La segunda esposa.

Capítulo 3: La casa que respira.

La habitación que le asignaron era más grande que todo su apartamento.

Tenía una cama con dosel, sábanas de lino color crema, un tocador de caoba y un ventanal que daba al jardín trasero, donde un laberinto de setos recortados se perdía entre la neblina. Sobre la cómoda alguien había dejado un jarrón con lirios blancos. Olían dulces, casi demasiado.

—Los mandó cambiar el señor esta mañana —dijo Elvira, abriendo los armarios—. Eran los favoritos de… —Se mordió el labio—. Le gustan las flores frescas.

—¿Los favoritos de Valentina?

Elvira no respondió. Colgó un abrigo que nadie había traído, alisó una arruga inexistente de la colcha y evitó mirarla a los ojos.

Alexa abrió el armario. Estaba lleno. Vestidos, blusas, abrigos, zapatos, todos de su talla exacta. Tocó la manga de un vestido azul noche y sintió un vacío en el estómago. Las etiquetas seguían puestas. Los habían comprado en los últimos días.

Antes de que ella dijera que sí.

—El señor Varelli es un hombre previsor —murmuró Elvira, y por primera vez Alexa percibió algo parecido a la compasión en su voz—. La cena es a las nueve. La familia se reúne en el comedor grande. Le aconsejo el vestido verde.

—¿Por qué el verde?

—Porque a la señora Beatriz no le gusta el azul.

Se marchó cerrando la puerta con tanto cuidado que pareció un secreto.

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Alexa se quedó sola con los lirios y con la sensación de estar dentro de una jaula muy bien decorada.

Recorrió la habitación despacio, tocándolo todo. Los cajones del tocador, vacíos. Los libros de la estantería, elegidos por un ojo que no conocía sus gustos. El baño de mármol, con una bañera en la que cabrían tres personas. En la mesita de noche, un teléfono antiguo de línea fija, sin tono.

Y bajo la cama, empujada hasta el fondo, una caja de zapatos.

Se arrodilló y la sacó con la punta de los dedos. Estaba cubierta de una fina capa de polvo, lo bastante gruesa para saber que llevaba años allí y lo bastante fina para saber que alguien la había tocado hacía poco: en la tapa se distinguía la huella nítida de una mano.

El corazón le dio un vuelco. Abrió la caja.

Dentro había un puñado de fotografías, boca abajo. Alexa las fue girando una a una.

Valentina en la playa. Valentina riendo en una cocina, con harina en la nariz. Valentina embarazada, con las manos sobre el vientre, mirando a quien sostenía la cámara con una ternura devastadora.

Alexa se quedó quieta.

Embarazada.

Ningún periódico lo había mencionado. Ninguna nota, ningún titular. Valentina Varelli había muerto a los treinta y dos años, y en ninguna parte se hablaba de un hijo ni de un embarazo.

Buscó con más urgencia. Bajo las fotografías había un sobre cerrado, sin sello, con una sola línea escrita en tinta azul:

Para Damián, si algo me pasa.

Alexa sintió que la habitación se inclinaba.

Una carta nunca enviada.

Sus dedos ya estaban en la solapa cuando escuchó pasos en el pasillo. Lentos, arrastrados, acompañados del golpeteo seco de un bastón. Se detuvieron frente a su puerta.

Alexa metió el sobre en el cinturón de su falda, tapándolo con la blusa, y cerró la caja de una patada suave bajo la cama. Se incorporó justo cuando el pomo empezó a girar.

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La mujer que entró no necesitó presentarse.

Era pequeña, encorvada, con el cabello blanco recogido en un moño tirante y un vestido negro que le llegaba hasta los tobillos. Se apoyaba en un bastón de marfil con empuñadura de plata. Tenía los ojos hundidos, pero brillaban con una inteligencia feroz.

Alexa la había visto en la fotografía del funeral, junto a Damián.

—Así que eres tú —dijo la anciana.

Su voz era un hilo áspero. Cruzó la habitación con pasos cortos, sin quitarle la vista de encima, hasta detenerse a un palmo de su rostro. La examinó con una intensidad que le hizo apretar los puños. Recorrió sus ojos, su boca, la línea de la mandíbula.

—Beatriz Varelli —dijo por fin—. Soy la abuela de Damián. Y todavía mando en esta casa, aunque mi nieto se empeñe en pensar lo contrario.

—Es un placer, señora...

—No lo es. Ni para ti ni para mí. —Levantó una mano huesuda y, con un dedo, le rozó la mejilla. Alexa contuvo el impulso de retroceder—. Eres su viva imagen. Dios mío. Tres años sin verla, y ahora la tengo aquí.

—Yo no soy ella.

—Ya lo sé, niña. —Bajó la mano y esbozó una sonrisa seca—. Valentina jamás habría entrado en esta casa con los zapatos mojados y esa cara de haberse tragado un cuchillo.

Alexa parpadeó, sin saber si estaba siendo insultada o halagada.

—Te diré tres cosas y luego me marcharé —continuó la anciana—. La primera: no confíes en nadie que te sonría demasiado. La segunda: no comas nada que no haya preparado Elvira. Y la tercera…

Se inclinó hacia ella. Su aliento olía a menta y a medicina.

—La tercera es que no debiste venir. Pero ya que lo has hecho, no te vayas. No hasta que sepas la verdad. Porque en esta casa, querida, lo único peor que la muerte es el silencio.

—¿Qué verdad?

Beatriz ya le había dado la espalda. Caminó hacia la puerta con su bastón, y en el umbral se detuvo sin girarse.

—Esa caja de zapatos debería estar donde la encontraste. Pero ya que la has abierto, guárdate lo que has visto. Aquí las paredes escuchan.

Salió. El eco del bastón se fue apagando por el pasillo.

Alexa esperó a que el silencio se asentara. Después sacó la carta de debajo de la blusa. El sobre estaba tibio por el roce de su piel.

Para Damián, si algo me pasa.

Lo dejó sobre la cama y lo miró durante un minuto entero.

No era suyo. Leerlo sería traicionar la única condición que él le había pedido, aunque no la hubiera dicho en voz alta: confianza. Pero Alexa sabía algo que la vida le había enseñado mucho antes que cualquier contrato. La confianza es un lujo de quien no tiene nada que perder.

Y ella lo había perdido todo hacía tiempo.




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