directamente a los ojos, con la barbilla en alto, y mantuvo una postura tan serena que a Eugenia se le atoró el insulto en la garganta.

—Déjala, Eugenia —intervino Raúl con voz áspera, tomándola del brazo para detenerla. Miró a Mariangel con una mezcla de rencor y un temor recién descubierto—. Tocarla ahora es ponernos la soga al cuello. Si Vane nota un solo rasguño en ella mañana, enviará a sus abogados y a sus auditores antes de que amanezca. Nos destruirá antes de la boda.

Lorenzo miró a Mariangel con los puños apretados, pero no se atrevió a dar un solo paso hacia ella. El fantasma del poder de Marcos Vane flotaba en el aire como una amenaza implacable.

Mariangel no les dedicó una sola seña. Se dio la vuelta con elegancia y terminó de subir las escaleras. Al entrar a su humilde cuarto, echó el cerrojo por dentro. Se sentó en el borde de la cama, miró la gema brillante en su mano izquierda y dejó escapar un largo y profundo suspiro. La pesadilla en esa mansión estaba a punto de terminar.

A la mañana siguiente, cuando Mariangel llegó a la Torre Vane a las 7:45 a.m., se encontró con una escena inusual.

Frente a la entrada del ascensor privado del piso 50 no solo estaba Marcos, sino también Héctor, su jefe de seguridad privada, acompañado por dos hombres altos vestidos con trajes oscuros y auriculares de comunicación.

En cuanto Marcos la vio salir del ascensor, caminó hacia ella con pasos rápidos y decididos. Sus ojos azules la recorrieron de pies a cabeza, asegurándose de que no tuviera ningún signo de daño.

—¿Estás bien? —preguntó Marcos, con ese tono de profunda preocupación que solo reservaba para ella—. ¿Te hicieron algo anoche?

Mariangel sonrió con dulzura, levantando sus manos para firmarle con soltura y tranquilidad: "Estoy completamente bien, Marcos. No se atrevieron a tocarme. Estaban demasiado asustados por ti".

Marcos exhaló un suspiro de alivio, pero la firmeza regresó de inmediato a su rostro.

—No vas a volver a esa casa, Mariangel —sentenció el CEO sin dar lugar a objeciones—. No voy a arriesgarme a que cometan una locura antes de la boda. Héctor y su equipo irán esta misma tarde a la mansión Valverde para recoger tus cosas personales. Te instalarás en el penthouse de mi edificio a partir de hoy.

Mariangel abrió los ojos con sorpresa. La sola idea de dejar esa mansión del infierno hoy mismo hacía que su corazón latiera desbocado.

Marcos dio un paso más cerca, tomando delicadamente su mano.

—El contrato de matrimonio se firmará este viernes —añadió Marcos con voz grave y cercana—. La era del sufrimiento para ti se terminó, Mariangel. A partir de hoy, empiezas a recuperar tu vida.




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