El sobre llegó dos días después, sin remitente.
Alexa lo encontró bajo la puerta del apartamento, al volver de un turno doble en el restaurante. Papel grueso, color marfil, cerrado con un sello de lacre negro donde se distinguía una sola letra: una V entrelazada con una rama de olivo.
Dentro había una tarjeta con dos líneas escritas a mano, con una caligrafía firme y angulosa:
Mañana, a las 10:00. Le enviaré un coche. Se trata de una oportunidad que resolverá todos sus problemas.
-D. Varelli
Alexa la leyó tres veces. Después miró el pasillo vacío, la escalera oscura, la puerta del vecino entornada por donde se colaba el murmullo de un televisor. Nadie. Como si el sobre se hubiera materializado solo.
Lo sensato era tirarlo a la basura.
Se sentó en el borde de la cama con la tarjeta entre los dedos, y pensó en el banco, en los ochenta y dos euros, en el aviso de desahucio pegado en la nevera con un imán de flamenco que su madre había comprado en un mercadillo.
Pensó también en aquella fotografía en la pantalla del televisor. Unos ojos color miel con destellos verdes.
-Solo voy a escuchar -se dijo en voz alta-. Escuchar no cuesta nada.
Era la mentira más cara que se contaría en toda su vida.
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El coche era negro, silencioso, con los cristales tintados. El chófer, un hombre de sesenta años con las manos enormes y el gesto de quien ha aprendido a no ver nada, le abrió la puerta sin pronunciar palabra.
Cruzaron la ciudad hasta que los edificios se fueron espaciando y las calles se convirtieron en avenidas flanqueadas de cipreses. Alexa apretó el bolso contra las rodillas. Reconoció la colina. La misma que había contemplado durante años desde la ventana de su cocina con la frente pegada al cristal.
Nunca imaginó que la vería desde tan cerca.
La mansión Varelli apareció al final de un camino de grava, y por un instante Alexa olvidó respirar. Era aún más grande de lo que recordaba de las revistas. Tres plantas de piedra clara, ventanales altos, una escalinata de mármol custodiada por dos leones de bronce. Un jardín perfectamente recortado, casi violento en su simetría. Y sin embargo, algo en aquella perfección le pareció... vigilante. Como si la casa la estuviera observando también.
Una mujer de mediana edad, con el uniforme gris de la servidumbre, la esperaba en el vestíbulo.
-La señorita Montes -dijo, sin preguntarlo-. Soy Elvira. El señor Varelli la recibirá en el despacho.
Al pronunciar el apellido, la voz de Elvira se quebró apenas, una fisura minúscula. Sus ojos recorrieron el rostro de Alexa y se detuvieron un segundo de más. Después apartó la mirada y se persignó, tan rápido que Alexa dudó de haberlo visto.
Caminaron por un pasillo interminable, alfombrado en tonos burdeos. Las paredes estaban cubiertas de retratos al óleo: hombres de bigote severo, mujeres de perlas y cuello alto, todos con esa misma expresión de quien guarda un secreto que no piensa compartir. Al fondo, una puerta doble de roble oscuro.
Elvira llamó dos veces.
-Adelante.
Era una voz grave, controlada, sin adornos.
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El despacho olía a cuero, a madera vieja y a café amargo. Una pared entera estaba ocupada por estanterías; la otra, por un ventanal que daba al jardín. Frente a la chimenea apagada había un escritorio inmenso, y tras él, de espaldas, un hombre contemplaba la lluvia.
-Cierre la puerta, por favor.
Alexa obedeció. El chasquido del pestillo resonó como una sentencia.
Damián Varelli se giró despacio.
Las cámaras no le habían hecho justicia, o quizá se la habían hecho demasiado. Era más alto de lo que parecía en televisión, de hombros anchos y porte rígido, con el cabello oscuro peinado hacia atrás y algunas hebras plateadas en las sienes que no correspondían a sus treinta y ocho años. El traje, gris carbón, le sentaba como una segunda piel. Pero lo que la desarmó fueron los ojos: de un gris tormentoso, fríos como el metal, y sin embargo cargados de algo que no supo nombrar. Una atención tan intensa que resultaba casi física.
La miraba como quien contempla un fantasma.
Durante unos segundos ninguno habló. Alexa notó que la mano de Damián, apoyada en el respaldo de la silla, se cerraba hasta emblanquecer los nudillos.
-Siéntese -dijo por fin.
-Prefiero estar de pie.
Algo parecido a una sonrisa cruzó los labios de él, tan breve que pudo ser una ilusión.
-Como quiera. -Rodeó el escritorio y se apoyó en el borde, a dos metros de ella-. Supongo que se preguntará por qué la he traído aquí.
-Me pregunto muchas cosas, señor Varelli. Empezando por cómo consiguió mi dirección.
-Tengo recursos.
-Eso no es una respuesta.
-Es la única que va a recibir hoy. -Sostuvo su mirada-. Pero le prometo que la conversación mejorará.
Alexa cruzó los brazos, negándose a mostrar el temblor de sus manos.
-Le escucho.
Damián tomó una carpeta del escritorio y se la tendió. Ella dudó antes de abrirla. Dentro había documentos: su expediente académico, sus contratos de trabajo, los avisos de impago, el certificado de defunción de su madre. Todo su mundo reducido a papeles ordenados con precisión quirúrgica.
-Alexa Montes, veinticinco años -recitó él, sin mirar los documentos-. Licenciada en Administración con honores. Deudas por valor de ciento cuarenta mil euros, heredadas casi todas. Sin familia. Sin propiedades. Con tres trabajos, ninguno estable. Y en las últimas semanas, sin madre.
-Ha investigado mi vida -dijo ella, y la voz le salió más ronca de lo que pretendía.
-He investigado su necesidad. Es distinto.
-Me parece exactamente lo mismo.
-Entonces permítame ser directo, señorita Montes. -Se irguió, y la sombra de su figura cayó sobre ella-. Le ofrezco un contrato. Un año. Trescientos mil euros por adelantado, otros setecientos mil al finalizar. Un millón en total. Sus deudas, saldadas mañana mismo. Una vida sin miedo a partir del día siguiente.